EL ARTE DE IMPROVISAR

En el jazz, desde el más modesto antro en Nueva Orleans, pasando por The David Clark Five, Juan José Calatayud y la deliciosa mezcla alcanzada por BB King logrando un “jazz bluseado”, la improvisación es la marca de los mejores en el tema.

El escribano reconoce haber dejado en el tintero muchos nombres de los grandes del jazz. Pero, para efectos de esta columneja, estas menciones permiten ubicar la centralidad del tema.

Para quienes degustan de este tipo de música, resulta maravilloso descubrir las maravillas que ofrece la improvisación de cada uno de los maestros. Los solos de batería, el artista del bajo, haciendo surfear los dedos para arrancarle al “tololoche” sus mejores cánticos; o la poesía del piano, resultan una forma de trasladarse a otro planeta.

EL VIRTUOSISMO

Lo que sucede realmente, se encuentra en la identificación del virtuosismo que el jazz demanda a cada uno de los maestros; en la brillantez y la intensidad majestuosa que cada artista le aporta al ensamble, a partir de una misma línea melódica. Ese es el jazz: el arte de la improvisación que alcanza la unidad en la diversidad. Igual que la democracia participativa.

LO DIFICIL DE ENTENDER

Esta maravilla de ensamblaje musical, da origen a estas líneas, porque de acuerdo con el leal saber y entender de este escribano, la improvisación también es una característica del gobierno federal… pero exactamente, a la inversa de lo que es y del cómo funciona en el jazz. Veamos.

En el caso en comento, la improvisación vino a evidenciar varios vértices:

  1. No se hablan entre los diversos niveles y funciones gubernamentales. Desde el gabinete en el que los floreros son ya, parte del ciclorama y la coreografía. Así pasó con la impresentable señora Ackermann o con la actual titular de gobernación. Mientras el presidente fustigaba a los medios perversos como Reforma y El Universal, con sus respectivos analistas e investigadores, cuando –con el pretexto del coronavirus- la Secretaria Sánchez suplió al mandatario, pidió que mejor preguntaran los medios serios y no los miembros del Club de Lord Molécula, el señor que usa trajes que hacen palidecer de envidia a Cepillín.

  1. Mientras que en el jazz, la improvisación facilita la vertebración de esfuerzos y la concreción de una obra, en el gabinete presidencial sucede exactamente, lo contrario. Dice Raymundo Rivapalacio que Claudia Sheimbaum sin el presidente “es nadie”; y tiene razón. El mayor mérito de la sucursal de palacio nacional, en efecto, es totalmente palacio. Y ese “doblar las orejas” como decía mi santa agüe, es su mayor mérito. No contribuye en nada al proyecto de su patrón, pero hace todo lo irrelevante para que el patrón destaque.

  1. No solo no se hablan, sino que, en vez de buscar, propiciar y favorecer el ensamblado de la misma línea armónica, como en el jazz, sucede lo contrario. Ebrard, el saxofón tenor, parece leer una partitura en Braille. Le agradece “haber sido tomando en cuenta por el presidente”, aun cuando tiene claro que su fallida Línea 12 la carga en la espalda y lo contrapone –por indicaciones del jefe- con la doctora Sheimbaum.

  1. A su vez, mientras que en el jazz, los “solos” tienen un gran sentido: el de valorar el virtuosismo del maestro, Luisa María Alcalde, Jorge Alcocer, Tatiana y varios titulares de Secretarías de Estado, se la pasan haciendo “solos”, al grado de desaparecer de la liturgia mañanera. Son, decía un viejo maestro, como el Alka Seltzer: “Nadie sabe qué hace, pero todos saben que algo hace”

  1. Los resultados de todo ello, es un gobierno folklórico, sin rumbo en términos de eficiencia, gobernabilidad y democracia. La improvisación –o “que alguien haga lo que pueda”- es el botón de muestra de una administración deshilachada y fallida. Desde el aeropuerto de Texcoco, Tlahuelilpan, Ovidio, el INSABI, las maromas del confuso, vociferantativo y hablantoso López Gatell, las vacuna que se distribuyen y aparecen en un almacén; el capitalismo de cuotas y de cuates, son una ópera prima que carece de pies, cabeza, ritmo, armonía y sentido común.

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