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¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?

30 de abril de 2018

Vivimos un momento histórico deprimente. Los que procuramos mantenernos al margen de la vorágine emocional que envuelve a la contienda electoral, no podemos más que contemplar, abatidos, el espectáculo que despliegan frente a nosotros, por un lado, los —hay que decirlo— patéticos candidatos y, por el otro, los fanáticos que los han adoptado —casi podría decirse— como miembros de su familia.

El fenómeno —en el que vemos surgir, sin justificación real, amores y odios en masa— resultaría cómico si olvidáramos, por un momento, que lo que está en juego es nuestro futuro como nación. Pero justamente por eso, porque en cada spot televisivo plagado de mentiras y en cada debate —mucho más cercano al entretenimiento que a un ejercicio político— se juega el futuro de México, la cuestión resulta trágica. Tanto más porque hay poco que se pueda decir o hacer para remediarlo.

No podemos hacer mucho al respecto porque lo que verdaderamente está en juego en cualquier fenómeno de masas, no es la lógica ni la racionalidad de las propuestas, sino las emociones. Las grandes masas no responden a discursos inteligentes ni elocuentes sino, por el contrario, a aquellos discursos que logran disparar los gatillos emocionales.

Cuando asistimos a discusiones sobre política, generalmente somos testigos —cuando no orquestadores— de duelos funestos y estériles. En dichos altercados, lo que se hace evidente es que no existe argumento lo suficientemente lógico y/o contundente que derrumbe las creencias del adversario. Se pierde de vista que la afinidad con los candidatos no es impulsada por la mente, sino por las misteriosas y omnipotentes fuerzas del corazón.

En el amor, la razón se nubla opacando funciones importantes como el análisis y la capacidad crítica, los objetos se engrandecen y se parcializan —tenemos personas todo-buenas y personas todo-malas—, el mundo entero palidece frente a la persona amada y cualquiera que atente contra la misma se convierte, inmediatamente, en el enemigo. ¿No vemos surgir el mismo encono y negación cuando se levantan «calumnias» del tipo «las propuestas de tu candidato son puro engaño» o «tu novio te está poniendo el cuerno»?

La persona que está enamorada no considera la posibilidad de verse engañada porque la persona a quien ama encarna todas las virtudes y perfecciones. Su palabra es ley y, ni las grabaciones, ni las fotografías, ni los testigos, bastarán para derrumbar el amor. En el caso de México y nuestra cultura política, no estamos lejanos a la figura de una persona engañada y  —¿por qué no?— violentada.

Cada sexenio, como en cada reconciliación después de una golpiza, relanzamos nuestras esperanzas, volvemos a soñar, y no aprendemos. Somos los mismos mexicanos que, en aquella canción de 1954 «¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?» retrató magistralmente Chava Flores. «Sueñas un hada… y ya no debes nada, la renta está pagada, ya no hay que trabajar, ya está ganada la copa en la Olimpiada, soñar no cuesta nada, qué ganas de soñar».

La pregunta, no obstante, es toral. ¿A qué le tiramos? Tal como lo canta Chava Flores y nuestra historia atestigua: al mero placer de soñar. No parece importarnos que las promesas se cumplan ni que nos hablen con la verdad. Nos interesa, mucho más que nos ilusionen y nos enamoren, así sea con espejitos. Y a aquel que nos enamore con las promesas que inflamen nuestro pecho lo defenderemos como al más precioso y amado bien.

Ahora, personalmente no sé cuál sea el mejor —o menos peor— de los candidatos. Pero considero que, si bien las emociones pueden fungir como una brújula en buena parte de nuestras acciones humanas, la decisión sobre quien nos gobierne, no debería recaer en ellas, sino en la razón. En esto nos encontramos en una situación de corresponsabilidad. Por un lado, le toca a los partidos cumplir y demostrar su confiabilidad —cosa que no han logrado—, pero sobre todo, nos toca a nosotros, los electores, dejar de engañarnos esperando que todo se nos solucione por arte de magia.

¿Qué esperanza tenemos? Promover el progreso de la educación de calidad, del arte y de la cultura. Si las emociones juegan un papel fundamental en el proceso electoral es porque no han sido procesadas psíquicamente para motorizar el pensamiento. Empero, un acto más personal y accesible a todos, consiste en algo simple: darle su correspondiente lugar al amor. Esto implica, amar —con el rigor necesario— a nuestras personas cercanas y no devaluarlo regalándolo a personas que ni conocemos. No es poca cosa. Freud muy claramente lo señalaba al decir que: «el amor por la mujer irrumpe a través de las formaciones de masa de la raza, de la segregación nacional y del régimen de las clases sociales, consumando así logros importantes desde el punto de vista cultural».

 

Teléfono para atención: 4771310142

Agradeceré sus comentarios en: psi.danielcortez@gmail.com

Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

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