
Hay sueños que empiezan de la manera más sencilla.
No nacen en un estadio. No nacen en una arena. Ni siquiera nacen viendo un evento en vivo.
A veces nacen frente a una televisión vieja, viendo un DVD pirata comprado en un tianguis.
Así empezó todo para mí.
Desde que tengo memoria amo la lucha libre. Tenía cuatro o cinco años cuando descubrí WWE y, desde entonces, no hubo vuelta atrás. En mi casa no alcanzaba para comprar los eventos de pago por ver, así que había que esperar al día siguiente para conseguir el disco «de dudosa procedencia». Y, sinceramente, yo era el niño más feliz del mundo.
No me importaba la calidad del video.
No me importaba que la portada estuviera mal impresa.
Para mí aquello era WrestleMania.
Era Royal Rumble.
Era magia.
Crecí jugando SmackDown vs. Raw, recreando luchas en mi cabeza y creyendo que algún día podría ver a esos luchadores en persona. Era un sueño que veía muy lejano. Tan lejano que ni siquiera me atrevía a imaginarlo.
Y, sin darme cuenta, ese sueño llegó.
El 5 de agosto de 2026 se convirtió, probablemente, en uno de los mejores días de mi vida.
Todavía me cuesta creer que pude ver luchar a Edge.
Adam Copeland para unos.
Edge para quienes crecimos gritándole a la televisión.
No sé cómo explicar lo que sentí cuando sonó Metalingus en la Arena México. Hay canciones que automáticamente te regresan a la infancia, y esa hizo exactamente eso. Durante unos minutos dejé de tener 21 años y volví a ser ese niño que brincaba frente a la televisión viendo a Edge convertirse en campeón del mundo.
Pensé en aquel retiro de 2011 que nos rompió el corazón a todos. Pensé en el Royal Rumble de 2020, cuando regresó después de nueve años y yo lo vi, otra vez, por medios bastante creativos porque tampoco había dinero para pagar la plataforma.
Y ahora estaba ahí.
Viéndolo en vivo.
Quizá en la última lucha que dará en México antes de retirarse definitivamente.
Solo escribirlo sigue pareciéndome irreal.
Pero esa noche apenas comenzaba.
Después aparecieron Jon Moxley y los Death Riders. Ver a Christian, a los Young Bucks haciendo magia sobre el ring, entender por qué son considerados una de las mejores facciones de la historia moderna… fue una locura.
Y entonces sonó Judas.
No existe una forma elegante de describir lo que es cantar esa canción con miles de personas.
Simplemente la gritas.
Hasta quedarte sin garganta.
Chris Jericho podrá despertar cualquier opinión, pero escuchar su entrada en vivo es una experiencia que cualquier aficionado a la lucha libre debería vivir una vez en la vida.
Después apareció Místico.
Y escuchar a toda la Arena México cantar Me Muero fue uno de esos momentos que te ponen la piel chinita. Hay algo especial en esa arena. No sé si son sus paredes, su historia o la gente, pero se siente diferente.
También pude ver a Darby Allin, uno de mis luchadores favoritos de la actualidad. A Kazuchika Okada, una auténtica leyenda del wrestling. A Kyle Fletcher y Speedball Mike Bailey regalándonos una lucha que, sinceramente, todavía no entiendo cómo fue físicamente posible.
Las mujeres tampoco se quedaron atrás. Mercedes Moné, Jamie Hayter, Willow Nightingale, Megan Bay, Alex Windsor… todas demostraron por qué la lucha libre femenina vive uno de sus mejores momentos.
Y cuando pensaba que ya había visto suficiente…
Salió Hangman Adam Page.
Mi luchador favorito de esta generación.
No solamente lo vi luchar.
Lo vi coronarse campeón.
Sí, me quedé con las ganas de escuchar su tema de entrada porque apareció acompañado de mariachis, pero siendo sinceros… ¿qué puede ser más mexicano que eso?
Después regresó Andrade a una Arena México que lo recibió como solo este país sabe hacerlo.
Y cuando ya parecía imposible sorprendernos otra vez…
Sonó la música de MJF.
No estaba anunciado.
Nadie lo esperaba.
La Arena explotó.
Yo también.
Hay pocas cosas más bonitas que una sorpresa bien guardada.
Y entonces llegó el turno del evento estelar.
Will Ospreay.
Probablemente mi tercer luchador favorito de toda la vida, solamente detrás de Roman Reigns y Hangman.
Escuchar su música en vivo fue otro de esos momentos que jamás imaginé vivir.
La lucha contra Mark Davis fue exactamente lo que esperábamos y mucho más.
Sangre.
Mesas.
Sillas.
Golpes que retumbaban en toda la arena.
Un Hidden Blade.
Un OsCutter.
Un Piledriver sobre sillas.
Una señora del público que terminó llevándose un recuerdo demasiado cercano del combate.
Fue una locura.
Una bendita locura.
Y disfruté cada segundo.
Pero si soy completamente honesto, lo mejor del día ni siquiera pasó arriba del ring.
Pasó en la butaca de al lado.
Porque pude vivir todo esto junto a Saúl, uno de mis mejores amigos.
Con alguien que entiende exactamente por qué un hombre de 21 años puede emocionarse hasta las lágrimas al escuchar una canción de entrada o al ver aparecer a un luchador que seguía cuando era niño.
Hay recuerdos que se disfrutan.
Y hay recuerdos que se comparten.
Los segundos siempre valen más.
Mientras regresaba a casa pensaba en algo muy sencillo.
Hace diecisiete años veía estas mismas estrellas en un DVD pirata.
Ayer las vi a unos metros de distancia.
La vida tiene formas muy curiosas de cerrar los círculos.
AEW Grand Slam México fue el primer evento televisado de lucha libre al que asisto.
Y espero, de verdad, que sea el primero de muchos.
Porque entendí algo que también aprendí cubriendo el Mundial.
Los sueños no llegan de golpe.
Se construyen poco a poco.
Con años de espera.
Con sacrificios.
Con paciencia.
Y cuando finalmente se cumplen, no importa cuánto costó el boleto, cuántas horas dormiste o cuánto dinero gastaste.
Lo único que importa es mirar alrededor y pensar:
«Valió absolutamente la pena.»
Porque ese niño que compraba DVD piratas para ver WrestleMania jamás imaginó que un día estaría en la Arena México viendo a Edge, cantando Judas con miles de personas y aplaudiendo de pie a algunos de los mejores luchadores del planeta.
Y si algo me enseñó la noche de ayer…
Es que nunca hay que dejar de creer en ese niño que alguna vez soñó frente a una televisión.




