… pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.

                                                                                  

Bando del marqués de Croix

                                                                                                              México, 25 de junio de 1767 

Hay un elemento al que casi no se le toca como parte de los grandes temas nacionales, pero permea a diario en la sociedad mexicana, la intolerancia.

La tolerancia es un valor despreciado en muchos momentos de la vida de esta nación y no es exclusivo de la política, como muchos pensarían, ahora que están de moda las campañas proselitistas para ocupar diferentes cargos de elección popular. Hay quienes se dicen demócratas, tolerantes y se adjudican toda una serie de virtudes, cuando ellos y sus seguidores critican y atacan con furia desmedida a todo aquel que disiente de sus ideas, creyéndose los únicos poseedores de la verdad.

La historia nos da ejemplos de sobra acerca de personajes que han aprovechado las frustraciones y coraje de gran cantidad de gente para presentarse de manera mesiánica como los salvadores de la patria, encaramándose en el poder, una vez en él, actúan de manera autoritaria y por consiguiente sin tolerar voces disonantes. Si no practicaron la tolerancia cuando no tenían un puesto, menos lo harán al obtenerlo. Ahí está Adolfo Hitler como muestra, él supo aprovechar el resentimiento de los alemanes por las consecuencias de haber perdido la “Gran Guerra” o Primera Guerra Mundial y la situación económica de ese momento.

La verborrea de Hitler convenció a las masas, quienes comenzaron a seguirlo ciegamente, sin cuestionarlo, claro está que aquellos que se manifestaban de forma diferente a él eran eliminados, una de las muchas muestras de su autoritarismo. Ya instalado como el principal dirigente de Alemania y habiéndose autoproclamado como führer (líder), nada más ocasionó la Segunda Guerra Mundial, la mayor tragedia humana de todos los tiempos con más de 50 millones de víctimas, aunque jamás se precisará realmente cuántas fueron. Nadie nunca se opuso a su palabra, ni aun viendo los funestos resultados de su política, fueron leales a las locuras de su “mesías” hasta el final, hasta el derrumbe mismo de su nación.

La intolerancia llevó a Hitler y sus fieles “súbditos” a generar el Holocausto, asesinando a miles y miles de judíos en los campos de exterminio, según él porque eran los culpables de los males de Alemania y por considerarlos una raza “inferior”, pues siempre afirmó la supremacía de la raza aria.

¿Algún asomo de remordimiento en el führer por lo que hizo? Al contrario, consideró que ante el desastre que se presentaba sus adeptos no habían sido dignos de él, de su iluminado liderazgo, pues le habían fallado. El máximo jefe nazi exclamó al ver una Alemania en ruinas: “Si la guerra está perdida, no me importa que mi pueblo sufra. No derramaré una sola lágrima por él. ¡No se merece nada mejor!”.

La intolerancia y el autoritarismo caminan de la mano, y desde luego que en ello la población en su conjunto tiene una gran dosis de responsabilidad, pues lo permite y lo fomenta en muchos sentidos. Darle el respaldo a un hombre intolerante que inmediatamente señala y marca a quien no está de acuerdo con él, acusándolo ante la ciudadanía de formar parte de grupos enemigos del país, es un enorme peligro.

Claro está que el autoritario nunca reconocerá errores, malas decisiones, fracasos, etc., el sujeto en cuestión siempre encontrará culpas en todos los demás, él es incólume, es más, él es la nación misma, una palabra contra él es una afrenta a la patria. Todo esto ante los aplausos de sus eternos e incondicionales partidarios, siempre prestos a salir en defensa de su caudillo. Pareciera que no ha pasado el tiempo desde que el rey Luis XIV de Francia sentenciara: “El Estado soy yo”.

Cuidado con aquellos que ante la opinión de una persona, si no fue un elogio para su candidato, llaman a boicotear su trabajo. De ganar su propuesta, ¿Se la van a pasar boicoteando las actividades de quienes piensen distinto a ellos? ¿Van a gobernar solamente para quienes comulgan con sus muy particulares ideales? Seguramente dirán como afirmaba Benito Juárez, hombre admirable en diversos aspectos y sin embargo no exento de errores, “A los amigos, justicia y gracia. A los enemigos, la ley a secas”.

La ciudadanía es la que admite o detiene el autoritarismo y la intolerancia, es la que decide y de su resolución dependen las consecuencias, que puede o no, llegar a sufrir.

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