
La ultraderecha alemana acaba de conseguir una victoria histórica. Pero para entender por qué millones de personas están votando por ella hay que mirar mucho más allá de una elección. Hay que entender el desencanto de una generación, el funcionamiento político de Alemania y el fenómeno de una derecha radical que ya no habla solamente a los abuelos, sino también a sus nietos.
Hay imágenes que pesan más en Alemania que en cualquier otro país.
Una bandera. Un discurso. Una multitud reunida bajo consignas nacionalistas.
Durante décadas, la política alemana construyó una especie de barrera alrededor de la extrema derecha. Después de la experiencia del nazismo, el consenso democrático parecía claro: los partidos radicales podían existir, podían competir y podían obtener votos, pero llegar al poder era otra historia.
Ahora esa barrera vuelve a estar bajo presión.
La razón tiene nombre: Alternative für Deutschland, AfD, Alternativa para Alemania.
Y este domingo 6 de septiembre, el partido dio un paso que hasta hace poco parecía difícil de imaginar.
En las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, en el este del país, la AfD obtuvo cerca del 44% de los votos y consiguió 39 de los 83 escaños del Parlamento regional, quedándose a solo tres de la mayoría absoluta. Es su resultado más importante en unas elecciones regionales y la coloca, por primera vez, ante la posibilidad de intentar gobernar un estado federado alemán.
El resultado no significa automáticamente que la AfD vaya a gobernar.
Pero sí significa algo más profundo:
la ultraderecha ya no está tocando la puerta de la política alemana. La puerta se está abriendo.
PERO ANTES: ¿CÓMO SE GOBIERNA ALEMANIA?
Para entender por qué esta elección es importante hay que detenerse un momento.
Alemania no funciona exactamente como México, Estados Unidos o muchos de los países latinoamericanos.
Es una república federal y parlamentaria.
Eso significa que el poder está repartido entre el Gobierno federal y los 16 estados que forman el país, conocidos como Länder. Cada uno tiene su propio Parlamento, gobierno y determinadas competencias.
A nivel nacional está el Bundestag, el Parlamento federal.
Los ciudadanos votan para elegir a sus representantes y, posteriormente, el Bundestag elige al canciller federal. Es decir, los alemanes no votan directamente por su canciller como ocurre con un presidente en otros sistemas.
Actualmente ese puesto lo ocupa Friedrich Merz.
El sistema está diseñado para que el Gobierno tenga respaldo parlamentario. Por eso las coaliciones son tan importantes: si un partido no consigue por sí solo una mayoría suficiente, necesita negociar con otros.
Y aquí aparece una diferencia fundamental.
En Alemania existe lo que suele llamarse “cordón sanitario” o Brandmauer frente a la AfD: los principales partidos tradicionales han mantenido como principio no formar gobiernos ni coaliciones con ella.
Por eso una victoria electoral de la AfD no significa automáticamente que pueda gobernar.
En Sajonia-Anhalt ganó las elecciones, pero obtuvo 39 de 83 escaños. Necesita apoyos para alcanzar la mayoría.
Y ahí está el verdadero problema.
Puede ganar las elecciones y, aun así, no tener suficientes aliados para gobernar.
Pero incluso si permanece fuera del Ejecutivo, el mensaje político es enorme.
Porque gobernar no es la única manera de cambiar una democracia.
También se puede cambiar el debate.
Y la AfD ya lo consiguió.
¿QUIÉN ES LA AfD?
Para entender el fenómeno hay que regresar a 2013.
La AfD nació en medio de la crisis económica y de deuda europea. Sus fundadores no comenzaron planteando un proyecto abiertamente ultraderechista. La formación surgió como un movimiento principalmente eurocrítico, preocupado por las decisiones de la Unión Europea y, especialmente, por la gestión de la crisis del euro.
En las elecciones federales de 2013 se quedó cerca de entrar al Bundestag.
Pero el partido comenzó a transformarse.
A partir de 2014 y, especialmente, después de la crisis migratoria de 2015, la AfD fue adoptando posiciones cada vez más nacionalistas, antiinmigración y radicales.
La transformación fue tan profunda que algunos de sus fundadores terminaron abandonando el partido.
Mientras la AfD giraba hacia la derecha, encontró un terreno fértil.
Alemania estaba cambiando.
La inmigración aumentaba.
La economía comenzó a enfrentar problemas.
La industria alemana perdió dinamismo.
El costo de la energía se convirtió en una preocupación.
