El que se enoja pierde.
Parte II
La semana pasada en DESCIPRODISTANCIAS…
Conocimos la historia maya de tres hermanos que vivían con su abuela y, cansados de vivir en la pobreza, uno a uno, partieron a buscar el favor del rey. Bajo la advertencia de “el que se enoja pierde”, los primeros dos hermanos fueron puestos a realizar trabajos que les causaron enfado y así perdieron cada uno un glúteo y la libertad. El tercer hermano, inventor del punk, en vez de hacer el trabajo y enojarse por ello, decidió asegurarse de que la condición aplicara para todos y luego hacer lo que le pegaba la gana, cosa que hizo a enojar al monarca que lo había contratado y había puesto la condición tan absurda.
Y así fue cómo en lugar de decapitarlo, el rey invitó al joven a pasear con él y la reina a un cenote, donde tenía el plan de asesinarlo y hacerlo desaparecer. El joven emocionado corrió a empacar su traje de baño y flotadores.
Al día siguiente salieron temprano hacia el balneario real, y en el camino el muchacho no dejó de molestar al rey con chistes obvios e inapropiados acerca de la reina y los cenotes reales. Por fin llegaron y el gobernante ordenó que pusieran el anafre para el almuerzo, sólo para descubrir que el joven se había comido todos los tamales antes de que él llegara a la mesa.
— ¡Esos cocineros reales sí que saben preparar tamales! Una vez que empecé no pude parar… pero no está enojado, ¿verdad? — preguntó alegremente y luego eructó ruidosamente.
— ¡No, hombre, qué va! Sí son mis favoritos y no quedó ni uno, pero de todos modos tenía que ponerme a dieta… necesito quitarme unos kilos de encima — fingió sonriendo el rey mientras saboreaba de antemano el momento de ahogar a ese muchacho petulante con sus propias manos.
La reina, por otro lado, estaba más bien divertida con la situación, y aunque no estaba contenta con el joven, tampoco le caía tan mal y se sentía un poco culpable de saber que esa sería su última merienda, de tal manera que cuando el tercer hermano llegó con una botella de mezcal, le pareció descortés no aceptar el brindis.
Cayó la noche y con ella la reina, que de tanto mezcal estaba borracha como una cuba. El joven pensó que no era de caballeros aprovecharse de la situación y propasarse con la reina, pero que sería un desperdicio total desaprovechar la oportunidad de dormir en una hamaca real, así que dejó a la señora en su humilde lecho y se fue a descansar como reina.
Cuando aparentemente todos dormían, llegó el rey, envolvió el bulto en el petate, le amarró piedras y lo arrojó al cenote. Cuál sería su sorpresa al llegar a la hamaca de su esposa y encontrarse con el joven punk.
—¿Qué pasó, mi rey? ¡No me diga que auto enviudó sin querer! ¿Apoco está enojado? — preguntó socarronamente el muchacho.
El rey en vez de responderle, le propinó un gancho en las costillas y un rodillazo a la nariz. Le mentó la madre quince veces, maldijo a sus ancestros y le dijo que podía arrancarse una parte de su anatomía para insertarla en otra. Finalmente aceptó que había perdido, le entregó su corona, las llaves del reino y se largó para siempre.
El astuto muchacho regresó al palacio satisfecho por haber dado una lección al rey, sacó a su abuela de la pobreza y a sus hermanos –quienes ahora eran capaces de sentarse siempre y cuando trabajaran en equipo- del calabozo; vivieron felices y comieron perdices.
El rey no.
Y es que las cosas habrían sido muy distintas si en vez de instaurar una política arbitraria contra la demostración del enojo, el rey hubiera permitido la expresión libre y sana de las emociones:
Tal vez los primeros dos hermanos tendrían sus traseros intactos.
Tal vez hubiera puesto, con un buen revés, un hasta aquí a la actitud pasivo agresiva del punketo ese y así evitado maltrato infantil, abuso de confianza y tala innecesaria.
Tal vez no se hubiera aburrido tanto y habría trabajado su relación con la reina, quien hubiera preferido echarse unos mezcales con su esposo que con un imberbe desconocido.
Tal vez la reina seguiría viva.
Quién sabe… tal vez, el que se enoja puede perder los estribos y la compostura, y por un momento es tan vulnerable como cualquiera que deja heridas o sentimientos expuestos frente a otros. Y es que no se trata de vivir al rojo vivo, pero sí lo suficiente para que salga algo de vapor.
Pero gana sabiduría y experiencia para entender que está bien enojarse de vez en cuando. Enojarse y aceptar que es parte de lo que nos hace humanos… y que encabronarse de vez en cuando es inevitable.




