A quienes nos gusta escribir, nos enloquece encontrar libros sobre escribir, como si leyéndolos y siguiendo todos los consejos ahí prescritos, de la noche a la mañana pudiéramos convertirnos en el próximo premio Alfaguara o aún mejor, segundo Nobel de Literatura en México. Pero lo cierto es que aunque esos libros pueden ser vela, linterna, brújula en la oscuridad y perdición, creo hay una serie de cosas mágicas y terrenales que deben conjuntarse para lograr ser escritor y vivir de ello de manera digna, y lamentablemente, no parece ser sólo suficiente desearlo o soñarlo.
Así pues, cuando mi muy querido exalumno Marcelo, (que hoy anda trabajando por sus sueños y cultivando su talento en otros lados), me regalo el libro “DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR”, del reconocido y controversial escritor japonés Haruki Murakami, creí haber encontrado una linternota con la cual iluminar mi “talento”, pero ¡oh, sorpresa!
Primero debo confesar que inicié varias veces el libro sin éxito de conectarme, igualito que cuando tuve en mis manos “Tokio Blues”. Algo tengo yo con Murakami que nuestros primeros encuentros no más no, pero luego, ¡zaz!, nos enganchamos sin poder soltarnos, diciéndole constantemente, “¡exacto, exacto, eso mero!”, como si de repente el autor tuviera el poder de leer mi mente.
Y bueno, “De qué hablo cuando hablo de escribir”, no es un recetario de cómo escribir ni convertirse en escritor, es un diario íntimo donde a través de 11 capítulos Murakami nos comparte su historia, sus ideas, experiencias, pensamientos y algunos tips sobre escribir y ser escritor. Y es tan íntima su narración, que pareciera que realmente estamos tomándonos un café con el autor, mientras quienes amamos escribir aprovechamos para reflexionar si de verdad ese es nuestro camino o por dónde y cómo transitarlo.
Hay tan buenas ideas y preguntas e historias, que tuve que leer con lápiz en mano para ir subrayado todos eso que merece ser releído, compartido y discutido con uno mismo y esos otros que tan bien aman escribir. En particular, en el capítulo 4 titulado “Sobre la originalidad”, al final de la página 104, Murakami logró cuestionarme profundamente: “…pero a quienes desean expresar algo y hacerlo con libertad, tal vez les ayude visualizar cómo vivirían sin ese deseo en lugar de centrarse tanto en el objeto de su deseo.”
Supongo que a veces deseamos tanto algo y por diferentes razones se complica conseguirlo que termina siendo una tortura más que un placer. Creo que eso termina por sucedernos a muchos de los que decimos amar escribir. Y aprovecho para lanzar una idea que leí en alguna de las tantas publicaciones que ruedan por el Facebook: “Los autores sobran mientras los lectores cada vez son más escasos”. ¿Para quiénes escribimos?, ¿quién nos lee realmente?, y sobre todo, ¿para qué queremos escribir? ¿De verdad es una necesidad como respirar o más bien una forma de darle oxígeno al ego?
Sí, así de intensa me puso el libro. Es una charla de café, pero de esos cafés de los que salimos transformados, como deberíamos salir de cada libro.
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