Y una parte de la población empezó a sentir que los partidos tradicionales hablaban de grandes proyectos europeos mientras ellos enfrentaban problemas mucho más cotidianos.
Ahí apareció el discurso de la AfD.
¿QUÉ PROPONE LA AfD?
La respuesta corta sería:
menos Europa, menos inmigración y más soberanía nacional.
Pero el programa es bastante más amplio.
En materia migratoria, la AfD propone endurecer radicalmente las políticas de asilo, fortalecer las fronteras y reducir la inmigración.
También plantea una política mucho más restrictiva frente a la inmigración irregular y ha defendido medidas de deportación mucho más agresivas.
En Europa, su posición es todavía más profunda.
La AfD considera que la Unión Europea ha acumulado demasiado poder y plantea recuperar competencias para los Estados nacionales.
Su programa federal ha planteado incluso abandonar la Unión Europea y sustituir el actual proyecto europeo por una estructura diferente de cooperación entre Estados soberanos.
También mantiene posiciones muy críticas respecto al euro.
En política energética rechaza buena parte de las políticas de transición energética impulsadas por la Unión Europea y defiende una estrategia diferente para la industria alemana.
En política exterior mantiene una posición mucho más favorable a Rusia que los principales partidos alemanes y se opone a buena parte del apoyo militar a Ucrania.
Y en cuestiones culturales y sociales plantea una visión mucho más conservadora de la sociedad alemana.
En otras palabras:
la AfD quiere una Alemania más nacional, más restrictiva con la inmigración, menos integrada en la Unión Europea y mucho más conservadora en asuntos sociales.
Y EN MEDIO DE TODO ESTO APARECIÓ ULRICH SIEGMUND
Pero una cosa es el partido.
Y otra es el rostro que el partido decide mostrar.
En Sajonia-Anhalt ese rostro tiene nombre y apellido:
Ulrich Siegmund.
Tiene 35 años y lleva alrededor de una década dentro de la política regional. Antes de convertirse en uno de los rostros más importantes de la AfD en el estado, incluso había militado en la CDU, el partido conservador tradicional de Alemania.
Su estrategia no consiste en parecer el político más radical de la habitación.
Todo lo contrario.
Siegmund aparece relajado, sonriente, cercano.
Habla en redes sociales.
Publica videos.
Utiliza un lenguaje mucho menos institucional que el de la política tradicional.
Y consiguió algo que para la AfD resulta especialmente valioso:
convertirse en influencer político.
Su cuenta de TikTok llegó a superar los 700 mil seguidores, una cifra extraordinaria para un político regional en un estado de apenas dos millones de habitantes.
Durante la pandemia ganó notoriedad criticando las restricciones sanitarias y posteriormente construyó una imagen asociada con el descontento hacia las instituciones.
Su campaña también recurrió a elementos de nostalgia del antiguo este alemán, incluidos símbolos populares como los ciclomotores Simson, intentando conectar con una identidad regional que todavía pesa mucho en Sajonia-Anhalt.
Y aquí aparece una de las claves para entender la política actual:
la radicalización ya no necesariamente llega vestida de radicalismo.
Puede llegar en un video de 30 segundos.
Puede llegar como un meme.
Puede aparecer como un político joven hablando desde su automóvil.
Puede mezclarse con humor, nostalgia, música, indignación y una frase sencilla:
«Los políticos de siempre no te entienden.»
Ese lenguaje funciona especialmente bien entre quienes consumen la política desde el teléfono.
Y ahí están los jóvenes.
EL VOTO JOVEN: ¿POR QUÉ LA ULTRADERECHA ESTÁ CONECTANDO CON ELLOS?
Durante mucho tiempo existió una idea bastante cómoda:
los jóvenes votan progresista.
La extrema derecha atrae principalmente a personas mayores, rurales y conservadoras.
La realidad está demostrando que esa explicación ya no alcanza.
En las elecciones recientes de Alemania, la AfD ha conseguido resultados especialmente fuertes entre los jóvenes. En Sajonia-Anhalt, una encuesta previa a la elección situaba su apoyo entre los votantes de 18 a 29 años en alrededor del 46%.
Y esto no es completamente nuevo.
Investigaciones sobre las elecciones regionales del este de Alemania ya habían encontrado que la AfD se convirtió en la fuerza más fuerte entre los jóvenes en algunos territorios, alcanzando niveles de apoyo de hasta 38% entre ese grupo en Turingia en 2024.
¿Por qué?
No existe una sola respuesta.
