jueves, septiembre 3, 2026
InicioRegionalDel RincónMira Don Cruz a través de cien años de experiencia

Mira Don Cruz a través de cien años de experiencia

Hace cien años San Francisco del Rincón era una cuadra alrededor de la tienda, limitado por tajos. Un pueblo realmente pequeño. Hace cien años nacía un niño, Cruz, el hijo del tendero, para ser testigo del crecimiento imparable. Los ojos de Don Cruz se extienden como un documental.

 

POBREZA

Con las manos secas de polvo, los dedos se entrecruzan en una danza perfecta cuando la mujer teje un sombrero. No ha comido porque no hay qué comer. Tejer es entonces un acto de fe. El intento se posa en el acto a cada segundo. Un objeto para alivianar de las inclemencias del clima pero también para alivianar las inclemencias de la panza en la tejedora.

Luego, bajar al centro, donde otros hombres y mujeres pobres ofertan sus piezas del corazón, a 25 centavos. “Mire marchante, a cuarenta porque es un trabajo más fino. Ándele, lléveselo a treinta que no he comido hoy, ni mis hijos, para un taquito, ándele patrón, gracias. Que Dios se lo pague”.

Lo primero que cambió fue cuando los tajos comenzaron a convertirse en calles. Don Cruz recuerda que la gente vivía a raya, apenas con lo que sacaba de un sombrero. “Había mucha pobreza, personas que tejían una pieza y hasta la noche comían, hasta la noche que la vendían en la plaza”.

 

LA TIENDA ES UN LEGADO

Los ojos claros de Don Cruz se van para adentro, atizan un poco el fuego del recuerdo que está presente cuando era chico y no veía la pobreza sino la normalidad. Mira a su padre trabajando siempre en la tienda sin darse cuenta de que él es idéntico, y venía a ayudarle cuando el negocio despuntaba entre la pobreza del contexto. “Cuando era chico mi padre tenía una tiendita en la esquina, le ayudaba a veces…” hace una pausa porque el recuerdo le invade el corazón y respira pausadamente.

“Desde siempre con la tienda, con la familia, es que mi padre se hizo de este lote y él fincó aquí y cuando yo me enseñé a trabajar le dije que quería una tienda, y él me la puso… mi padre me ayudó mucho, todo lo que necesitaba yo”, dice con agradecimiento. Porque ahora mira lo que antes no podía, el amor inmenso de su padre, el enfoque en que la vida de la familia pudiera mejorar. Y él repite el patrón, le da a sus hijos e hijas lo que necesitan.

Toca la antigua armazón de madera que va para noventa años porque su mismo padre la construyó para él, para que empezara su negocio. La armazón de madera tocada por Don Cruz podría ser un portal al pasado. “Luego una hija mía dijo que me ayudaba aquí pero que ponga los estantes” y me enseña los estantes modernos. Lo que uno ve el otro no, pero en realidad también esto demuestra que para don Cruz primero está la unión de los hijos.

Recuerda que trabajaba mucho y lo hacía bien, tenía muchas ventas. “Ganaba poco pero era muy feliz, atendía la tienda, nunca dejé de atenderla por andar paseando, era muy tranquilo”. Don Cruz sólo recuerda haber tenido dos novias, “dos provisionales”, porque con la que se casó fue con la tercera. Para siempre. Y con ella tuvo diez hijos.

 

ES UN EJEMPLO VIVO

“Últimamente en navidad se murió uno en Estados Unidos, de diabetes, ahorita son cinco los que hay. Otro murió de 15 años”. Alicia es la séptima de seis hombres y cuatro mujeres y escucha junto a su padre sobre los hermanos que se han ido. Pero Don Cruz lo asumen tranquilamente. Por eso ha llegado a los cien años con lucidez.

Dice Alicia que todo mundo lo quiere, que los maestros lo ponen de ejemplo a los niños para que no usen la calculadora, que usen la cabeza y Don Cruz asiente buscando la pluma y su libreta para mostrar que lo hace apuntando, como hace más de un siglo lo hacía su padre. “Con la pura cabeza y las cuentas en la libreta”.

