El pragmatismo ha desterrado en importantes sectores de la vida ciudadana al valor de la lealtad y le ha sustituido por el ejercicio patrimonialista de la función pública así como en la interacción social en su conjunto.
Ese extravío nos ha conducido a un desapego hacia la ley, y como consecuencia, la anarquía se apodera de crecientes áreas de la vida social. Ha sido tal la confusión social, que se ha perdido el rumbo, que habremos de encontrarlo en la práctica de los valores que hicieron posible el surgimiento de nuestro país.
La lealtad ciudadana debe profesarse hacia los principios. El compromiso de militantes y aún de simpatizantes hacia los partidos políticos, debe afianzarse en la convicción de que la institución ha sido creada como instrumento de la democracia. Durante centurias la especie humana luchó por tener instrumentos, como los partidos políticos, para hacer efectivos los valores fundamentales para la convivencia humana.
Sin embargo, la visión patrimonialista del poder público, ha desterrado ideas como el reconocimiento a la palabra empeñada, convertida en instrumento invaluable para propiciar y mantener la armonía social.
La política educativa, ha restringido el ámbito de su acción a los infantes, desentendiéndose de los adultos, que han comenzado a vivir sin brújula, olvidando que su condición actual, es producto de un proceso histórico, arraigado en compromisos de la población con el país.
Cuando sufrimos embates semejantes a los enviados por el presidente Trump, nos lamentamos, pero no tenemos en cuenta las omisiones que en materia de solidaridad, hemos cometido como ciudadanos.
Creemos tener derecho a criticar las acciones gubernamentales en un pretendido derecho a la libertad de expresión, pero olvidamos la falta del compromiso ético, de quien más que criticar, con fundamento, censura.
La libertad de expresión debe servir para unir a la población en defensa de sus instituciones. Utilizarla con el fin de demolerlas es un acto censurable, por irracional.
El país, en un acto de congruencia, ha de volverle al Estado lealtad a las instituciones. Fomentar la deslealtad por omisión en las leyes, es asunto del que debemos ocuparnos con la máxima responsabilidad.
Quien milita en un partido, ha de estar con él, especialmente en los trances dolorosos y las leyes no deben facilitar la traición a los principios ni a los partidos.




