Los ciudadanos mexicanos fueron muy claros el primero de julio: votaron en contra del sistema que había prevalecido por más de dos décadas; y eligieron al candidato que les ofreció la esperanza de un cambio profundo y verdadero, que pueda traerles paz, bienestar y felicidad. Hace algunos años tomé una clase de finanzas públicas, y recuerdo que definieron el término gobierno, como la forma en que la sociedad toma decisiones colectivas. Los mexicanos han decidido depositar su confianza en Andrés Manuel López Obrador, para liderar esta toma de decisiones en nombre de todos los mexicanos. Pero no nos equivoquemos, el haber votado por él, no nos exime de la responsabilidad de involucrarnos activamente en la construcción del futuro de nuestro país.
Sin duda estamos a punto de experimentar un cambio radical en la forma en la que se ejercerá el poder público. MORENA, como movimiento, se ha convertido en la primera fuerza política del país; y si añadimos a los partidos aliados a este, veremos que se ha conformado un bloque que concentrará un enorme poder. No solamente el Presidente de la República habrá emanado de esta fuerza política, sino que tendrá una mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso de la Unión, y controlará la mayoría de los congresos estatales. Esto quiere decir que AMLO consiguió su deseo de contar con un carro completo, lo cual le posibilita a realizar, con cierta facilidad, las modificaciones que él desee, a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Cabe cuestionarnos entonces, a qué nos obliga el resultado de la pasada jornada electoral. En principio, a sumarnos a aquellas iniciativas que puedan aportar un valor a México, dando puntual seguimiento a su implementación, y exigiendo las cuentas que correspondan. Pero también implica el convertirnos en ciudadanos participativos y responsables, que tengamos la voluntad y el valor de imponernos cuando se pretenda actuar en nuestro perjuicio. Esto evidentemente requiere de nuestro tiempo, nuestra atención y de organizarnos, inclusive más allá de los partidos políticos o de los organismos de la sociedad civil. El reto sin duda es grande, porque, siendo honestos, es fácil caer en la apatía, y adoptar el rol de víctimas. Lo difícil es involucrarse y mantenerse interesados y activos.
Hace un par de días estuve en una charla que impartió Arturo Zapata, un importante empresario de la Ciudad de México. Al final de su ponencia hizo una solicitud a la audiencia: que busquemos convertirnos en embajadores de la esperanza. Basta ya de quejarnos. Más del 50 por ciento de los electores hablaron fuerte y claro. Ahora hay que respaldar a esa mayoría con acciones concretas, continuas y permanentes. El resultado del proceso electoral ha sido solamente el comienzo de una nueva historia que comenzará a escribirse en México. Andrés Manuel López Obrador goza del beneficio de la duda, pero él no podrá hacerlo todo, y no podrá hacerlo solo. Requiere del esfuerzo y del involucramiento de todos los mexicanos. Seamos embajadores de la esperanza.
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