Escuché a Ethan Nadelmann —fundador y director de Drug Policy Alliance— en un evento insólito que tuvo lugar en el Centro Fox. Fui citado en el lugar por una comisión de trabajo y no sabía qué esperar del evento. No obstante, no encuentro las palabras para describir la emoción que me produjo escuchar el eco y la resonancia de ideas que han transitado mi mente y que se resumen —para abreviar— en la inutilidad de la Guerra Contra las Drogas, emprendida por Estados Unidos.
Su discurso se centró en el impacto terrible que ha tenido dicha Guerra en la sociedad de América Latina, la hipocresía de la política estadounidense y, sobre todo, el respeto por la libertad y los derechos humanos. Dio un dato terrible: ha habido en la historia penal de Estados Unidos más presos relacionados al consumo de sustancias que presos políticos en el Gulag ruso.
El tema central, no obstante, es algo que merece una profunda reflexión: la criminalización de la salud. Los motivos por los que las drogas se declaran legales o ilegales no obedecen a intereses de salud. El alcohol, el tabaco y ciertos medicamentos son potencialmente más letales que las drogas —al menos en la mayoría de los países— ilegales. Y, sin embargo, el principal argumento para la prohibición tiene que ver con la salud: «las drogas son malas porque dañan el cuerpo y generan adicción».
Lo peor, es que nuestros —los de México al menos— sistemas de salud, no han vislumbrado esta contradicción y han manejado un único y repetitivo mensaje: «no te drogues». Pero es un «no te drogues con aquellas drogas que los Estados Unidos me han dicho que son malas». Los médicos mexicanos —que son los que generalmente dictan las políticas— han demostrado dos cosas: la primera, ser pusilánimes ante lo que los Estados Unidos imponen; y la segunda, no ser conscientes de los límites de su profesión.
Extrañamente, la posibilidad de metaforizar la dificultad de la situación en la que nos encontramos me la brindó una película infantil que vi el fin de semana con mis hijos: «Cars». Y aquí la cuestión excede ya el tema de las drogas y permea el tema de la salud en general. Si nosotros —los humanos— fuéramos carros, nuestros médicos serían… ¡los mecánicos!
Tanto el médico como el mecánico tienen el conocimiento de los componentes, el funcionamiento, las posibles fallas y soluciones de los diferentes sistemas que componen al cuerpo y al automóvil. Sin embargo, hay algo que diferencia de manera rotunda al mecánico del médico: el mecánico conoce sus límites —que no exceden a su taller— y no se pronuncia sobre los lugares que deben evitar los autos, los accesorios o aditivos que se deben prohibir ni, mucho menos, las estrategias para ganar una carrera.
Porque eso es lo que parece omitirse en las políticas de salud pública: que a esta vida no sólo venimos a evitar la enfermedad; venimos a vivir. Al Rayo McQueen no le interesa sólo existir, le interesa ganar la carrera. Y para ese fin, sus mecánicos cumplen un papel fundamental, pero —hace falta subrayarlo— limitado. Para ganar la carrera o, en su defecto, afrontar el dolor de no ganarla, hace falta un conocedor de carreras, un estratega o, en todo caso, un acompañante.
Si a los mecánicos de McQueen les preguntaran qué sería lo mejor para mantener la integridad del coche, probablemente recomendarían no correr. Porque correr implica el desgaste de los neumáticos, del motor, del resto de las autopartes y el riesgo siempre presente de colisiones. Y si hubiera —forzando la metáfora—, políticos que en algo se pudieran beneficiar de ello, probablemente prohibirían las carreras argumentando motivos de salud.
Por eso, cuando decimos que las drogas no son buenas porque «son dañinas para la salud» nuestro argumento adolece de una caprichosa parcialidad. Los políticos, o las personas que tienen el poder de decidir, no deberían estar preocupados por las drogas, sino por crear condiciones de seguridad e igualdad en esa carrera —que es la vida—, promoviendo que no siempre ganen los mismos, que las diferencias no sean tan marcadas, y que los efectos de la derrota no sean devastadores.
Entre tanto, este ejercicio de imaginación no pretende más que una cosa: remarcar la importancia del límite. Aquel que evitará que se moralice —y criminalice— la salud, y permitirá que el debate se lleve a donde debe llevarse: más allá de los conceptos de salud y enfermedad.
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