Por: Daniel Cortez Rayas

19 de diciembre de 2016

Todo el que haya creado arte -una pintura, una escultura o un poema- habrá experimentado, en mayor o menor medida, esa sensación de ajenidad con respecto a su obra. Cuando uno lee lo que ha escrito o ve lo que ha pintado, no sólo queda la impresión de que no se logró escribir o pintar lo que se deseaba, sino que uno tiene la extraña percepción de no haber sido, por entero, el autor.
Si la obra no llevara la propia firma, uno se vería tentado a decir que la autoría no le pertenece. Y no se trata de falsa modestia. Para soportar esta aseveración podemos traer a colación dos argumentos. El primero, de autoridad. Friedrich Nietzsche reflexiona en su autobiografía «Ecce homo»:
«¿Tiene alguien, a finales del Siglo XIX, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario, voy a describirlo. -Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas».
El segundo argumento es una peculiaridad literaria y geográfica: la décima improvisada. En lo personal me parece inexplicable y mágico, pero resulta que de entre los diversos géneros de poesía improvisada en España y Latinoamérica, resalta una estructura poética que se puede encontrar en las topadas de huapango y el son jarocho de México, los payadores de Argentina y Uruguay, repentistas en Cuba, verseadores y trovadores en España: la décima.
La improvisación lleva ya cierta cualidad de inusual y mágica. Si sólo improvisar un verso libre supone ya cierto ejercicio de misticismo y contacto con la inspiración, llevar la improvisación al terreno de una estructura poética invariable como la décima -diez octosílabos en estructura ABBA; ACCDDC- a mí, al menos, me quiebra la cabeza. Sólo imaginar que lo que a mí me lleva escribir una semana se pueda decir en 15 segundos, acompañado comúnmente por música y la expectativa del público, me resulta inimaginable.
No sólo me maravilla -y me confronta con la realidad de mi capacidad creativa- sino que, siendo yo un confesado ateo, ese contacto prodigioso con las musas resulta un desafío importante para una mente que se rehúsa a creer en todo lo que no cumpla con cierta lógica científica. Pero, ¿cómo entonces puede alguien improvisar, no sólo una, sino cientos de décimas; algo que debe ser dicho bajo una estructura fija, comenzar y terminar de decirse en un número de sílabas preestablecido? ¿Se trata de una posesión ejercida por las musas; o algo que estaba «destinado» a decirse y que -de manera Platónica- el poeta sólo recuerda?
Aun haciendo a un lado estos ejemplos, queda la pregunta, ¿de dónde viene, entonces, la inspiración? Incluso no siendo payadores, topadores o repentistas, ¿de dónde nos llega esa fuerza que nos atraviesa y nos lleva a crear una obra? Nadie nos podría corregir si decimos que, en el momento de la creación, somos ajenos a nosotros mismos, que estamos poseídos por un poder extraño: la inspiración.
En algunos casos, dicha obnubilación tiene sus consecuencias clínicas pues tampoco es extraño que los artistas caigan en la locura o en conductas autodestructivas. Sin embargo, nadie se atrevería a despojar de su obra a Vincent van Gogh -por ejemplo- simplemente por algún supuesto trastorno mental que pudiera haber padecido. Si la capacidad para pintar de Dalí le venía de sus núcleos patógenos, ¿eso lo hace menos válido?
Si me has acompañado, querido lector, a través de este engañoso planteamiento podrás ahora sí -si es que has aceptado las premisas- preguntarte, ¿con qué derecho despojamos al criminal que padece un trastorno mental de su crimen? La ley lo que nos dice es que si una persona no es consciente en el momento de cometer un crimen, eso lo hace inimputable; es decir, que no es responsable ni culpable del mismo. Pero, ¿no estamos cometiendo una injusticia?
El criminal inimputable es tan dueño de su crimen como lo es el artista de su obra. Tanto como este último, en muchos casos el criminal sólo logra realizarse a través de su acto. Sólo en el crimen consigue hacerse evidente en un mundo que lo niega y lo confina al lugar de la exclusión. Al negarle su responsabilidad en el acto, redoblamos la exclusión, le decimos «no vales tú y no vale tu crimen». ¿No haríamos mejor en concederle el debido valor a su acto? Así, evitaríamos la extraña contradicción de una sociedad que reconoce la responsabilidad en la locura, siempre y cuando produzca obras artísticas y no criminales.

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