Y probablemente esa sea la parte más importante de entender.
PRIMERO: EL DESENCANTO
Una generación que creció con internet también creció viendo crisis.
Crisis económica.
Pandemia.
Inflación.
Guerras.
Cambio climático.
Crisis migratorias.
Vivienda cada vez más cara.
Empleos precarios.
Y una sensación constante de que el futuro será más difícil que el presente.
Mientras los partidos tradicionales hablan de reformas a diez o veinte años, los jóvenes viven problemas que necesitan respuestas ahora.
La política tradicional suele decir:
«tenemos que trabajar en ello.»
La extrema derecha responde:
«el problema es este. Y nosotros vamos a acabar con él.»
La respuesta puede ser simplista.
Pero es mucho más fácil de entender.
SEGUNDO: LAS REDES SOCIALES CAMBIARON LAS REGLAS
La política dejó de suceder solamente en los mítines.
Ahora sucede en TikTok.
En Instagram.
En YouTube.
En X.
Y, sobre todo, en el algoritmo.
Un político tradicional puede tardar diez minutos en explicar una reforma.
Un influencer político puede resumir su mensaje en veinte segundos:
«Tu renta subió.»
«Tu ciudad cambió.»
«Hay más inmigración.»
«Los políticos te mintieron.»
«Ellos son el problema.»
Y después aparece el botón de compartir.
La investigación sobre el voto joven alemán ha encontrado una relación importante entre los canales digitales, la exposición política y las preferencias electorales, aunque los investigadores advierten que no existe una explicación única basada solamente en redes sociales.
Eso es importante.
TikTok no convierte automáticamente a alguien en ultraderechista.
Pero sí puede crear un ecosistema donde determinadas ideas aparezcan constantemente, sean recompensadas por el algoritmo y terminen pareciendo más normales de lo que eran antes.
TERCERO: LA ULTRADERECHA APRENDIÓ A HABLAR COMO INTERNET
Este quizá sea uno de los cambios más importantes.
La extrema derecha de hace décadas necesitaba periódicos, mítines, organizaciones y estructuras políticas.
La extrema derecha contemporánea puede necesitar solamente:
un teléfono, una cámara y un mensaje que genere interacción.
Y algunos políticos entendieron esto mucho antes que sus adversarios.
No necesariamente hablan de ideología durante horas.
Hablan de cosas cotidianas.
Migración.
Dinero.
Trabajo.
Relaciones.
Masculinidad.
Seguridad.
Orgullo nacional.
Incluso humor.
La política entra por la puerta de atrás.
Primero llega el meme.
Después llega el mensaje.
Y finalmente llega el voto.
PERO NO TODOS LOS JÓVENES ESTÁN GIRANDO A LA DERECHA
También sería un error construir otra simplificación.
La juventud europea no se está convirtiendo automáticamente en ultraderechista.
Lo que está ocurriendo, en muchos casos, es una polarización.
Los jóvenes se están alejando del centro.
En Alemania, por ejemplo, la elección federal de 2025 mostró que los votantes jóvenes se desplazaron hacia los extremos: una parte importante hacia la AfD y otra hacia Die Linke, la izquierda alemana.
Es decir:
no necesariamente estamos ante una generación de derecha. Estamos ante una generación mucho menos convencida de que el centro político tenga las respuestas.
Y eso cambia completamente la lectura.
ALEMANIA NO ES UN CASO AISLADO
Lo que ocurre con la AfD forma parte de un fenómeno europeo más amplio.
En Francia, la Agrupación Nacional lleva años ampliando su base electoral.
En Italia, Giorgia Meloni llegó al Gobierno.
En Países Bajos, Geert Wilders consiguió convertir al Partido por la Libertad en una de las principales fuerzas políticas.
En Suecia, los Demócratas Suecos se convirtieron en una fuerza decisiva.
En otros países europeos, partidos nacionalistas y populistas también han aumentado su influencia.
No todos son iguales.
No todos pueden clasificarse exactamente de la misma manera.
Pero comparten algunos elementos:
nacionalismo, rechazo a la inmigración, crítica a las élites políticas, desconfianza hacia las instituciones europeas y una narrativa de recuperación del control nacional.
Y en muchos casos han conseguido algo fundamental:
dejar de parecer una opción imposible.
¿Y QUÉ TIENE QUE VER ESTADOS UNIDOS?
Aquí aparece Estados Unidos.
El fenómeno estadounidense no es idéntico al europeo, pero sí permite observar una transformación política similar.
