Febrero de 1836. Territorio texano mexicano.
Sé que no van a creerme, quizá me tomen por loco pero les juro, incluso por Dios si con eso los hago felices, Texas es el infierno. Un abismo con fantasmas que te susurran al oído cuando duermes, las almas de todos aquellos que murieron en las incursiones apaches, de los que fueron devorados por la cólera o la viruela, te cuentan su dolor en el viento.
Ese lugar era tan parecido al infierno que varios demonios lo encontraron acogedor.
Nos encontrábamos en el Álamo, debíamos de protegerlo o de aguantar hasta que llegasen refuerzos. Vigilábamos y esperábamos que no aparecieran unos mexicanos para poner en orden su casa. Me acompañaba Jim Bowie, a ese sujeto debía de tratársele con cuidado, solía sonreír mucho, llevaba con él un enorme cuchillo y se decía que sólo armado con eso, era más peligroso que cualquiera, un busca pleitos que deseaba dar libertad a Texas, que fuera libre para que cada familia hiciera fortuna, libre para poder usarse como paso de esclavos. Eso tenía de malo México, teníamos que obedecer sus reglas, si querías vivir en Texas o en cualquier lugar de México, debías solicitar la nacionalidad, convertirte al catolicísimo y eso sí, aceptar de buenas a primeras que en su polvoriento país los negros no eran esclavos.
¿De qué entonces íbamos a vivir? ¿Quién trabajaría las minas y los campos? ¿Cómo iba a sobrevivir la familia de William Barret Travis? Otro de los demonios que llegó a Texas, él decía que la búsqueda de aventuras le llevó ahí, por debajo de la mesa se decía que se encontraba endeudado hasta el cuello y que nadie le buscaría en Texas. Era un hombre gentil, ambicioso y guapo, si alguien podía representar el pecado de la lujuria era él, se decía que conocía las camas de muchos matrimonios texanos.
Y si aún no se convencen del tipo de demonios que había, les contare del más grande de los mentirosos del Álamo, su nombre era David Crockett. Solía contar que cuando tenía tan solo 3 años había matado a su primer oso y que antes de cumplir 18, ya se había cargado a treinta. Era un político de Tennessee que tuvo la suerte de que sus mentiras llegarán a oídos de un escritorcillo y que le creara una leyenda que él mismo se creyó y cuando todo en su vida se fue a la mierda, cuando no obtuvo un puesto político y sin un empleo, el gran mentiroso cargó con sus leyendas, un viejo rifle y se dirigió a Texas, en busca de una nueva vida o de otra gente que pudiese engatusar.
El demonio de la violencia, el de la lujuria y el de la mentira estaban decididos a que en esos paramos, obtendrían la fortuna y la gloria que merecían. El general Sam Houston les dio la orden de abandonar el Álamo pero los demonios no querían pasar a la historia como unos cobardes y decidieron apropiarse del pecado de la estupidez temeraria y la soberbia.
Y nosotros nos condenamos al quedarnos con ellos en vez de salir corriendo. Muy cerca de nosotros se encontraba un demonio sin igual y que venía por nosotros. Un demonio mexicano que ambiciona la gloria que se riega con sangre y que apesta a pólvora, Antonio López de Santa Anna, marchaba con la misión de exterminar la rebelión texana.
Las cartas están ya puestas sobre la mesa y si lo que acabo de contarles les parece increíble, lo que paso después en el Álamo, lo que ocurrió con Bowie, Travis, Crockett y Santa Anna, eso sí que parecerá una leyenda.
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