El poeta alemán Bertolt Brecht, al opinar sobre la vida política de un pueblo, solía decir: “El peor analfabeto, es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro, que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
Es sorprendente el enorme parecido con nuestra realidad actual, considerando que nuestro poeta vivió durante el inicio del siglo pasado. Visto en comparativa, poco o nada ha cambiado en los últimos cien años, en lo que a la política se refiere.
Policías asesinados, fraudes millonarios, autoridades corruptas, ineficientes, despilfarros de recursos, discursos soñadores en búsqueda de una “paz duradera” para gente no pensante, fiscales carnales, huachicoleros, cárteles de todo producto ilegal que se le pueda a Usted imaginar, nepotismo, ignorancia, mucha ignorancia, adolescentes de secundaria asesinando a navajazos a sus compañeros de escuela, linchamientos populares a consecuencia de una deficiente respuesta del Estado ante los delincuentes habituales, y una Procuraduría de los Derechos Humanos que aún no notan la diferencia entre un animal con apariencia humana, y un verdadero ser humano. Ese es nuestro panorama.
“Labor omnia Vincit”, el trabajo todo lo vence, es el lema que abandera nuestra emblemática ciudad de León, de esta novelesca “Ciudad en movimiento”. ¿Cuándo comenzaremos a trabajar en lo verdaderamente importante que es el bien común? Es triste darnos cuenta que el Estado es un verdadero circo, maroma y teatro, teniendo a cargo de las esferas más altas del poder a ex futbolistas, actrices de películas arrabaleras, cantantes, payasos de fiestas infantiles, boxeadores, atletas olímpicos, aves de rapiña que son capaces de esperar pacientemente durante años, sin hacer absolutamente nada, para alcanzar a probar las delicias del poder; personas cuyas actividades legislativas no coinciden con su formación primigenia. La pregunta es: ¿Quién los puso ahí?
Vivimos en un Estado de Derecho, y hasta el más mínimo actuar, las conductas antisociales, delictivas, los contratos entre particulares, y hasta la más insignificante de las licitaciones, deben de ser formalizadas a través de un protocolo legal, un marco normativo. Sin embargo, observamos que, a final del proceso, el resultado dejó mucho que desear. Inocentes en las cárceles y delincuentes en las calles haciendo de las suyas, teniendo más temor de ser publicados en la página de Facebook de un viejo con aspiraciones políticas, que de enfrentarse con la Secretaría de Seguridad Pública y la Procuraduría de Justicia. Fiscales carnales, luchas encarnizadas entre chairos y peñabots, gritándose estupideces recíprocas al por mayor, culpándose unos a los otros de la situación política, social y económica del país.
Culpamos al Ejecutivo, al procurador, al Agente del Ministerio Público, a los “chairos”, al Secretario de seguridad, a los jueces que liberaron a los porkis, a la radio, a los medios de comunicación, a Dios, al Diablo y hasta al Vaticano, sin embargo, al momento de escribir estas líneas nos surge un cuestionamiento: si todo se rige en base a las leyes, y el resultado no es el esperado, entonces, ¿tenemos leyes verdaderamente eficientes? Nuestras leyes son imperfectas, y para muestra basta con el artículo 16 constitucional, que establece que nadie puede ser molestado en su persona ni en sus propiedades, sino en virtud de un mandamiento por escrito de una autoridad competente, y por otro lado, nos encontramos al Código Nacional de Procedimientos Penales, el cual establece algunos actos de molestia cuya realización no necesita de un mandamiento de autoridad. Existen miles de ejemplos, y cada uno de ellos va acompañado de un vacío legal, el cual sirve de túnel de escape para los transgresores de la ley.
¿Debemos acaso esperar leyes realmente bien pensadas y fundamentadas, cuando surgen de la cabeza de un ex futbolista? ¿Tendremos leyes eficientes, cuando éstas son producto de una ocurrencia nocturna de una ex atleta olímpica en una noche de insomnio? ¿Qué podemos esperar de normatividades generadas por el pensamiento de doña Carmelita Salinas, y aquel otro cantante grosero que tiene una bolita que le sube y le baja?
Cuando la ley es perfecta, ni el acto más corrupto puede quedar impune.
Recuerda las sabias palabras del sabio de Grecia, Sócrates: “sólo hay un bien, el conocimiento; sólo hay un mal, la ignorancia. Si piensas que la cultura es cara, pregúntate cuánto cuesta la ignorancia”.
