Es esencial para justificar la existencia humana, el sentimiento de piedad por el sufrimiento de los congéneres; cuando no está presente, su categoría se desdibuja y el individuo se transforma en una caricatura, capaz de las peores atrocidades. Cuando la realidad resulta insoportable al infante, al ser maduro o al anciano, la vida carece de sentido, incapaz de amarse a sí mismo, la indiferencia ante el dolor ajeno, se convierte en su forma de reaccionar cotidiana.  La interacción no es ya la forma de relacionarse productivamente, sino la manera de buscar orientación a las acciones, cuando han perdido todo sentido de valor; el pensamiento lógico ausente, da lugar a la imaginación desequilibrada, ha cesado de ser esencialmente humano y busca su afirmación, en la destrucción de todo aquello que la comunidad considera ligado al deber.

Detener el proceso de pérdida de la cordura, es un imperativo moral para la sociedad, si desea alcanzar o mantener una convivencia pacífica, en la que tenga lugar el pensamiento lógico y cultivar los valores, sea visto como un deber, aunque no siempre se logre.

No se justifica la conducta social, ajena a persecución de finalidades que no encuentren en la bondad, un sentimiento de solidaridad y, en el sufrimiento ajeno, la oportunidad de lograr el placer de hacer el bien por, su valor intrínseco. La política debe orientar la conducta humana hacia la vigencia del pensamiento lógico. El político lo será en la medida que alcance a comprender que su obligación ineludible es la solidaridad con la especie, cualquiera que sea el sujeto que me de la oportunidad para hacer el bien.

Nuestra realidad social, ofrece un lamentable espectáculo de insensibilidad ante el dolor ajeno. Padecemos una demencia tal, que nos aparta de lo valioso y nos acerca cada vez con mayor peligro a la pérdida de nuestra esencia.

Madres y padres de familia, que no saben qué hacer con los hijos que han caído en el deterioro mental que los acerca progresivamente a la locura, por la pérdida de su capacidad de amarse y, con ello, la insensibilidad ante el dolor que causa su extravío, en quienes les aman. En tanto, dejamos al mercado la solución del problema. Cada fin de semana, llega la angustia de no saber si el hijo, protegido en sus derechos humanos, regresará sano y salvo a casa.

El mercado, cuyo motivo es el lucro, le ofrece encerrar a sus hijos, darles los correctivos que por ignorancia e indiferencia, no se aplicaron; ahora les acecha a cada instante una muerte prematura, pero antes, un sufrimiento inenarrable a ellos y a quienes por el extravío, sufren lo indecible.

Son tiempos de pensar en la salud, reconozcamos el grado de locura que nos invade y démonos la oportunidad de volver a la cordura. La ciencia avanza a pasos agigantados, volvámosla en beneficio de nuestra calidad humana. Requerimos: hospitales, no cárceles ni centros de detención, sino lugares adecuadamente concebidos, para recuperar, nuestra deteriorada salud física y mental.

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