jueves, septiembre 3, 2026
InicioColumnasPSICOANALIZARTE

PSICOANALIZARTE

Roma

Probablemente le pasó a más de uno. La información que circulaba sobre «Roma», la multi-premiada película de Alfonso Cuarón, previo a su exhibición. guio a mi imaginación hacia un relato —mucho más centrado en el «Halconazo»— bastante diverso del resultado final. Por tanto, la primera sensación que advertí, al terminar de verla, fue de desconcierto.

A ello le siguió, inevitablemente, el placer retroactivo de poner todas las piezas en su sitio y el reconocimiento. «¡Bravo Cuarón! Lo hiciste otra vez». Y llevado por esta emoción —pero también por el desconcierto—, me dediqué a documentarme sobre la película. Vi las entrevistas, las presentaciones en vivo con el director, las críticas, unas palabras muy atinadas de Guillermo del Toro y, entre todos los textos que leí, me encontré con una crítica «psicoanalítica».

El artículo en mención argumentaba que la obra de Cuarón es un elogio a la figura femenina, representada por Cleo —Yalitza Aparicio— y la madre de familia —Marina de Tavira— y, un ejemplo del desvanecimiento de la figura paterna. Estas mujeres sobresalientes, cargan sobre sus hombros, no sólo la película, sino a la familia y, por tanto, la célula básica de la sociedad. Y frente a ese papel fundamental, tenemos otro muy desdibujado, que es el padre que abandona y que renuncia a su papel. «¡Malditos padres!»

Y aunque, en una primera lectura, la exposición suena convincente, una vez que la razón se asienta, surgen algunas interrogantes. De ellas, la principal —y en la que nos centraremos— es, ¿de dónde surge la necesidad de dividir a los buenos y a los malos?  ¿Será confiable esa separación entre el objeto paterno degradado y el objeto materno idealizado?

Lo primero que hay que decir es que no es un mecanismo extraño. Separar entre malos y buenos, blancos y negros, es una operación de juicio que desarrollamos desde muy temprano. Y a pesar de que futuros desarrollos conducen al aparato psíquico hacia la integración y a considerar la complejidad, siempre quedan restos de las configuraciones psíquicas infantiles.

En el caso del artículo que leí —y que coincide con la corrección política que impera últimamente—, pareciera que existe una necesidad de rescatar al menos un elemento bueno de la sociedad: las mujeres. Ellas no serían medidas con la misma vara pues, antes que someterlas a cualquier juicio, cualquiera de sus acciones es considerada en relación con el enemigo —el hombre— o enaltecida por su cualidad —ideal— de madres.

Al menos en México, las madres son sagradas y hacer cualquier tipo de crítica al respecto es considerado, por tanto, sacrilegio. Y así como las madres, otros sectores de la sociedad también gozan —tradicionalmente— de una suerte de exención de la crítica: los niños, los pobres, los sacerdotes, los ancianos, etc. Ya sea porque se les consideren figuras ideales o vulnerables, no se les juzga con el mismo encono que a los padres, los hombres, el patriarcado, el gobierno, etc.

Afortunadamente, «Roma» no forma parte —a mi modo de verlo— de la marejada idealizante y nos entrega, no a las madres buenas que todo lo sostienen, sino a dos seres frágiles y complejas. La escena del mar es un gran ejemplo de ello. La madre, cuyo deseo se encuentra quien sabe dónde —evidentemente, tampoco en el padre—, deja a los niños en el mar embravecido al cuidado de Cleo, quien no sabe nadar. Al pasar lo inevitable —los niños casi ahogados— y después de una acción heroica, Cleo confiesa que no quería que su hijo naciera.

¿Habrá mucho escándalo si señalamos que hay ahí dos deseos filicidas? ¿Que esas madres que sostienen la película —y la sociedad— pueden desear, y en ocasiones provocar, la muerte de sus propios hijos? Y la cuestión no es invertir la cuestión y pasar del «¡Malditos padres!» al «¡Malditas madres!». Tampoco hay que perder el tiempo pensando en qué fue primero, si el padre abandonador o la madre lejana, el novio agresivo o la elección del novio agresivo.

Lo que «Roma» hace —y que es uno de los objetivos del arte— es acercarnos a nuestra vulnerabilidad y fragilidad humanas. Si a algo debería mover, no es a enjuiciar a aquellos que fallan, sino a ser compasivos pues, a final de cuentas, todos —hombres, mujeres, niños, adultos, ancianos, ricos, pobres, etc.— estamos estructuralmente constituidos para fallar.

Teléfono para atención: 4771310142

Agradeceré sus comentarios en: psi.danielcortez@gmail.com

Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

Artículo anterior
Artículo siguiente
RELATED ARTICLES

EL HACKER ADOLESCENTE

AHORA, SOBRE LA DOBLE NACIONALIDAD

Día del Adulto Mayor 28 de Agosto

- Advertisment -

Most Popular

Van por el golpe

¡Diablos mandan al León al infierno!

Panas, un cañón confiable