El mes de septiembre es el de los alegres y tricolores festejos patrios, pero también se recuerda uno de los hechos más trágicos y funestos en la historia de México: el del terremoto de 1985. Aquella mañana, a las 07:19 horas, miles de mexicanos vivieron un sismo de 8.1 en la escala de Richter, con duración de minuto y medio. Aunque nunca se sabrá la cifra de víctimas, la versión oficial señala que fueron más de 7 mil, pero indudablemente se trató de muchos más.
Cuando se recuerda este siniestro, siempre sale a la luz la bondad y la solidaridad de las y los mexicanos. Los valientes doctores, los sagaces ‘topos’ quienes se arrastraban en los escombros para salvar vidas, el amor de todo el país haciendo donativos, etcétera; pero también hubo lugar para el lado más oscuro del ser humano, que aunque fue en menor medida que el lado bueno, no se debe pasar por alto ni olvidar.
Las costureras de San Antonio Abad, el edificio Nuevo León y los casos de rapiña fueron quizá lo que más ha quedado en la memoria oral, escrita y audiovisual de este país.
San Antonio Abad, ubicado en la colonia Tránsito fue una zona seriamente afectada. Allí, se encontraban diversos talleres donde laboraban varias costureras. En tan solo 2 minutos, quedaron sepultadas 1,600 de ellas, que fue la cifra oficial de las autoridades, aunque en realidad pudieron haber sido muchas más.
Como si la tragedia no fuera suficiente, comenzaron a salir a la luz las terribles condiciones en las que trabajaban las costureras: muchos de los talleres eran clandestinos, por lo que no tenían la más mínima medida de seguridad, y los patrones les pagaban menos del salario mínimo. Incluso, con el fin de que no se ‘escaparan’ de su horario laboral, en algunos edificios se les cerraba la puerta con llave y candado. Después del terremoto ni siquiera fueron liquidadas conforme a la ley. Los patrones solo se preocupaban por salvar su equipo de producción.
EL NUEVO LEÓN
Otro caso que no se puede pasar por alto es el del edificio Nuevo León, ubicado en Tlatelolco. Desde su construcción, fue visto como un ejemplo de modernidad y orgullo debido a su estilo arquitectónico. Sin embargo, con el paso del tiempo empezó a mostrar diversos daños estructurales. Muchos lo ignoraban y otros lo auguraban, pero el Nuevo León podía venirse abajo en cualquier momento. Sobre esta criminal negligencia se ha escrito mucho, como el libro ‘Nada, Nadie: las voces del temblor’ de Elena Poniatowska. El caso dio la vuelta al mundo cuando, tras el derrumbe, el tenor Plácido Domingo se unió a las labores de rescate, pues familiares suyos habían muerto allí.
En criminología suele decirse que el crimen es una cuestión de oportunidad, o como dice el dicho ‘la ocasión hace al ladrón’, lo que se aplica a la situación posterior al sismo, cuando comenzaron actos de rapiña y hurto entre la población. Al respecto, el excelente en ‘Ciudad quebrada’ libro del periodista Humberto Musacchio se recuerda que no faltaron, en Tlatelolco, individuos disfrazados de socorristas robándose joyas, relojes y dinero que quedaron a la deriva después de la remoción de los escombros. Asimismo, recuerda: “A los males directamente causados por el movimiento telúrico, se unían otros. Sobre una urbe nerviosa se extendían rumores de pillaje en las zonas afectadas, principalmente referidos a uniformados de verde y de azul. Se hablaba de que un autobús de la Ruta 100 recorría las colonias Condesa, Roma y el área al sur del viaducto cometiendo toda clase de tropelías. Los vecinos denunciarían también que, en la noche, individuos corpulentos, presumiblemente policías judiciales, quienes bajaron de un auto sin placas, atacaron un hotel en Isabel la Católica y Victoriano Salado Álvarez en la colonia Obrera”.
Los siniestros como huracanes o terremotos siempre demuestran lo peor, y lo mejor, de todos los seres humanos. Lo ocurrido días después del 19 de septiembre de 1985 es el mejor ejemplo.




