
Hoy entendí que algunas despedidas duelen incluso cuando sabes que algún día van a llegar. Lionel Messi se retiró de la Selección Argentina y todavía me cuesta imaginar una camiseta albiceleste sin el número 10.
Quizá porque durante buena parte de mi vida, Messi simplemente estuvo ahí. Lo vi cuando era un niño que hacía cosas imposibles con una pelota, lo vi convertirse en estrella, ganar todo con el Barcelona, perder con Argentina, llorar, ser criticado, anunciar que se iba de la Selección y después regresar.
Lo vi perder finales que parecían malditas y también lo vi levantar la Copa América, la Finalissima y, finalmente, la Copa del Mundo. Yo estaba frente a una pantalla cuando Messi levantó aquella Copa en Qatar y todavía recuerdo la sensación. Era extraño. Era como si después de tantos años de verlo jugar, de verlo sufrir y de escucharlo ser cuestionado, finalmente pudiera respirar tranquilo. Messi era campeón del mundo. El niño de Rosario que se fue a Barcelona había cumplido el sueño que parecía perseguir desde siempre.
Pero hoy, después de todo lo que ha pasado, este adiós se siente todavía más profundo. Hace unas semanas, Messi escribió una carta. No a Argentina, no a sus compañeros, no a los aficionados. A su papá. Jorge Messi había muerto y en aquellas palabras Leo dejó de ser por un momento el mejor futbolista del mundo. Dejó de ser el capitán, dejó de ser el número 10.
Simplemente volvió a ser un hijo que extrañaba a su padre. Escribió sobre lo difícil que era aceptar que ya no estaba, que ya no podrían hablar, que ya no recibiría sus mensajes después de los partidos. Y entre todas esas palabras hubo algo que me quedó dando vueltas: Messi también habló de su padre como ese hombre que estuvo desde el principio, cuando todo era mucho más pequeño, cuando no existían los estadios llenos, los Balones de Oro ni las Copas del Mundo.
Antes de que el mundo conociera a Lionel Messi, estaba Jorge llevando a su hijo a entrenar, acompañándolo, empujándolo y creyendo en él. Cuando nosotros veíamos a Messi jugar, muchas veces pensábamos que estábamos viendo solamente a un futbolista, pero detrás de ese futbolista siempre estuvo aquel niño que soñaba con jugar al fútbol y el padre que lo acompañó en ese camino.
Por eso hoy este retiro tiene un significado diferente. Messi no solamente está cerrando su historia con Argentina, también está cerrando una etapa de su vida. En aquella carta contó que su papá quería verlo jugar el último Mundial. Jorge quería verlo disputar otra Copa del Mundo y Leo lo hizo, aunque esta vez su padre ya no pudo acompañarlo como ambos seguramente hubieran imaginado. Messi jugó. Llegó hasta el final.
Y aunque Argentina no pudo levantar la Copa en esta ocasión, hubo algo mucho más importante: cumplió esa última ilusión. Quizá ahora, con su papá ya no aquí para mandarle un mensaje después de cada partido, Messi entendió que también era momento de detenerse. Porque llega un punto en la vida en el que uno deja de jugar para demostrar algo y empieza a jugar simplemente porque ama hacerlo. Messi ya no tiene nada que demostrar. Nada.
Fue campeón de todo, rompió récords, ganó el Mundial y convirtió en realidad aquello que durante años parecía imposible. Ahora puede elegir. Puede volver a casa, pasar tiempo con sus hijos, recordar a su padre y sentarse a mirar fútbol sin tener que ser él quien esté dentro de la cancha.
Y nosotros tenemos que aprender a vivir con eso. Qué difícil. Porque yo crecí viendo a Messi. Lo vi hacer cosas que parecían de videojuego, lo vi recibir la pelota y levantarnos del sillón, lo vi marcar goles que después intentábamos repetir en cualquier cancha, lo vi fallar, sufrir y volver. Lo vi ganar. Lo vi levantar la Copa del Mundo. Por eso hoy no siento que se retire solamente un futbolista. Siento que se retira una parte de mi infancia, de mi adolescencia y de todos esos momentos en los que el fútbol era simplemente sentarse frente a una televisión y esperar que Messi hiciera algo. Y ahora ya no lo hará con Argentina.
Habrá partidos, convocatorias, Copas América, Mundiales y nuevos jugadores. Habrá otro número 10. Pero cuando Argentina salga a la cancha, habrá un segundo en el que todos vamos a buscarlo y no estará. Ese será el momento en el que realmente entenderemos que se terminó. No hoy, mientras leemos la noticia, sino la próxima vez que Argentina juegue y alguien pregunte: “¿Y Messi?”. Y la respuesta sea: “Ya no está”.
Qué raro. Qué triste. Qué inevitable. Pero también qué bonito haber podido vivirlo. Porque algún día alguien me preguntará cómo era ver jugar a Messi y probablemente no sabré explicarlo. ¿Cómo explicas lo que se sentía cuando recibía la pelota? ¿Cómo explicas que durante años parecía que cualquier partido podía convertirse en historia simplemente porque él estaba ahí? ¿Cómo explicas que un futbolista al que nunca conociste personalmente terminó formando parte de tus recuerdos más importantes? No se puede. Solo puedes decir: yo lo vi.
Yo vi jugar a Messi. Vi al niño, al campeón y al hombre. Vi sus lágrimas, sus triunfos y aquella Copa del Mundo. Y hoy veo su despedida. Quizá lo más bonito sea que Messi no se va de Argentina como aquel futbolista al que le faltaba algo. Se va como el hombre que consiguió absolutamente todo. Se va campeón del mundo, como capitán, como leyenda y, sobre todo, después de haber cumplido aquella ilusión que alguna vez compartió con su papá.
Jorge ya no está para mandarle un mensaje después de un partido. Pero si pudiera hacerlo una última vez, probablemente no necesitaría decir demasiado. Quizá solamente le diría lo mismo que le dijo durante toda su vida: que estuvo orgulloso de él.
Y mientras Messi comienza a escribir el último capítulo de su historia con Argentina, nosotros tendremos que hacer lo más difícil para cualquier aficionado: aceptar que algunas cosas que parecían eternas también terminan. Hoy se terminó Messi con Argentina, pero no se terminó el recuerdo. Porque Messi ya no necesita jugar para seguir estando. Está en las camisetas, en los videos, en las fotografías, en los estadios, en las discusiones, en los niños que intentan hacer una gambeta como él y en todos los que alguna vez nos sentamos frente a una pantalla esperando que el número 10 hiciera magia.
Yo fui uno de ellos.
Y qué suerte la mía.
Porque pude verlo. Pude crecer viéndolo. Pude verlo levantar la Copa del Mundo. Pude vivir la época de Lionel Messi.
Y ahora, cuando Argentina vuelva a jugar y el número 10 ya no aparezca en la alineación, seguramente me quedaré unos segundos mirando la pantalla, quizá esperando que alguien me diga que no es verdad. Pero será verdad. Messi se fue.
Y solamente quedará decirle: gracias, Leo. Por los goles, por las lágrimas, por las noches, por las discusiones, por las alegrías, por aquel Mundial y por todos estos años. Y, sobre todo, por recordarnos que detrás del mejor futbolista del mundo siempre hubo un niño que simplemente quería jugar al fútbol con su papá.
La pelota ahora puede esperar.