El siniestro caso del feminicida serial Andrés N. cimbró no solo a las redes sociales, sino a los medios nacionales e internacionales. Su macabra historia, a la que se le adjudican hasta el momento 21 mujeres asesinadas, parece producto de estos tiempos acelerados en que vivimos.
Desgraciadamente no es así.
El primer asesino serial y feminicida en México se registró muchísimo antes de los teléfonos celulares y las computadoras. Incluso en tiempos previos a la televisión y la radio, cuando Porfirio Díaz estaba al frente del país. Desde ese entonces, la impunidad era habitual. Esta es la historia de Francisco Guerrero Pérez, mejor conocido como “El Chalequero”.
TIEMPOS PORFIRISTAS
Francisco nació en 1840 en algún punto del Bajío. Hasta el día de hoy, no se ha precisado el lugar. Como muchos criminales de su estirpe, tuvo una infancia trágica, protagonizada por una madre golpeadora. Harto de ese estilo de vida emigra a la Ciudad de México y comienza a trabajar como zapatero, siempre vestido con fajas y chaquetas charras, de allí su apodo, aunque también se cree que era por un modismo de la época, pues tener relaciones a la fuerza se le decía “de a chaleco”.
Guerrero comenzó a cometer sus crímenes en las calles de la ciudad de México, destacando barrios como Tepito o Peralvillo. Buscaba trabajadoras sexuales y cuando estaba en un cuarto las degollaba con un cuchillo de curtidor. Lo hacía con rapidez inhumana. Después, arrojaba los cadáveres al río Consulado. Su justificación era que libraba a la sociedad de “pecadoras”. Cometió alrededor de 21 crímenes que hoy en día llamaríamos feminicidios, hasta su detención en 1888, a manos del detective Francisco Chávez, pero solo por agredir a mujeres que no se dedicaban al sexoservicio.
Pese a la represión de la época, el caso se hizo mediático y Guerrero fue condenado a pena de muerte, pero Porfirio Díaz revocó la sentencia. Tras 20 años en San Juan de Ulúa, Veracruz, el asesino salió libre por un error burocrático.
Guerrero regresó a la Ciudad de México, intentando llevar una vida tranquila… pero su humor era volátil y su ira, constante. Un día una anciana de nombre Antonia lo hizo enojar, y él, furioso, comenzó a estrangularla hasta quitarle la vida. Todo fue atestiguado por un niño llamado José Inés Rodríguez. Esta vez las autoridades dieron con él y lo encerraron en la prisión de Lecumberri, donde pasó el resto de su vida hasta el momento de su muerte, presumiblemente por tuberculosis, en el mismo año que estalló la Revolución Mexicana: 1910.
“JACK” CAPITALINO
Corría el año de 1888 y en Londres se hablaba de Jack El Destripador. Guerrero fue el homólogo del primer asesino mediático que ha existido e incluso eso se mencionó en el periódico “El Imparcial”, que era el favorito de Porfirio Díaz.
Además de su naturaleza asesina, lo que convierte al Chalequero en un ser escalofriante es la impunidad.
Tal como señala Ricardo Ham en su libro “México y sus asesinos seriales: “A diferencia de otros criminales históricos, El Chalequero nunca trató de ocultar su verdadera identidad, sus homicidios eran conocidos por todas las prostitutas de la zona pero ninguna era capaz de denunciarlo o entregarlo a la policía debido al temor de posibles represalias en su contra”.
Sobre este personaje, una excelente novela histórica es “Carne de ataúd” de Bernardo Esquinca, pero como siempre, toda ficción quedará rebasada por los hechos.




