A lo largo de media década de esta columna, se ha abordado la violencia y el crimen detallando el sufrimiento de las víctimas. Nos hemos enfocado en niños, familias enteras, adolescentes, mujeres, indigentes, empresarios… pero esta vez, nos enfocaremos en los perros. Y es que, afortunadamente, la percepción hacia estos animales ha cambiado de manera radical con el paso de los años. Cuando antes eran considerados bienes de los seres humanos, hoy son parte de la familia.
Pero no siempre ha sido así.
A finales del siglo XIX, el maltrato y la indiferencia hacia los canes hoy en día sería considerada un crimen serio. Por ejemplo, en la Inglaterra Victoriana, el epicentro de la ciencia y la cultura de aquellos años, era común un entretenimiento más que inusual: los ‘rat pits’, o fosos de ratas. En ellos, se soltaba a un perro, por lo general de raza terrier, y luego decenas de ratas hambrientas. El animal debía de matar la mayor cantidad de roedores en el menor tiempo posible. Los elegantes caballeros victorianos se sentaban alrededor del redondel, que hoy en día parecería más una plaza de gallos, y apostaban cuantas ratas podría descontar. Aunque rara vez mataban al perro, sí se enfermaba posteriormente debido a las heridas e infecciones como la rabia. Con el paso del tiempo, esta práctica se haría ilegal. El último evento tuvo lugar en 1912, y el organizador fue procesado y multado.
En México, la situación no era muy distinta.
En los años del gobierno de Porfirio Díaz, el aumento de perros callejeros había ascendido a niveles alarmantes. En una ciudad insalubre, sin las comodidades de hoy en día, los perros se volvían uno de los vectores más visibles. Entonces, empezó a darse incentivos económicos para quienes matasen perros. Las autoridades exigían placas y registros de los animales, y quienes no los tenían, eran sacrificadas.
La muerte no era nada plácida: solía usarse venenos como estricnina, cuyos síntomas consistían en nerviosismo, rigidez muscular, hipertermia, convulsiones, cianosis… y tras una agonía más que intensa, la muerte. En aquellos tiempos los ayuntamientos autorizaron el uso de cebos envenenados. Hoy en día, una campaña de esta índole causaría llamaradas de condenas y reproches en las redes sociales.
SIGLOS DESPUÉS…
Durante los siglos XX y XXI hubo varios casos mediáticos de maltrato animal. Sin duda, uno de los más sonados fue el que involucró a Michael Dwayne Vick, estrella de la NFL.
Con la posición de mariscal de campo, Vick se había convertido en un talento del futbol americano. Tenía éxito, fama, contratos con marcas… parecía el ejemplo del éxito que anhela cualquier celebridad deportiva.
Pero en 2007, estalló la bomba. Tras una investigación de peleas de perros, la policía encontró una propiedad con 49 perros pitbull encadenados, heridos y desnutridos. Otras decenas fueron ahorcados y enterrados por no querer luchar. Se trataba de una red de peleas animales clandestina, llamada ‘Bad Newz Kennelz’, que por cierto, era liderada por Vick.
Como era de esperarse, fue arrestado y procesado por las autoridades. Vick fue sentenciado a 23 meses en una prisión federal y cumplió 21, (18 en prisión y el resto en arresto domiciliario) además de pagar una multa de un millón de dólares para rehabilitación de los canes. El jugador salió de la cárcel y se redimió, enfocándose en el activismo en pro de los animales. En 2021 murió ‘Frodo’, el último de los perros. El maltrato animal no distingue profesión, estrato social, orientación o raza.
Tanto en Guanajuato como en Puebla se hacen esfuerzos por crear conciencia respecto al cuidado de los canes y otros animales. Tal es el caso del libro ‘Bienestar y crueldad animales’ de Erick Gómez-Tagle, y en San Francisco del Rincón, el reportaje disponible en Youtube de ‘Punto de encuentro’.
Bien decía el escritor inglés Aldous Huxley que, “para un perro, su dueño es Napoleón”.