Donald Trump demostró que un político puede construir una enorme base electoral utilizando un lenguaje directo, polarizante, antiélite y profundamente emocional.
«Nosotros contra ellos.»
Ese tipo de política funciona especialmente bien en un ecosistema mediático fragmentado.
Pero hay una diferencia importante.
Trump no pertenece a la AfD y el sistema político estadounidense es distinto al alemán.
La comparación sirve para entender el estilo de comunicación y la transformación del electorado, no para decir que ambos movimientos sean exactamente iguales.
Lo que comparten es algo más profundo:
la capacidad de convertir frustraciones reales en una narrativa política sencilla.
La sensación de que el país está perdiendo algo.
La sensación de que las instituciones ya no funcionan.
La idea de que las élites están desconectadas.
Y la promesa de que alguien llegará para «devolver» el país a sus ciudadanos.
¿POR QUÉ LOS JÓVENES?
Porque para una parte de ellos la política no se siente como una discusión ideológica.
Se siente como una cuestión de identidad.
¿Quién soy?
¿De dónde vengo?
¿Quién pertenece aquí?
¿Por qué no puedo comprar una casa?
¿Por qué mi salario no alcanza?
¿Por qué mis padres vivieron mejor?
¿Por qué los políticos hablan de problemas que no siento cercanos?
La extrema derecha ha aprendido a contestar esas preguntas con respuestas muy sencillas.
Y cuando una persona siente que nadie la escucha, el primero que parece escucharla adquiere una ventaja enorme.
Incluso si la respuesta que ofrece es equivocada.
Incluso si la solución propuesta es mucho más complicada de lo que parece.
LOS ARGUMENTOS A FAVOR
Si queremos entender el fenómeno sin caricaturizarlo, también hay que escuchar los argumentos de quienes votan por la AfD.
Sus simpatizantes sostienen que Alemania necesita recuperar el control sobre sus fronteras y reducir la inmigración irregular.
Consideran que la política migratoria de los últimos años generó problemas de integración y seguridad que los partidos tradicionales no resolvieron.
También critican el exceso de regulación de Bruselas y consideran que Alemania, como principal economía europea, ha terminado pagando demasiado dentro de la Unión Europea.
En materia económica, sus seguidores defienden menos impuestos, menos burocracia y una política energética que priorice la competitividad de la industria alemana.
Y existe otro elemento:
la sensación de que votar AfD es votar contra el sistema.
Para muchos de sus electores, la formación representa una manera de castigar a una clase política que consideran desconectada de sus problemas.
Ese argumento explica buena parte de su crecimiento.
Pero no explica todo.
LOS ARGUMENTOS EN CONTRA
El principal cuestionamiento es que muchas de sus propuestas podrían tener consecuencias económicas y sociales mucho mayores de las que su discurso electoral reconoce.
Una salida de la Unión Europea, por ejemplo, tendría implicaciones enormes para Alemania, cuya economía está profundamente integrada con el mercado europeo.
Lo mismo ocurre con una eventual salida del euro.
Y en materia migratoria, organizaciones y críticos de la AfD cuestionan que sus propuestas puedan vulnerar derechos fundamentales y aumentar la exclusión de comunidades migrantes.
Pero existe un problema todavía mayor.
La evolución ideológica del partido.
La AfD ya no es simplemente aquella organización euroescéptica que apareció en 2013.
Sectores importantes del partido han sido señalados por sus vínculos con posiciones de extrema derecha.
En Alemania, el debate sobre su clasificación como organización de extrema derecha también ha llegado a los tribunales y a los organismos de protección constitucional.
Es decir:
la discusión sobre la AfD no es solamente política. También es institucional, histórica y judicial.
EL FANTASMA DEL PASADO
Y aquí Alemania tiene una particularidad que pocos países poseen.
Cuando un partido nacionalista gana fuerza en Francia, Italia, Países Bajos o cualquier otra democracia europea, el debate histórico puede ser importante.
En Alemania es inevitable.
La historia del país convierte cualquier crecimiento de la extrema derecha en una discusión mucho más delicada.
No porque toda persona que vote por AfD sea nazi.
Eso sería una simplificación absurda.
Sino porque Alemania conoce mejor que prácticamente cualquier democracia occidental lo que puede ocurrir cuando el nacionalismo extremo, la deshumanización del otro y la destrucción de los contrapesos democráticos dejan de ser marginales.
Por eso el crecimiento de AfD provoca tanta preocupación.
¿Y AHORA QUÉ?
