
Hoy en día, el tema del empoderamiento femenino y la inclusión está en toda agenda social y política, pero no siempre fue así. Durante los años sesenta y setenta, estos movimientos apenas se iban gestando, de modo que una persona que lograba sobresalir en un entorno hostil se ganaba el respeto y la admiración de sus colegas, pero también la envidia y la más adversa crítica.
Tal fue el caso de Sylvia Elizabeth Mathis, mujer afroamericana que llegó a convertirse, en los años setenta, en la primera agente del FBI, convirtiéndose en policía encubierta e investigando uno de los crímenes de sectas más horribles en la historia del siglo XX.
Los años sesenta y setenta fueron la época de cambios. Mientras el activismo y las marchas de protesta salían a las calles, miles de mujeres afroamericanas ingresaban a las universidades con el fin de demostrar su capacidad. Sylvia terminó su licenciatura en Derecho, y su director de carrera la animó a ingresar al Buró Federal de Investigaciones (FBI por sus siglas en inglés) para convertirse en la primera investigadora de color.
Ella sabía que no iba a ser fácil, pero aun así llegó a Virginia, donde se encuentra Quántico, la prestigiosa academia de formación de agentes, y tomó el curso intensivo, graduándose con los más altos honores. Antes que ella, hubo dos mujeres de su misma raza que no pasaron las diferentes pruebas, que iban desde estudios de perfilación criminal hasta tiro al blanco y técnicas de negociación de rehenes.
Una vez graduada y enfrentando todos los prejuicios raciales y misóginos de su época, se le asignó la placa 2658 y se le dio su revólver. Lo primero que se le encargó fueron misiones encubiertas en Nueva York, (que en ese entonces estaba sumida en el crimen) para investigar casos de cobro de piso y apuestas ilegales. Mathis supo aplicar su conocimiento en Derecho y en seguridad para salir adelante siendo una veinteañera.
Entonces, se le asignó a Sylvia la misión más difícil de su carrera, una asignación que ponía a prueba la estabilidad emocional de cualquiera.
EL CULTO
El 18 de noviembre de 1978, había ocurrido la masacre perpetrada por el reverendo Jim Jones, cuya influencia perversa y carismática hizo que se suicidaron más de 900 persona bebiendo Kool-aid con cianuro. El líder sectario había fundado su comunidad, llamada Jonestown, en Guyana, donde había muchos ciudadanos estadounidenses, además que los sectarios habían asesinado al congresista Leo Ryan, por lo que era jurisdicción del FBI.
Tiempo después, se hizo público que no fue un suicidio como tal, sino un asesinato masivo, ya que Jones, (quien supo ganarse la confianza de la gente aprovechándose del tema de los derechos civiles, tan de moda en la época) obligó a su gente a beber e inyectarse el cianuro, apoyado por su carisma y sus subordinados. Incluso, hubo bebés que fueron arrancados de los brazos de sus madres. El siniestro líder decía: «La muerte solo es el tránsito a otro nivel, esto no es un suicidio, sino un acto revolucionario».
Pues bien: la encargada de entrevistar a los sobrevivientes de tan terrible acto fue Sylvia Mathis. Ella fue quien tuvo que escucharlos y conocer, de primera fuente, los testimonios que hasta el día de hoy siguen desconcertando a todo mundo. Sin duda, se trataba de una responsabilidad enorme para una agente cuya edad apenas llegaría a los treinta.
Sylvia parecía tener una prometedora vida por delante como una profesionista de la seguridad pública, pero el 22 de octubre de 1983, teniendo 34 años de edad, murió en un accidente automovilístico.
La historia de Sylvia Mathis parece digna de una serie televisiva, de esas con un soundtrack de música disco, peinados afro y una paleta de colores naranja y marrón; de hecho, así ha ocurrido: actualmente se emite ‘Duster’, programa que trata sobre Nina Hayes, agente de la ley de color que claramente está inspirada en Mathis.




