La transición es demasiado larga.

El gobernador electo de Guanajuato, Diego Sinhue Rodríguez Vallejo ganó la elección el primero de julio y debe esperar hasta el 25 de septiembre para asumir el cargo. Es decir 87 días de transición.

El caso de la Presidencia de la República es peor. El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, ganó el primero de julio y debe asumir el cargo hasta el primero de diciembre del 2018. Es decir 154 días después.

La transición de la Presidencia de la República dura 5 meses. Así como es. 5 meses de Andrés Manuel siendo Presidente electo, sin agarrar el poder. 5 meses de Enrique Peña Nieto teniendo el poder oficial, pero ya sin fuerza para tomar decisiones.

La transición es una etapa compleja.

Los primeros 15 días los ganadores los usan para irse de vacaciones un rato, a descansar, y a disfrutar de las mieles del triunfo. Después regresan a integrar el gabinete y a hacer proyectos sobre cómo debe operar el Gobierno, una vez que asuman el control de la gubernatura o de la Presidencia de la República. Lo extraño es que sean tan largos los periodos, con los gastos que eso implica.

En la transición, se debe mantener todo un equipo de logística y operación, con recursos de quién sabe dónde. Andrés Manuel mantiene una estructura de colaboradores y ¿de dónde sale para pagarles?. Hay que recordar que en el año 2000 a Vicente Fox le asignaron un presupuesto especial para la transición y así le fue con las críticas.

De tal forma que los 3 meses de transición en Guanajuato y los 5 meses en la Presidencia de la República, terminan siendo periodos para echar a andar la agencia de colocaciones. Cientos de personas desfilan – tanto en un lado, como en el otro-, con su currículum en mano, en busca de ubicarse en la estructura gubernamental, aunque sea de asesor o de jefe de algo.

La transición sirve para repartir los panes.

Es un espacio que los ganadores utilizan para negociar con los distintos grupos las posiciones a repartir, para hablar con las personas que van a ocupar cargos importantes y con los que van a recibir huesos más pequeños de los soñados.

Por ahí, los futuros gobernantes hacen grandes proyectos y reingenierías sofisticadas –adelgazamiento del aparato burocrático, reducción de gastos-, con la ilusión de que van a cambiar México. Ya después se darán cuenta que era imposible.

La transición termina siendo entonces un espacio de tiempo perdido en la nada. Ni gobierna Peña Nieto –porque ya nadie le hace caso-, ni gobierna Andrés Manuel –porque todavía no llega-. Ni gobierna Miguel Márquez –porque ya no tiene tiempo de operar nada-, ni gobierna Diego Sinhue –porque todavía no tiene el control-.

Lo único que nos queda apreciar en estos días es ver los golpes mediáticos de fin de sexenio. La transición es justo el momento oportuno para golpear a los que no serán tomados en cuenta para el siguiente periodo.

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