Este tema constantemente aparece en mis pensamientos: ¿por qué la gente rompe las reglas aun sabiendo que esto es incorrecto? La semana pasada presencié varias de estas “pequeñas” violaciones. Automovilistas estacionados en plena calle estando esto prohibido, dando vuelta en sentido contrario, utilizando el carril exclusivo del transporte público, pasándose los semáforos en rojo, estacionados en lugares para personas con alguna discapacidad; pero también vi gente metiéndose en la fila del banco y del supermercado; y, lo peor, un motociclista buscando evadir el tráfico utilizando la banqueta como si fuera su propia calle. Esto es algo cotidiano, pero no deja de ser incorrecto. Si sabemos que incurrimos en conductas que van en contra de las normas sociales y legales, ¿por qué lo hacemos?
El presidente López Obrador, en uno de sus spots radiofónicos, enfatiza que la honestidad es lo más importante en su vida; y que, por ello, se está erradicando la corrupción del gobierno. Sin embargo, este es un tema que no es exclusivo de las estructuras de gobierno, sino que nos atañe a todos los mexicanos. La honestidad, como es definida por la Real Academia Española, tiene que ver con una persona honrada, es decir, que actúa con integridad. La integridad, a su vez, se refiere a una persona que es recta, proba, intachable. Esto requiere de un actuar congruente y respetuoso de las normas sociales y jurídicas, motivado por los principios morales de cada persona, y no tanto por el posible castigo que puede provenir por romper dichas normas.
Ahora bien, la ciencia del comportamiento puede ayudarnos a comprender las razones que nos llevan a violar las reglas. De acuerdo con un artículo publicado en la revista Psychology Today, escrito por la autora Jena Pincott, señala que las personas nos catalogamos como ciudadanos honestos, a pesar de incurrir en algunos actos deshonestos de vez en cuando. Destaca que el mal comportamiento es resultado de las fuerzas sociales y situacionales. En este sentido, la moral se convierte en un elemento maleable, llevándonos a transgredir las normas en algunos casos, pero en otros no. En el actuar diario, estas transgresiones “inofensivas”, prácticamente nos pasan desapercibidas. Simplemente actuamos sin pensarlo.
Hay algunos elementos que explican este comportamiento. El primero recibe el nombre del efecto del ganador. El romper una regla y salirse con la suya, detona una carga hormonal que genera una sensación agradable, como cuando alcanzamos la victoria en algún deporte. Esto nos lleva a empujar los límites de lo que está bien y está mal, con tal de seguir experimentando esa sensación. Una segunda cuestión es que, un individuo, tenderá a seguir la cultura colectiva. Si en una sociedad es bien visto el engañar y el saltarse las normas, el resultado es previsible. La última enfatiza que, cuando una persona ve a otra violar una norma sin castigo, tendemos a sentirnos como “tontos” por no haber hecho lo mismo. Esto nos lleva a cuestionarnos si es correcto ser honesto.
Al final, así como el motociclista decidió utilizar la banqueta como vialidad, las reglas las rompemos porque podemos hacerlo, porque otros lo hacen, porque quizás, culturalmente, el violar las normas es algo que se aprecia. Una frase dice que el mundo es de los audaces. Posiblemente esto está relacionado con empujar los límites de lo correcto. Si además sabemos que, en la mayoría de los casos, no habrá un castigo, entonces existe una motivación adicional para violar las normas. Sí, la psicología puede ayudarnos a entender las raíces de nuestro comportamiento; pero, si no hay un cambio cultural y la aplicación de castigos a los transgresores, difícilmente podremos ver un cambio verdadero.




