miércoles, septiembre 2, 2026
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¿Qué hicieron Mamá y Papá para envejecer de un momento a otro?

Esta semana, mi hermana Lulú me mandó un escrito por Whats App, escrito por Jaime Alonso Dueñas, que me conmovió hasta las lágrimas y me hizo reflexionar mucho.  Lo comparto con ustedes, querid@s lector@s… lo que no está en cursivas, me tomé la libertad de agregarlo yo:

“Envejecieron… nuestros padres envejecieron.  Nadie nos había preparado para eso. Un buen día, ellos pierden la compostura, se vuelven más vulnerables y adquieren unas manías “bobas”. Tienen muchos kilómetros andados y sabían todo, y, ahora, lo que no saben, o no recuerdan, lo inventan.

Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llegó el momento de ser cuidados y mimados por nosotros.  No hacen más planes a largo plazo, como que se dan cuenta que ya no hay mucho tiempo… que nadie se los asegura… ahora se dedican a pequeñas travesuras como comer a escondidas todo lo que el médico les prohibió o a jugarnos pequeñas bromas molestas.

 

Tienen o les salen, sin motivo alguno, manchas en la piel.  De repente están tristes o parecen perdidos.  Pero no están caducos: ¡caducados estamos los hijos, que rechazamos aceptar el ciclo de la vida!  Y es que se nos vino tan rápido, que ¡ni cuenta nos dimos!

 

Es complicado aceptar que nuestras heroínas y héroes ya no están con el control de la situación… sí, ya no tienen el “control de todo” como lo tuvieron siempre, y eso, los aturde… a ellos y a nosotros.  Están frágiles y un poco olvidadizos… ¡tienen ése derecho! Pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una locomotora… la energía que tenían antes.  No admitimos sus flaquezas, su tristeza, sus olvidos.

 

Nos sentimos irritados, molestos, desconcertados, y algunos, desesperados, llegamos a gritarles si se equivocan con el celular u otro equipo electrónico, y encima, no tenemos paciencia para oír, por milésima vez, la misma historia que cuentan, como si terminaran de haberla vivido.

 

En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo más lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos con ellos por haber traicionado nuestra confianza… la confianza de que serían indestructibles, de que estarían siempre ahí, para nosotros, como los súper héroes.

Provocamos discusiones inútiles y los enojamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue.  Nuestra intolerancia sólo puede ser miedo.  Miedo de perderlos… y miedo de perdernos, miedo de dejar de ser hijos y convertirnos en padres de nuestros propios padres. Miedo de también dejar de ser lúcidos y joviales… tenemos miedo a nuestro propio envejecimiento… de que en un futuro, no muy lejano, nos veamos así: exactamente igual que ellos.

 

Con nuestros enojos e intolerancias, sólo provocamos más tristeza a aquellos que un día sólo procuraron darnos alegría.  ¿Por qué no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros?

 

¡Cuántas veces estas heroínas y héroes estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y midiendo fiebres!  ¡Cuánto sacrificaron de sus propias vidas para dárnoslo a nosotros!  Y nos enojamos cuando ellos se olvidan de tomar sus medicinas o algo que acabamos de decirles; y al pelear con ellos, los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día… y a las que ellos consolaron con tanta ternura.

 

El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida, pero es difícil aceptar las etapas de los otros… más aún cuando esos otros fueron nuestros pilares, aquellos a los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos, con su sabiduría a flor de piel y con su eterno cariño.  Y ahora, ellos están dando señales de que un día partirán sin nosotros… y eso nos asusta.  No, mejor dicho, ¡nos aterra!, porque entonces quedaríamos huérfanos… porque entonces seríamos los adultos de mayor edad en nuestras propias familias.

 

Hagamos por ellos hoy, lo mejor, lo máximo que podamos para que mañana, cuando ellos ya no estén, podamos recordarlos con cariño, sin culpas ni remordimientos; y recordar sus sonrisas de alegría, sus abrazos, sus besos, sus cariñosas voces y no sus caras de susto ante nuestros regaños o las lágrimas de tristeza que  hayan derramado por causa nuestra.

 

Al final, nuestros héroes de ayer, serán nuestros héroes eternamente. 

Seamos conscientes, además, de que todo lo que hacemos es o no un ejemplo para nuestr@s hij@s, de que la vida es una espiral, y que como tratamos hoy a nuestros Padres, en un futuro, no muy lejano, seremos tratados.

Hija, honra a tu Madre;  hijo, honra a tu Padre… para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra.

 

 

desdemihogar@hotmail.es

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