miércoles, septiembre 2, 2026
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‘Un Capítulo en México’

Obras Infernales.

Hincado, frente a un simbólico crucifijo de madera, un fraile consternado ruega a Dios, le pide mostrarle el camino de la justicia.

Fray Bartolomé de las Casas, no era un hombre impresionable, pero lo que presenció en el nuevo mundo le cambió por completo, había noches que no lograba conciliar el sueño, el silencio de la oscuridad le llevaba a sus oídos los gritos agónicos de los indios torturados.

Los cristianos venidos al nuevo mundo han dejado destrucción a su paso y el primer lugar que conoció la crueldad europea fue la isla que llamaron: ‘La Española’. La ignorancia y los deseos por enriquecerse llevaron a los cristianos a cometer actos brutales, Bartolomé siente el temblor en sus manos ¿impotencia o ira? Cualquiera que sea, ha ido en aumento con los años.

Intenta mantener su concentración en la oración, pero es imposible, recuerda a los indios, vistiendo con harapos, apenas con la suficiente tela para ocultar sus partes, muriendo de hambre, de agotamiento, recibiendo el trato que ningún hombre le daría a un cerdo.

El fraile deja de orar, es imposible hacerlo. En su habitación tiene sólo un camastro, papel para escribir, un escritorio que cojea, su crucifijo y velas. El ligero color de la llama le vuelca la mente entre recuerdos, aldeas saqueadas e incendiadas, los cadáveres de cientos de infelices colgando de los árboles y ese gusto atroz de los conquistadores por quemar los pies de los indios para obligarles a revelar los escondites del oro, el fraile ya ha dudado de que escondan algún tesoro, todo lo han entregado por miedo a la tortura -estamos preparando todo para poblar en nombre del rey, en nombre de Cristo- así se justifican los españoles, demostrando que han perdido el temor a Dios.

El fraile se recuesta tratando de dormir, quiere descansar, dejar de atormentarse por todo lo que ha tenido que ver y como si un espectro le acechara, su mente le trae le recuerdo nítido del sonido de las cadenas, de una larga fila de hombres y mujeres que antes eran libres y que ahora se convertían en esclavos, llegó a escuchar cómo muchos de esos seres se arrojaban de los barcos con tal de no llegar a su destino.

Las obras infernales de las que han sido capaces le aterran, da vueltas sobre su camastro y tiene que ponerse de pie, siente que el aire le falta, quiere arrancarse el hábito de ser necesario – ¿tanto dolor es necesario? – pregunta al crucifijo de madera.

Sabe que nunca será capaz de olvidar la matanza de Cholula, el dolor dejado tras la masacre de Tepeaca, la terrible conquista de Tenochtitlan y las guerras, las pavorosas guerras contra los indios que pretenden defender sus vidas y sus familias, y aquellos que se rinden sin pelear, muchas veces sería mejor que no lo hicieran. El fraile se mira las manos, toca su rostro pensando en el dolor que debe ser la amputación de un miembro, ser cortada la nariz o las orejas -¡Dios!- el fraile no puede más, recordar todo eso le asquea y termina por vomitar.

El temblor de sus manos no se detiene, tiene un extraño sentimiento que le dice que debe hacer algo más por esa gente ¿acaso no todos los hombres son hijos de Dios?

Aun con miedo, clava su mirada en el crucifijo de madera, se encuentra decidido. Tiene que narrar la verdad al mundo, necesita que el rey sepa lo que pasa en América. Tomando papel y pluma se da cuenta que no puede enterrar sus recuerdos, debe revivirlos y plasmarlos, dejar un legajo que nadie pueda olvidar y en su primera línea ‘Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias’.

                                                                         uncapituloenmexico@gmail.com

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