(Primera de dos partes)
Diversas notas periodísticas y reportajes nos dan cuenta de que en todo el mundo, el mayor reto para lograr una prosperidad económica incluyente, consiste en generar las condiciones que permitan la creación de un número suficiente de “buenos empleos”.
La evidencia nos muestra que sin empleo productivo y confiable para la vasta mayoría de la fuerza laboral de un país, el crecimiento económico resulta excluyente, de manera que sus beneficios terminan concentrados en una pequeña minoría. La escasez de buenos empleos también socava la confianza en la cúpula gobernante, lo que a su vez impulsa la imposición de políticas autoritarias y nacionalistas que afectan a muchos países ahora en día. En el caso de México podemos ver como en el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto la tasa promedio de crecimiento del PIB fue de 2.44%, una tasa aceptable bajo estándares internacionales, pero desde luego insuficiente para haber disminuido el porcentaje de personas que laboran en la economía informal, la cual fue de 56.76% al cierre de 2018.
El economista argentino de la CEPAL, Raul Prebisch, escribió desde 1969 al respecto, y ahora en día seguimos viendo que prácticamente todas las economías en el mundo están compuestas de un segmento avanzado, generalmente integrado globalmente, que emplea a una minoría de la fuerza laboral, y un segmento de baja productividad que absorbe a la enorme mayoría de la fuerza laboral, frecuentemente pagando bajos salarios y con pobres condiciones laborales.
La proporción de ambos segmentos puede diferir. En los países desarrollados, obviamente tienen mayor preponderancia las empresas altamente productivas. Pero cualitativamente, la fotografía se ve bastante similar en los países ricos y pobres, lo que produce los mismos patrones de inequidad en la distribución del ingreso, exclusión y polarización política. ¿Cómo es que los formuladores de políticas públicas deben enfrentar este “dualismo”?
La definición de un “buen trabajo” obviamente depende del nivel general de desarrollo económico de cada país. Generalmente consiste de un trabajo estable en el sector formal que además cuenta con seguridad social, protección laboral tales como condiciones de trabajo seguro, derechos colectivos de negociación, y leyes que protegen en contra de despidos injustificados. Al trabajador le permite tener al menos un nivel de vida de clase media, para los estándares del país, con suficiente ingreso para adquirir una vivienda, alimento, transporte, educación y otros gastos familiares, además de permitir ahorrar.
En México, de acuerdo a estimaciones de GAEAP con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de INEGI, en el cuarto trimestre de 2018 el ingreso promedio diario de la población ocupada fue de apenas 2.17 salarios mínimos, equivalente a 191.47 pesos. Y lo que es peor, solamente el 5.29% del total de la fuerza laboral tenía un ingreso promedio superior a los 5 salarios mínimos (442 pesos diarios) al cierre de 2018.
Por otra parte, el INEGI reporta que al cuarto trimestre del año que recién terminó había en México una población ocupada de 54.194 millones de personas, mientras que el Instituto Mexicano del Seguro Social tiene registrados al cierre de 2018 un total de 20.079 millones de trabajadores, por lo que vemos que solamente el 37.05% de la fuerza laboral mexicana cuenta con la prestación de seguridad social.
Ante estos datos, queda claro pues que estamos muy lejos de tener una economía que genere los suficientes empleos bien remunerados, por lo que resulta evidente que hay mucho que las empresas pueden hacer en lo individual en todo el mundo para mejorar las condiciones de trabajo. Las grandes empresas que tratan mejor a sus trabajadores, al proveerles con mejores sueldos, más autonomía y mayor responsabilidad, generalmente disfrutan de los beneficios en la forma de menor rotación de personal, mayor satisfacción de los trabajadores con su empleo, y mayor productividad. Hay vasta evidencia estadística que sustenta la creencia de que la estrategia de “buenos trabajos” puede ser altamente rentable para las empresas, así como lo es para los trabajadores.
Pero el problema de la falta de buenos empleos es más profundo, es estructural y va más allá de lo que las empresas pueden hacer por cuenta propia. Ahora en día, las naciones desarrolladas y las subdesarrolladas sufren de un creciente desajuste entre la estructura de la producción y la estructura de la fuerza laboral. La producción se está volviendo cada vez más intensiva en habilidades, mientras que el grueso de la fuerza laboral se mantiene con un nivel de habilidades bajo. Esto genera una brecha crónica entre los tipos de empleo que son creados y los tipos de trabajadores que un país tiene.
De acuerdo con diversos autores, la tecnología y la globalización han conspirado para aumentar dicha brecha, con la manufactura y los servicios siendo cada vez más automatizados y digitalizados. Mientras que las nuevas tecnologías podrían haber beneficiado, en principio, a los trabajadores con menos habilidades, en la práctica el progreso tecnológico ha servido para reemplazar la mano de obra.
Aunado a lo anterior, el comercio mundial y los flujos de inversión, y las cadenas de valor en particular, han estandarizado las técnicas de producción a lo largo del mundo, haciéndolo así muy difícil para los países pobres el competir en los mercados mundiales sin adoptar las técnicas intensivas en habilidades y en capital similares a aquellas de las economías avanzadas. El resultado de todo esto es el dualismo económico ya comentado previamente.
De acuerdo con Dani Rodrik, profesor de economía política internacional de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, de la Universidad de Harvard, sólo hay tres formas de reducir el desajuste entre la estructura del sector productivo y el de la fuerza laboral. Mañana se mencionan y explican.
El autor es Director General GAEAP.
alejandro@gaeap.com
En Twitter: @alejandrogomezt
