miércoles, agosto 26, 2026
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No soy tu amigo

Leí hace unas semanas un artículo sobre el desfallecimiento de la figura paterna y los modelos de autoridad. Criticaban a los —así llamados— «millennials» y mencionaban una serie de ejemplos en los que los padres cometen errores con sus hijos. Me llamó la atención que se mencionara que antes cualquier adulto te podía regañar, si habías hecho algo incorrecto. Y hoy en día los padres se molestan si algún maestro, instructor o familiar regaña a un hijo ajeno.

         En esta ocasión, y en lugar de enjuiciar a esos padres, me parece oportuno y necesario, poner las barbas a remojar y, en todo caso, ofrecerles empatía. A fin de cuentas, los que vivimos en este tiempo compartimos un mismo contexto y, por muy teóricos que nos podamos poner, no estamos exentos de fallar en nuestro papel como padres. Para muestra: un ejemplo personal.

         Uno de mis hijos, de dos años y medio, estaba jugando hace unos días a la hora en que, hemos acordado, es su hora del baño. Después de dos llamados, tuve que ir por él y llevarlo, en contra de su voluntad, a la regadera. En el camino y aun cuando lo desvestía, sumó a la resistencia física, la —mucho más poderosa— resistencia verbal.

         «Tú eres muy malo papá» —me decía. Le pregunté por qué me consideraba malo y su respuesta fue que yo era malo porque lo metía a bañar cuando él quería jugar. Al ver que su argumento no surtía efecto, me atacó, muy enojado, con una frase lapidaria: «tú no eres mi amigo». Vacilé un momento, pero por fortuna, en aquel momento de perplejidad me asistió la elocuencia y le reviré con un rotundo «tienes razón, no soy tu amigo, soy tu papá», y lo metí en la regadera. La cuestión quedó zanjada y, por el momento, gané una batalla. La guerra, no obstante, se antoja complicada.

         Un ejercicio de honestidad, por ejemplo, me fuerza a analizar esa vacilación. En parte, la misma tuvo lugar debido a que aquella era una aseveración cargada de agresión, pero lo más importante, es que iba dirigida hacia un punto en el que es muy fácil claudicar: el amor propio. Es decir, en aquel momento pudo llegar a pesar, mucho más que mi responsabilidad paterna, el dolor por no sentirme reconocido como amigo de mi hijo.

         Y en ese momento particular, las cosas pudieron torcerse. Pude, por ejemplo, haber dicho la misma frase, pero desistido de meterlo a bañar. Ello hubiera restado valor a mi palabra y de nada hubiera servido la milagrosa elocuencia que vino a auxiliarme. O, mucho peor, pude haber decidido que era más importante ser su amigo que bañarlo. Ello, más que un error de padre debido a la ignorancia, evidencia lo que está en juego en —lo que se ha llamado— el desfallecimiento de la imagen paterna: los padres no aman a sus hijos sino a sí mismos.

         Demos un rodeo. Pensemos en el amor de pareja y en el testimonio cultural que representan las canciones de amor. De entre ellas, hay algunas que retratan un amor —que podríamos tildar de— imposible. El tango de Enrique Santos Discépolo, «Confesión», por ejemplo, habla de una persona que se hace odiar para salvar a su amada. «Yo no sé si el que te tiene así se lo merece, sólo sé que la miseria cruel que te ofrecí, me justifica al verte hecha una reina, que vivirás mejor lejos de mí».

         Le llamamos imposible porque nos parece inverosímil que alguien renuncie a su objeto de amor para salvarlo; porque entendemos que, en el fondo, el amor exige cierto grado de posesión y que, así como buscamos el bienestar del otro, esperamos algún nivel de retribución. Si bien se pone en riesgo al momento de la conquista, el amor propio es salvaguardado por la respuesta de la persona amada. El angustioso momento —de extrema vulnerabilidad— del primer «te amo» es apaciguado por el «yo también». Un amor que no pide esa respuesta y que se conforma con el «te amo» se nos antoja imposible y, muy probablemente, sufriente.

         Bueno, pues a pesar de que tenga ese carácter imposible, el amor que exige la parentalidad es de este tipo. Si se pretende formar una relación retributiva, en la que se ama y se es amado en la misma medida, se renuncia al papel fundamental de un padre, que es el de educar y marcar los límites entre lo permitido y lo no permitido. La relación entre padres e hijos es asimétrica. Mi hijo necesitaba bañarse y que yo le mostrara la importancia de respetar los acuerdos y las palabras. No requería mi amistad.

psi.danielcortez@gmail.com

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Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

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