
En una semana se llevará a cabo el tradicional viacrucis en el Templo del Calvario. Desde enero, la gente se prepara para este evento, que durante años ha marcado a la Capital del Calzado, pues junto con el de Chapalita se trata del más importante acontecimiento en Semana Santa.
Así vive la gente del Calvario antes y durante su festejo de Semana Santa por excelencia.
En el templo que se encuentra en el punto más alto, los ensayos para el viacrucis son constantes e intensos. Todos los actores están listos para que salga bien, que sea un acontecimiento inolvidable. Desde Jesús hasta Lucifer, pasando por María Magdalena y el traidor Judas Iscariote, hacen un esfuerzo inmenso en medio de un calor que cada día sube en intensidad.
En las calles, la gente se va alistando para recibir a los visitantes, que llegarán de todos los puntos de la ciudad. No cabe duda que cada viacrucis tiene lo suyo, su mística y su magia particulares, pero las columnas del templo y la vista le dan al del Calvario un estilo muy particular.
La señora Mercedes Bravo, hexagenaria que ha radicado toda su vida en el Calvario, recuerda que hubo una época en que todos los participantes del viacrucis eran de la colonia, pero algunos se han mudado y otros han pasado a mejor vida. Aun así, la esencia misma de la colonia queda plasmada en cada una de sus calles.
Conformada por callejones y escalinatas, el Calvario conecta con el Barrio Arriba, otro de los más tradicionales y típicos de la ciudad, que plasman la esencia leonesa.
Uno de los residentes más importantes en la historia del calvario fue el sacerdote José María de Yermo y Parres, quien nació en Jalmolonga Estado de México en 1851 y años después llegaría a radicar a León. El 11 de abril de 1885 el nuevo obispo Don Tomás Barón y Morales lo nombra Capellán de la Iglesia de El Calvario y Santo Niño, ubicados en lo que a finales del siglo XIX eran zonas muy pobres de la ciudad. Hoy en día, muchas instituciones de dicha colonia y de León llevan el nombre de este sacerdote que fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990.




