miércoles, septiembre 2, 2026
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De héroe a villano

Por fin, la vida y las acciones de nuestros grandes representantes me dan la oportunidad de ejemplificar el porqué del nombre de esta bella columna.

Aunque hemos tratado temas que podrían ser ejemplos clave el actuar político mexicano, lo que ha acontecido esta semana es el punto más claro de lo que se ha vuelto nuestro sistema de gobierno, puro circo.

No solo con los hechos tan ridículos con los que se concluyó el cargo del expresidente del senado, Gerardo Fernández Noroña, sino todo lo que antecedió a la gran lucha de títeres que presenciamos.

El autonombrado ‘hijo del pueblo’ sin duda fue víctima de las mieles de la vida política exitosa; desde que lo convoquen a plenarias internacionales, nacionales, estudiantiles; hasta gozar de los beneficios que el pueblo ‘bueno y sabio’ le ofrece con sus impuestos.

Pero no podemos culpar a esta pobre víctima de las mañas del poder, no. Él, como buen franciscano y partidario de la austeridad republicana sabe lo que es no tener ni un quinto en el bolsillo, padecer hambre y salir a buscar la papa.

También, el rebelde más famoso del gobierno, en su momento señaló todas las injusticias de los pobres y los lujos con los que contaban las altas esferas del poder político, exigiendo justicia para los pobres, ganándose enemigos del ‘prian’ y costándole amenazas.

Sin duda, mi ‘gran’ senador Noroña era un héroe que realmente conocía las carencias del pueblo, que siempre impulsó ideologías de izquierda y que vivía al día como muchos de nosotros, vendiendo libros para sobrevivir y criticando el hecho que se necesitara pagar dinero para usar un baño público, además de exhibir los lujos y derroches que la mafia del poder tenía en aquel entonces. Pero ¿qué cambió?

Uno tendría que estar ciego para no ver el cambio de actitud que ha tenido el senador durante el último año. Tan solo recordar que antes del dedazo…, perdón, elección presidencial, él seguía promoviendo su vida austera e izquierdista, tanto, que en uno de sus mal viajes, cuando le preguntaron si le gustaría ser presidente de la república, aparte de quedar bien con el cabecita de algodón, comentó que si se diera el caso, seguiría impulsando la austeridad republicana como lo había hecho hasta entonces Andrés Manuel.

Sin embargo, aquel momento fue clave, pues no solo él, varios aspiracionistas tuvieron que bajarse de la contienda interna, pues les marcaron raya sobre la dirección que tomaría el régimen y quién sería bendecido y quienes debería agachar la cabeza para que les tocara hueso en el siguiente gobierno.

Considero que este es el punto de inflexión, ya que Noroña, al ser un seguidor leal al partido y ni siquiera presentar campaña interna, se llevó el premio gordo al obtener la presidencia de la cámara del senado, un órgano que le daría el poder que todos anhelan y que solo unos cuantos pueden controlar.

Aquí es donde yo defiendo a mi senador, pues no lo culpo, de no tener nada a tener al país en la palma de su mano, tanto poder y dinero no se pueden desaprovechar. Quienes de seguro me van a criticar a mí y a mi senador nos tienen envidia, pues desean las mieles del poder que le fueron cedidas a él.

Serán los mismos que lo acusaron de viajar en primera clase a eventos internacionales; comprarse una camioneta de lujo, una casa de lujo y siempre hospedarse en los mejores hoteles del lugar a donde fuera. Pero qué acaso ustedes quieren que viaje en turista, junto con un montón de desconocidos que podrían poner en riesgo su vida, ni que el gobierno mexicano hubiera contado con un vehículo exclusivo para el traslado del presidente o figuras políticas importantes… ¿verdad?

Esta triste historia de héroe a villano debería terminar aquí, con un final amargo, pero nostálgico; sin embargo, es solo el preámbulo a la caída de un titán y del telón del espectáculo número uno de la política mexicana.

Aquel plebeyo que llegó al trono cambiaría de aires de una forma abrumadoramente rápida, como un tipo de justicia maquiavélica, Noroña se convirtió en todo aquello que criticaba, todo aquello que juró destruir. Impidiendo el uso de la palabra, el senador faltó a su promesa de un diálogo plural; negándoles a manifestarse en el pleno, peleándose con los hijos de los expresidentes del país o lo peor, obligar a un ciudadano, con el que tuvo un conflicto y del cual existen evidencias de que la agresión la empezó el expriísta, a darle unas disculpas públicas, porque, si no, al ciudadano lo iban a detener por agresión a una figura política.

Siempre lo he dicho, un gobierno autoritario como este, no tiene ni pena, ni memoria.

Aquel ‘hijo del pueblo’ se olvidó de dónde vino, de sus orígenes izquierdistas y las promesas que hizo durante tantos años.

Ahora, incluso mordió la mano que le dio de comer, pues le dio la espalda al movimiento morenista afirmando con un descaro que él no tiene la obligación moral de ser austero; no solo por ser la máxima consigna de la 4T, no solo por ser una imposición a el país mientras los dirigentes viven de la riqueza; tristemente, su legado servirá de ejemplo para señalar por qué no hay que darle poder a la clase baja.

De ser una esperanza, para que cualquier ciudadano pueda aspirar a algo mejor, es una mancha en la lucha de la igualdad de clases, una vergüenza para todos los que estudiamos humanidades y queremos un México mejor, una decepción para los ciudadanos que nos cuesta cada centavo que ganamos.

El rebelde se hizo la autoridad, el pobre se volvió fifí y el país sigue en esta austeridad, no por convicción, sino por obligación; pero a ellos no les importa, no, mientras siga la pantomima y el circo siga en acto, que el pueblo se vaya a la ruina.

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