Dicen que lo que «mal empieza… mal acaba». ¿Será acaso que la estancia de Julen Lopetegui en la Casa Blanca se malogró desde el momento de su concepción tan oscura, justo cuando ésta fue gestada al tiempo que él aún permanecía en el seno de La Roja?
Pobre Julen Lopetegui; seguro que ni en sus pesadillas más febriles se imaginó el escenario en el que se encuentra ahora, en el que «haga lo que haga» no está bastando en lo más mínimo para satisfacer a ese monstruo llamado estadio Santiago Bernabéu que, cuando se tiene a favor, ruge y llena de convencimiento, inspira a realizar proezas futboleras, pero que cuando se revela, es una bestia furibunda que te llena de terror.
Seguro que el buen Lopetegui soñaba con un camino forrado de rosas rojas en un idilio que sería aún mayor al de Zidane y el Madrid; creyó en ese sendero que casi parecería un río carmesí de aguas serenas, que incluso ascendía por una escalinata que lo elevaría hasta el altar en el que se veía a futuro, encumbrándose, levantando los trofeos de las máximas competiciones europeas, escuchando el cántico de la tribuna y a una afición vitoreándolo.
Pobre de Julen Lopetegui que a cada partido nuevo del Madrid, le veo sufriendo más que gozando de estar en aquel banquillo con el que tanto soñó tal vez, en una fantasía que ahora se torna por demás subversiva.
El Madrid ganó en el Bernabéu, pero aun así no fue suficiente, no bastó para convencer al público que, luego de los primeros 45 minutos, no hizo más que silbar, protestando por la actuación de un conjunto merengue que pese a estar apabullando a su rival, no consiguió la goleada esperada y exigida por el «respetable».
Pobre Lopetegui al que ahora le aguarda un Camp Nou que seguramente lucirá más amedrentador que nunca, y que pareciera ser sólo el calvario de un viacrucis en el que, luego de tres caídas, se sostiene en pie… de puro milagro.
Gracias.




