UN CAPÍTULO EN MÉXICO

Cientos de cosas trajeron los españoles que dieron forma a nuestro país, en esta ocasión quiero ayudar a recordar una de las cosas que adoptamos con gusto por siglos y que hoy es tema de controversia: La Tauromaquia.

En 1526, en lo que hoy es la Ciudad de México, se realizó la primera corrida de toros de nuestro país. Como era de suponerse se realizó en honor a Hernán Cortés, el conquistador regresaba de un viaje y volvía a sus dominios. Cortés vio correr a los toros en una Plazuela llamada del Marqués (a espaldas de la Catedral de la Ciudad de México).

La Fiesta Brava fue fuertemente adoptada por la Nueva España y sus habitantes, ya que indios, criollos y españoles la disfrutaban, como fue el caso de don Miguel Hidalgo, que resultaba ser un gran fanático y que incluso contaba con algunos toreros entre sus hombres.

En su libro “Memorias de mis Tiempos” de Guillermo Prieto, existe un pasaje, que por extraordinario, deseo narrarles.

“Durante una tarde de 1838, la gente se encontraba eufórica, en la plaza de San Pablo, podrían presenciar la lucha encarnizada entre un toro mexicano, orgullo de todos. Contra un tigre africano, el enemigo a vencer.

El toro simbolizaba el orgullo nacional, recio e imparable contra el extranjero, el tigre, feroz y salvaje.

Cientos se hicieron presentes para ver la pelea, en el centro de la plaza se colocó una jaula, donde ya se encontraba el tigre, impaciente por ver llegar a su adversario. Fue el tigre quien atacó primero, de un gran salto se colgó de un costado del toro, clavando garras y dientes, haciendo que la sangre del toro se regara en el suelo “¡dale, dale!” “¡Mátalo, no de tejes!” gritaban algunos y otros, con las manos entrelazadas, rogaban a Dios para que permitiese al toro vencer en aquel duelo.

Los espectadores quedaron sin habla al ver al toro sacudirse violentamente al tigre de su lomo y antes de que este pudiera rugir de nuevo, el toro embistió al felino, enterrando sus cuernos en el vientre del animal, con movimientos tan brutales que sus heridas parecían simples rasguños en comparación del pobre tigre, que con sus entrañas esparcidas perdía la vida “¡Viva!” gritó al unísono la plaza. Fue tal la alegría por la victoria que la gente decidió pasear al toro por el barrio de San Pablo, los cohetes ensordecían y las voces quedaron mudas de alegría al festejar al toro asesino de tigres, el gran orgullo nacional”.

Las peleas entre toros y otros animales, no fue algo fuera de lo normal durante la Fiesta Brava. La lucha entre bestias salvajes siempre entretenía a los espectadores que, debe decirse, buscaban saciar la morbosa sed de sangre.

La Fiesta Brava forma parte de nuestra historia y parece que permanecerá por un tiempo más en nuestro país, por mi parte, debo reconocer que el toro es un animal magnifico, fuerte y arrojado al peligro. Un animal que merece vivir y no morir en un ruedo, bañado en su sangre, escuchando los gritos de animales verdaderamente salvajes

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