Don Cruz no estudió mucho porque antes “no era muy forzosa la escuela”. Recuerda haber estado en varias, “aprendía algo, una cosa y en otras no aprendía, luego me salía”, hasta que sus padres lo llevaron con una señora que puso una escuelita y “ahí fue donde aprendí todo lo que ella me enseñó, era una buena maestra”. Exigente, “anteriormente nos exigían, nos castigaban, nos hincaban si no sabíamos las clases”.

Le pido la receta de los cien años, Don Cruz, ¿Qué hay que hacer para llegar?

– Que el señor lo permita, él es el que dice. Uno debe cuidarse, yo por lo regular no salía a paseos.

Me deja un poco frustrado su respuesta, pero se le ilumina la cara cuando cuenta que su yerno fue el que lo empezó a sacar, primero a Puerto Vallarta, a conocer el mar, y luego a Cancún. cuando cumplió sus 90 años.

Miro las olas recogerse en su iris y presiento que el mar le trajo la calma que ahora extiende ahí, tras el mostrador. “Él no está enfermo de nada, tiene buen apetito, come muy bien”, dice Alicia antes de preguntarle si le gustó su fiesta de cien años

-¡Cómo no! todo lo que hubo ahí me gustó.

Pero advierte que no tomó vino ni nada aunque sí hubo, pero no tomó porque no se le antojó ya a esta edad. Su vicio fue trabajar toda la vida, “desde el año 37 comencé a trabajar”.

Otra vez viajan sus ojos al ver la fotografía enorme donde está con su esposa y pensando en que su nieto Juan Antonio es igualito a él en esa foto. “Lo admiro porque siempre ha sido muy trabajador, nos da un buen ejemplo, siempre nos ha tenido unidos y está al pendiente de nosotros”, dice orgullosa Alicia mientras abraza el retrato.

 

LA INUNDACIÓN QUE TRANSFORMÓ TODO

“Todo se destruyó en la inundación, primero todo desapareció pero luego se transformó San Francisco”. En los años setenta un evento destructivo impulsó al pueblo a crecer imparable, como lo describe Don Cruz. Pero en ese momento todo lo que invadía a la familia era miedo.

Todos estaban en la tienda cuando empezó a llegar el agua a las tres de la tarde. Ante la fuerza del agua comenzaron a levantar la mercancía, “metimos los bultos de azúcar en un barril de fierro, pero a los minutos los tambos estaban nadando adentro, ¿cuál azúcar? Se la llevó toda”, dice y señala un espacio en el estante a metro y medio del suelo, hasta donde llegó el agua; “todo lo que estaba abajo se echó a perder.

Don Cruz intentó cerrar las puertas pero ya era imposible, así que gritó a todos los niños que se subieran al techo. “Entró el agua muy adentro y nos pasamos a otra casa porque se podía caer”.

Las casas caían en medio de “un polvaderón”, explosiones de agua, el apocalipsis frente a ellos, “las casas parecían como una bomba”, dice Alicia. Don Cruz recuerda que pusieron una escalera de casa a casa y se pasaron arrastrando, a gatas, hasta la abuela, que entonces tenía ochenta años, se pasó.

“Pero luego San Pancho se transformó, vino la industria de los tenis, aquí le dicen ahora la cuna del tenis porque hay muchas fábricas, la gente es muy trabajadora y fue aprovechada por las inversiones, se enseñó a manejar las máquinas para producir los tenis, hay muchas fábricas”, dice Don Cruz, quien ya no sale a observar la modernidad que todo lo inunda. En su memoria permanece un San Francisco próspero, como sus mejillas rosadas.

José Cruz Aranda García, nacido el 3 de mayo de 1918, despacha con paciencia a sus clientes como desde hace más de ochenta años. Hace la cuenta en la libreta.

Afuera de la tienda ya no hay tajos, ni pasan las tejedoras hacia el centro. El viento no anuncia eventos trágicos. Se respira la calma. Nos salimos de ahí y el hombre pestañea un poco, con el peso del mar sobre la arena.

-¡Felicidades Don Cruz!

-Que Dios los bendiga.

RELATED ARTICLES

PC alerta por lluvias fuertes

- Advertisment -

Most Popular

Van por el golpe

¡Diablos mandan al León al infierno!

Panas, un cañón confiable