La gran pregunta después de la elección de Sajonia-Anhalt es si la AfD podrá convertir su victoria electoral en poder político.
Con 39 de 83 escaños, no tiene por sí sola la mayoría absoluta, que requiere 42.
Y el canciller Friedrich Merz ya descartó una cooperación con la AfD, manteniendo la política de aislamiento frente al partido.
Pero el problema para el sistema político alemán es evidente.
Una cosa es decirle a millones de votantes que su partido no participará en el gobierno.
Otra muy diferente es explicar por qué esos millones de personas decidieron votar por él.
Y ahí está la verdadera batalla.
Porque la AfD puede perder una negociación para formar gobierno.
Puede quedarse fuera de una coalición.
Incluso puede ser aislada políticamente.
Pero los problemas que alimentaron su crecimiento seguirán existiendo.
La migración.
La economía.
La inseguridad.
El precio de la energía.
La pérdida de confianza en los partidos tradicionales.
La frustración con Berlín.
Y la sensación, especialmente en parte del este alemán, de que la reunificación nunca terminó de cerrar todas las heridas.
ALEMANIA ANTE UNA NUEVA ENCRUCIJADA
Lo ocurrido en Sajonia-Anhalt no significa que Alemania se haya convertido en un país gobernado por la ultraderecha.
Todavía no.
Pero sí demuestra que la AfD dejó de ser una fuerza marginal.
En las elecciones federales de 2025, la AfD consiguió alrededor de 21% de los votos y se convirtió en la segunda fuerza del Bundestag.
Ahora acaba de acercarse al 44% en un estado federado.
Y una parte de ese apoyo viene de personas que apenas están comenzando su vida adulta.
Eso quizá sea lo más preocupante para sus adversarios.
Porque un votante de 60 años que cambia de partido puede representar un ciclo electoral.
Un joven de 20 años que adopta una determinada identidad política puede representar décadas de elecciones por delante.
Pero también sería un error pensar que toda una generación está perdida.
La misma juventud que vota por la AfD también sale a las calles para protestar contra ella.
Jóvenes alemanes han denunciado el discurso antiinmigrante, el rechazo al feminismo, las posiciones ultraconservadoras y las políticas que consideran contrarias a los derechos civiles.
La batalla, entonces, no está únicamente entre izquierda y derecha.
Está entre diferentes respuestas al mismo sentimiento:
¿qué futuro le espera a Europa?
Una Europa más nacional.
Una Europa más integrada.
Una Europa más abierta.
Una Europa más conservadora.
Una Europa que cierre sus fronteras.
O una Europa que intente resolver sus problemas sin abandonar los principios que construyó después de la Segunda Guerra Mundial.
La AfD tiene una respuesta.
Y cada vez más personas parecen estar dispuestas a escucharla.
EL VOTO YA HABLÓ
Quizá la mayor lección de Sajonia-Anhalt no está solamente en ese 44%.
Está en todo lo que ocurrió antes de que ese porcentaje apareciera en las urnas.
Alemania no amaneció de extrema derecha de un día para otro.
El fenómeno se construyó durante más de una década.
Se alimentó de crisis económicas, migratorias, culturales y políticas.
Encontró terreno fértil en el desencanto.
Aprendió a comunicarse en internet.
Encontró rostros como el de Ulrich Siegmund, capaces de presentar un partido radical con una imagen mucho más amable.
Y finalmente encontró algo todavía más poderoso:
una generación que ya no tiene miedo de romper con la política de sus padres.
La pregunta ya no es si la AfD puede ganar elecciones.
Ya lo hizo.
La pregunta es cuánto más puede crecer.
Y, sobre todo, qué harán los partidos tradicionales para recuperar a los votantes que dejaron escapar.
Porque quizá el mayor error sería mirar el 44% y pensar únicamente en la AfD.
Hay que mirar también al otro lado de la boleta.
A los jóvenes.
A los trabajadores.
A las familias.
A los habitantes del este alemán.
A quienes sienten que perdieron algo.
A quienes tienen miedo del futuro.
A quienes ya no confían en los partidos de siempre.
Porque si la política tradicional solamente se dedica a decirle a esos votantes que están equivocados, alguien más seguirá dispuesto a decirles exactamente lo que quieren escuchar.
Y esa es quizá la verdadera historia detrás del triunfo de la AfD.
No es solamente la historia de cómo creció la ultraderecha.
Es la historia de cómo el centro político dejó de convencer a una parte de su propia sociedad.