1 de octubre, 1914. Ciudad de México.
Aquel día debió de acabarse con la barbarie, con el derramamiento de sangre en los campos de batalla, con el dolor de las familias y el sufrimiento de los pobres. Para eso, Francisco I. Madero nos convocó a las armas para derrocar al general Porfirio Díaz y después le hicimos frente al hijo de perra de Victoriano Huerta, ese sí que estuvo duro, pero al final vencimos y ahora sí cumpliríamos con lo que Madero deseaba hacer de México.
Ahora que la Revolución había triunfado, Venustiano Carranza hizo un llamado a todos los jefes políticos y militares que siempre fueron leales a la causa, los enemigos y traidores ya se estaban mosqueando frente a un muro de fusilamiento, ya no debíamos preocuparnos por ellos. La gran convención de jefes militares tenía dos objetivos: preparar las siguientes elecciones para elegir a quien debería ser Presidente de México y resolver todos los problemas del país, casi nada dirían muchos. Lo cierto es que la Convención tenía un solo objetivo: evitar la inminente guerra civil entre caudillos revolucionarios.
Los curiosos se arremolinaron sobre la calle del Factor, alrededor del edificio de la Representación Nacional. La gente quería ver si Francisco Villa siempre sonreía como se veía en las fotos, comprobar que tan apuesto era realmente Álvaro Obregón y si era cierto que el caballo de Emiliano Zapato llevaba herraduras de plata como decía el corrido.
Pasaban de las cuatro de la tarde cuando comenzaron a llegar aquellos hombres que se jugaron la vida en nombre de un México libre, muchos de ellos aun apestaban a pólvora. El general Obregón llegó sonriendo, saludando a todo al que se topaba y arrojando frases ocurrentes a su paso, le siguió el general Murguía, ese sí que tenía el rostro mal encarado. Los reporteros se disputaban un lugar, peleaban por ser los primeros en llegar con tal o cual General para obtener la de ‘ocho’ pero la verdadera nota apenas estaba por hacer su aparición.
En medio de aquel alboroto llegó un escuadrón que empezó a abrir camino y para dejar en claro quien es quien, una parte del 41 batallón de Sonora retumbaron tambores y sonaron cornetas anunciando la llegada del ‘mero mero’. Desde la calle Donceles, el ‘Primer Jefe’ hizo su aparición ¿Quién no podría reconocerlo? Su foto le dio la vuelta a México y quizá al mundo entero, además, era inconfundible. Rodeado de asesores, don Venustiano Carranza se aproximó al edificio, vestía un traje negro de tres piezas, llevaba sombrero de bombín, unos pequeños lentes y la barba que le ganó el apodo de ‘Barbas de Chivo’.
Los generales tuvieron que morderse la lengua para que no se escapara uno de los tantos rencores que se van alimentando durante la guerra. Todos le saludaron con una sonrisa en los labios, pero cuando el Primer Jefe les dejaba atrás, las sonrisas desaparecían y en grupos pequeños daban inicio los murmullos.
Los más avistados se percataron enseguida, aquella convención apestaba a Carrancismo ¿Dónde estaban los valientes Dorados del general Villa? ¿Por qué no aparecían los que defendían las tierras junto a Zapata?
No había necesidad de preguntárselo tanto. Carranza los odiaba por no someterse a sus órdenes y si se aparecían por ese lugar, únicamente sería para darle muerte al ‘barbas de chivo’ y a todos sus aduladores. Aquel día debió de terminarse con la violencia ¿Quién iba a decirnos que don Porfirio y ‘la cucaracha’ de Huerta, eran tan solo la entrada de un manjar de sangre?
En los siguientes años, Villa y Zapata se enfrentarían contra Carranza, pero el poder y el ego del Primer Jefe podrían más que cualquiera. Más pronto que tarde, decenas de caudillos serían borrados del catálogo de los vivos mientras Carranza se alzaba como el único vencedor y heredero del legado de Madero.
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