Sucumbir es lo más sencillo

 Cambio la trama, pero no la urdimbre. El pasado martes, por ahí de las cuatro de la tarde, mis redes sociales y los sitios especializados en deportes se llenaron de reseñas y críticas del encuentro disputado entre el Real Madrid y el Bayern Múnich. Del mismo modo que en la política, las opiniones se polarizaron y se exacerbaron tanto las alabanzas como las injurias.

De entre todo lo que leí, un porcentaje muy bajo mostraba objetividad y, en cambio, a diestra y siniestra aparecían opiniones fanáticas motivadas por la pasión. Que si «¡Hala Madrid!», que si «¡Otro robo!». La cuestión aquí sí —a diferencia de la política— resulta jocosa porque lo que está en juego es, en término romanos, un circo.

Resulta cómico ver a los fanáticos pelearse, engalanarse, mofarse de los otros y depositar en completos extraños las riendas de su tiempo y de su vida. Tanto más si se toma en cuenta que muchos de los fanáticos que desfilan por mis redes sociales nacieron aquí en México, lejos de Madrid, Múnich y —para nombrar al rival correcto— Barcelona.

El comportamiento del homo fanaticus podría formar parte de un documental porque, lo mismo que el comportamiento animal, se caracteriza por ser invariable y estereotipado. El homo fanaticus ha renunciado a lo único que lo humaniza —el pensamiento y su singularidad— y lo ha permutado por una identificación en masa, la unión con el resto de los fanáticos.

El homo fanaticus es el integrante ideal de la iglesia, el ejército y, evidentemente, las gradas de los estadios. Lo cómico empieza a rayar en lo trágico, cuando se comprueba que para el líder —el Papa, el comandante, o el equipo— los fanáticos no son más que carne de cañón, instrumentos o pilas en la Matrix. Son la masa manipulable que se inclinará ante cruces, irá a la guerra o comprará camisetas.

La cosa es ya funesta cuando, en nombre de dioses cuya existencia no se ha comprobado o ideales nacionales o deportivos, se genera agresión, se rompen amistades o se declaran guerras. Los peligros del fanatismo son reales. El fanático ama lo propio y odia todo aquello que sea distinto o que atente contra lo amado. Al fanático le será imposible concebir la posibilidad de la inexistencia de Dios, la posibilidad de desertar, o la posibilidad de reconocer los propios defectos y las virtudes del contrario.

Atrocidades como el holocausto ocurrieron por la hipnosis colectiva generada por el fanatismo. Primo Levi —sobreviviente de Auschwitz—reflexionó sobre la vida en los campos de concentración en su libro «Si esto es un hombre».  En aquel momento de extrema agresión y fanatismo alemán, ¿cuál era la postura de los prisioneros? «Sucumbir es lo más sencillo —escribió—: basta cumplir órdenes que se reciben, no comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del campo».

No obstante, «La experiencia ha demostrado que, de este modo, sólo excepcionalmente se puede durar más de tres meses». Es decir, que los que asumían una postura sumisa —fanática— no duraban más de tres meses. En cambio, para sobrevivir, «Hay que remontar la corriente; dar la batalla todos los días al hambre, al frío y a la consiguiente inercia; resistirse a los enemigos y no apiadarse de los rivales; aguzar el ingenio, ejercitar la paciencia, fortalecer la voluntad».

En uno de los momentos más trágicos de la historia de la humanidad, en el que se hicieron patentes los extremos abyectos a que puede conducir el fanatismo, la esperanza sobrevivió gracias a la resistencia que opuso el espíritu humano. No ya la conducta animal y estereotipada sino la voluntad y el pensamiento, la habilidad de aquellos que se negaron a agachar la cabeza. La única respuesta posible frente al fanatismo es, entonces, la irreverencia.

En este año particular, en que coincide —casi misteriosamente— el mundial con las elecciones, procuremos no olvidarlo. Desconfiemos de las posturas extremistas, así vengan del compadre futbolista o del teórico experto. No nos fiemos ni de los —que se hacen llamar— psicoanalistas. No habrá que olvidar que, más que cualquier otra cosa, el psicoanálisis es un ejercicio de irreverencia, y quienes lo contaminan con fanatismo, se encuentran mucho más cerca de la simulación y la charlatanería.

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