jueves, septiembre 3, 2026
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La Vida Increíble del Padre Mier. Parte I

‘Un Capítulo en México’

No recuerdo quien me narró su historia, ni si quiera sé si es real, pero de serlo, aseguro que nadie vivió como Fray Servando Teresa de Mier.

Fue hijo de una familia aristócrata, incluso decían que descendía de uno de los primeros conquistadores del nuevo mundo. Desde joven fue tal su genio que buscó donde alimentar sus deseos de saber y fue en el convento de los Dominicos donde creyó encontrar su lugar, pero pronto le pareció muy pequeño para su ser.

En 1794 fue elegido para dar un sermón en honor a la Virgen de Guadalupe, lo que debía ser el primer paso en una vida de grandezas fue el inicio de las tragedias. Dicen que las bocas quedaron abiertas y más de alguno estuvo al borde del desmayo, cuando frente al Virrey, el Arzobispo y miembros del ayuntamiento de la Nueva España, afirmó que la preciosa Virgen del Tepeyac no se le apareció al indio Juan Diego, si no al mismo Quetzalcóatl. Tan sólo palabras, dirán, pero esa afirmación llevaba ‘veneno’, Mier pretendía dar identidad a los indios y quitar aquel grado de divinidad de la que deseaban hacer gala los españoles.

Su voz hizo eco en la corte y en las calles, el pobre Mier nunca imaginó que algo así le consiguiera el premio del destierro por orden del Arzobispo. Tampoco imaginó que aquellas ideas desatarían los deseos de una nación y que terminarían por estallar en la voz de un cura del pueblo de Dolores.

Mientras Mier reposaba su cabeza en el suelo de una celda de San Juan Ulúa, sus enemigos se encargaron de acusarle con el rey Carlos IV y antes de si quiera decir ‘esta boca es mía’, se vio en un barco, terminando su viaje en la prisión de Santander, en España, lo querían lejos, donde su voz se fuera acallando poco a poco.

Con la cabeza sobre roca y haciéndose ‘amigo’ de las ratas, Mier comprendió una cosa. El sermón sólo era la excusa, poco les importaba a los españoles la Virgen morena, se encontraba en prisión por ser un peligro para el poderío español y entonces se juró ser una espina, una de la que no se librarían tan fácil.

-a tragar- dijo el celador, sólo silencio salió de aquella celda –¿habrá muerto? – se dijo mientras giraba el mecanismo de la cerradura, pero al entrar se encontró con los barrotes rotos. Mier había escapado.

Oculto bajo una capucha, Mier consiguió llegar a Bayona; puede que el imperio le prefiera muerto a escuchar sus palabras, pero hay otros que al verle le reconocieron como un luchador por la libertad de América. En Francia, y en francés, intercambió ideas con Simón Rodríguez, ideas que alimentaron al futuro Libertador, al único Simón Bolívar, si él no podía regresar a México, al menos sus ideas atravesarían el océano. Pero tampoco deseaba ocultarse como sus amigas las ratas, se enclaustró para escribir en favor de la libertad de América y pronto lo volvieron a detener, debió tomarles cariño a las cárceles, ya que esta vez le enviaron a una cárcel sevillana, pero hay dos cosas con las que el mundo no contó: la primera, que ya ninguna cárcel era capaz de retener a Mier, y la segunda, con la ambición inmensurable de Napoleón Bonaparte.

España perdía su libertad ante Francia y la guerra por recuperarla inició. Pagaría una fortuna por ver a Mier en ese momento, pues ante el asombro de todos y pese al odio que debía embargarle, se colocó al frente de una pequeña tropa y ordenó fuego y degollamientos franchutes; por un corto periodo se convirtió en capitán de la resistencia española, pero bastardos mal agradecidos, sus actos no fueron bastantes para prestarle odio, pues aún era enemigo de la corona de España y tuvo que escapar, esta vez del rey Fernando VII, y sus pasos le llevaron a Londres, donde pensó que todo estaba perdido y se enteró de las desgracias que cubrían a las américas.

En el interior de una taberna, donde cientos de perseguidos se reunían, conoció un joven navarro, al que nadie apostaría una triste moneda. Pero Mier vio más halla, le pareció ver un ‘Bolívar’ y esta vez no dejaría pasar la oportunidad. Xavier Mina deseaba acabar con el absolutismo, donde quiera que este se encontrara y Mier le señaló en el mapa el lugar de sus siguientes batallas.

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