domingo, agosto 30, 2026
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LA BOMBA QUE NO EXPLOTA

«Tenet» del director Cristopher Nolan es un enmarañado rompecabezas que reta constantemente al intelecto. La he visto en dos ocasiones y aún sigo pensando y repensando algunos aspectos de la trama y de la estructura argumental. Las piezas van cayendo, paulatinamente, en su lugar, aunque es bien probable que nunca lleguen a encajar del todo. Hay un salto de fe que exige de nosotros el director, en el que apela a nuestro instinto y a no pensar demasiado, aunque, como pasa con el resto de sus películas… ¡es imposible!

Con todo, perdido en mis elucubraciones racionales -centradas casi exclusivamente en el aspecto temporal-, no había hecho consciencia de una de las interrogantes más interesantes del filme. Hace poco me hicieron ver que hay algo que no cuadra, no a nivel de lógica sino a -un nivel que debería tener más claro, léase a- nivel emocional. ¿Por qué un agente de la CIA, contratado para cumplir un trabajo -en este caso, evitar una catástrofe mundial-, capacitado para matar, mentir, morir y utilizar personas para un fin, muestra una debilidad -se empeña obstinadamente en salvar su vida- emocional tan marcada por Katherine, la esposa del villano Sator?

Las interpretaciones pueden ser diversas, y abarcan un rango amplísimo, desde las más groseras hasta las más complejas. La elección racial de los protagonistas, por ejemplo, puede jugar un papel: el agente es negro, Katherine, blanca. También es probable que Katherine tuviera un lugar fundamental en la trama: era la única que podía acercarse a Sator -en el pasado- para matarlo. Es decir, ocurrió lo que debía ocurrir. Se cumple la versión optimista: «Que estemos aquí ahora, ¿no significa que lo logramos?».

Sin embargo, el agente no le salva la vida una sola vez. La salva después de ser atacada -y creída muerta- por Sator, lo que justifica mantenerla con vida para llevarla al pasado a cumplir su misión; pero la salva, también, después de que todo ha concluido y cuando la necesidad de mantenerla con vida no es tan evidente. ¿Qué lo hace actuar de este modo? ¿Será que Max, el hijo de Sator y Katherine, juega un papel importante en el futuro? ¿Será Max en realidad Neil -el compañero del agente- como han propuesto algunos fans en internet?

Ciertamente, a menos que consultemos a Nolan, no lo podremos saber. Lo que sí podemos hacer, es retomar elementos de «Tenet» y de otras películas del director, y construir una posible interpretación. A fin de cuentas, y a pesar de ser catalogado por algunos como cerebral y frío, es posible leer una veta del director obsesionada con el amor y cómo este sentimiento se puede asumir desde una postura ética que trasciende el tiempo, la lógica y el egoísmo.

No es, por tanto, el amor narcisista, el de la autocomplacencia, el que describió Fernando Pessoa cuando dijo: «Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos». No es que el agente pretendiera su propio placer, o el disfrute inmediato: el encuentro sexual y amoroso con Katherine. El agente pretendía el bien de Katherine aún a pesar de que en este bien él no estuviera contemplado. Parafraseando al comisionado Gordon, «el agente es el héroe que Katherine merece, pero no el que necesita ahora».

El caballero de la noche comparte, entonces, esta postura ética y trágica, con el protagonista de «Tenet». Ambos entienden que, lo que importa no es su ego ni su reconocimiento, sino el bien mayor. ¿No es esta la razón por la que el agente se «suicida», al inicio de la película, en lugar de delatar a sus compañeros? Ciertamente, no es un camino fácil ni el más elegido por los seres humanos… mucho más adeptos al egoísmo y a la auto-preservación.

Es el camino de la renuncia y el respeto por los límites. En el terreno del amor, nos refiere a ese «amor cortés» ubicado por Lacan, introducido «por la muy singular puerta de la privación, de la inaccesibilidad». El amor de quien no espera nada a cambio, de quien da lo que no tiene. Aunque, ello no implica que no haya momentos de debilidad y de nostalgia. Nolan le permite a su protagonista ese momento cuando, al contemplar a Katherine desde un vehículo nos dice: «Es la bomba que no explota, el peligro que nadie supo que era real. Esa es la bomba con el poder real de cambiar el mundo».

Entendemos, tal vez, que no está hablando de explosivos sino de su relación con Katherine. Y es como si Nolan nos dijera, no solo en «Tenet» sino en el resto de su filmografía, que la tentación siempre está ahí -la de explotar la bomba, condenar a Harvey Dent, conquistar a la mujer- pero, finalmente, el mundo no va a cambiar si no asumimos esa otra postura ética basada en la renuncia y el amor –puro-, quizás más trágica, pero también más poética y esperanzadora.

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Agradeceré sus comentarios en: psi.danielcortez@gmail.com

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