Recuerdo cuando llegué a León.
En mi primer día de trabajo acudí a la oficina de cirugía con Lupita, la secretaria del departamento, para presentarme con el Jefe de Cirugía, el Dr. Carlomagno Oropeza.
Al llegar un médico, (omito su nombre por obvias razones) que se encontraba ahí, interrumpió su plática e hizo alguno que otro comentario en forma despectiva hacia los “chilangos”.
Antes de que pudiera presentarme el médico me preguntó directamente:
-¿Cuándo te jubilas?
Me quedé sorprendido, era mi primer día de trabajo en aquel mayo de 1987. Además, su pregunta, aparentemente, no venía al caso y la serie de frases que mencionó sobre las personas procedentes del entonces D.F., me dejaron un poco confundido.
Vacilé brevemente mientras trataba de poner en orden mis pensamientos, pues para ser mi primer día de trabajo tuve un “buen” recibimiento, además de que faltaban muchos años para que yo me jubilara.
Finalmente dije:
– En el 2015.
– Dijo: ¡Ah!, y se fue.
Nunca pensé que el tiempo pasara como agua entre mis manos, pero literalmente ocurrió de esa manera.
Mi generación ya se hizo vieja, estamos entrando en la etapa de los metales. Si, plata en las sienes, oro en los dientes y titanio en la prótesis.
En 1992 visualicé un proyecto enfocado a la senectud, adelantándome en el tiempo, ya que tarde o temprano llegaría a formar parte de la tercera edad.
Así, imaginé un sitio para el retiro de adultos mayores, que por enfermedades u otros problemas físicos requerirían atención especializada, tuvieran un espacio de recreo, educación, donde relacionarse con otros sujetos no necesariamente de la misma edad o condición y ofrecerles, en caso de que lo quisieran, lugares de trabajo, o clases para el aprendizaje de tecnología, relaciones personales y participar como consejeros en empresas, escuelas o familias.
El proyecto, en forma global, permitía evitar la soledad y la frustración de sentirse inservibles o abandonados a través de la interacción con otros adultos y/o jóvenes que formarían parte del desarrollo.
Junto con mis hijos realizamos una profunda investigación y desarrollamos esa idea que fue el resultado de la tesis que presentó el mayor de ellos.
Hice presentaciones, recorrí en busca de apoyos. Todos decían que eso en México no funcionaria. Tal vez en otros países pero aquí, no.
Las preguntas de siempre.
¿Podemos ver el desarrollo?
¿Cuánto cuesta?
¿Quién lo pagará?
Las respuestas.
¡Muy buena idea!
¡No creo que funcione!
¡Aquí no!
¡No hay tantos viejos!
¡Nadie lo va a pagar!
Los mexicanos no estamos acostumbrados a pensar en eso.
Los escritores de The Economist, Martin Amis y Chistopher Bukely, como yo están entrando en la época de plata, y han expresado su preocupación por los altos costos que genera tener una pirámide poblacional regresiva, es decir, una sociedad que es más ancha en los grupos superiores que en la base, debido al descenso en la natalidad y al envejecimiento continuo de su población.
Uno de los autores escribió recientemente sobre el crecimiento de la población anciana y lo comparó con “una invasión de inmigrantes terribles, pululando los restaurantes, cafés y tiendas” y yo agregaría además farmacias, hospitales y calles como un “Tsunami plateado”.
Muy pocos hemos tomado en cuenta el tamaño y la extensión de sus consecuencias.
Si en Estados Unidos las compañías están poco preparadas para el efecto de la generación de plata.
¿Pueden imaginar lo que ocurrirá en México?
Y el problema es que no hay una pizca de interés al respecto.
Evadimos el compromiso y solo muy pocos establecimientos han dado trabajo a esta población y la mayoría son empresas trasnacionales que les han brindado apoyo.
El resto, están más preocupados y son devotos reclutadores de personas jóvenes, sin experiencia, pero mucha energía.
Se necesita pensar en un nuevo modelo de carrera laboral, rompiendo el esquema de tiempo-edad para asegurar que los trabajadores reciban salarios adecuados, aun cuando sus capacidades físicas disminuyan. Así mismo, buscar las formas de que el retiro no sea un proceso súbito, más bien en forma secuencial para satisfacer la adaptabilidad y busca de soluciones.
En México hay Instituciones que se ocupan de la senectud como el INSEN, actualmente llamado INAPAM.
Sin embargo, el INAPAM, de acuerdo con María Angélica Razo González (Revista CONAMED, vol. 19, núm. 2, abril-junio 2014): “No ha podido ejecutar sus atribuciones de órgano rector debido a que, por un lado, no ha entendido bien su papel y no cuenta con los recursos necesarios para llevarlo a cabo. Por otro, no ha querido renunciar a la operatividad de sus acciones; cada director general ha considerado que el capital político que el Instituto ejerce sobre la población que atiende, es muy importante como para renunciar a él, si trasladara los programas a instituciones que se encargasen de la ejecución de los programas”.
Necesitaremos instituciones y leyes que busquen soluciones reales y factibles, sobre todo individuos comprometidos con visión para el bien común y honestos.
¿Alguno de ustedes encontró el elixir de la juventud?
¿No?
Eso pensé.
¡Hasta la próxima!
TSUNAMI A LA VISTA
SourceEl Heraldo de León



