
Como cada año, el Panteón San Nicolás recibió a cientos de leoneses de todas las colonias y de todos los estratos sociales, para que estos saludaran y atendieran las tumbas de sus seres queridos.
A las 10:00 en punto se abrieron las puertas del panteón San Nicolás, pero la gente ya había formado una fila mientras esperaban de manera expectante, sosteniendo cubetas, escaleras, banquitos, botes con jabón, cloro y esponjas. Entonces, la gente entró.
Familias enteras llegaron a las tumbas o bien, a las gavetas, en el suelo de un panteón histórico, que alberga a personajes tan importantes para León como el arquitecto Luis Long. La gente no perdía el tiempo: de inmediato llenaban las cubetas de agua y comenzaban a lavar las lápidas.
Había quienes visitaban a familiares con años de fallecidos y lo veían como un proceso normal… pero otros aún tenían la pérdida muy reciente, muy ‘viva’. Aunque el 1 de noviembre se enfoca en los pequeños que regresan del más allá, había quienes saludaban a sus fallecidos el primero de enero, pues el domingo estarían ocupados trabajando.
Hubo rezos, hubo flores de cempasúchil, hubo llantos, hubo tumbas completamente limpias, pero sobre todo, hubo amor y memoria.
El panteón San Nicolás, que generalmente está solo, ahora bullía en color, en gente, en personas que venían de todas las colonias y de todos los puntos y comunidades de la Capital del Calzado. Algunos, de León Moderno. Otros, de San Juan Bosco. También de Las Joyas, del Coecillo. Los rezos, los cantos no se hicieron esperar. Entretanto, las calles cerradas en los alrededores del panteón eran custodiadas por la policía municipal, y puestos de comida o de flores ofrecían sus productos.
HISTORIAS DE VIDA Y MUERTE
Muchas son las historias donde convergen la vida y la muerte.
Ma. Guadalupe y Gustavo Ángel, conmemoraron a su sobrina, quien tenía seis años con 7 meses antes de dejar este mundo. Sosteniendo cubetas y con la fe y el recuerdo en alto, ingresaron al panteón. Apenas hacía un año que la niña falleció, y todavía persistía la memoria.
Julio Herández y Mary son pareja, que visitan a la hermana de ella. Originarios de la colonia Nuevo Amanecer, están conscientes de la importancia del Día de Muertos, de cómo impacta en millones de personas. Aunque aún les duela la pérdida, reconocen lo mucho que aman mesta tradición tan puramente mexicana.
A la entrada del panteón hay un letrero que advierte sobre el dengue, y sus posibles contagios. Es una clara advertencia de las autoridades de salud.
Juana Olivares y su hija, Victoria Aranda, también visitan el panteón para recordar la muerte del hijo de ella, que tenía 20 años y dejó el mundo hace dos. Como tantos, viven el Día de Muertos al Máximo.



