miércoles, septiembre 2, 2026
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Abucheos de lujo: el Azteca paga caro por una Selección que juega a lo mismo de siempre

La reinauguración del Estadio Azteca prometía una postal perfecta: casa nueva, ilusión renovada y una Selección Mexicana lista para reconciliarse con su gente. Pero el guión, fiel a la costumbre, decidió no innovar demasiado. Hubo abucheos, frustración y, sobre todo, memoria corta en las gradas… y también bolsillos vacíos.

Porque sí, el Azteca habló. Pero quizá olvidó lo que lleva años viendo.

México volvió a mostrar esa versión que se ha convertido en norma desde hace tiempo: un equipo semifuncional, contenido, más preocupado por no perder que por enamorar. Y entonces llegó la sorpresa… o, mejor dicho, la indignación: el público se molestó porque no hubo espectáculo. Como si esta selección, la misma que arrastra un proceso irregular desde 2019 con la llegada de Gerardo Martino, hubiera sido alguna vez sinónimo de brillo constante.

Curioso.

Hoy, bajo el mando de Javier Aguirre, quien, cabe recordar, ya lleva tres procesos mundialistas, el equipo responde exactamente a lo que su entrenador representa: orden, oficio y resultados por encima del lucimiento. Aguirre no engaña a nadie. Nunca lo ha hecho. Sus equipos compiten, sacan resultados y sobreviven a los contextos. Pero no son, ni han sido, un show. Y aun así, hay quien parece seguir esperando fuegos artificiales.

Quizá el error no está en la cancha, sino en la expectativa… y en la inversión.

Porque el aficionado mexicano, ese que llenó el Azteca, no solo fue a ver un partido: pagó por una experiencia. Y no precisamente barata. Muchos hicieron un gasto considerable e incluso hasta ridícula, vendiendo su patrimonio o hasta a la abuela con la ilusión de ver a figuras internacionales, especialmente a Cristiano Ronaldo, cuyo nombre por sí solo justificaba boletos elevados, traslados y toda la logística que implica una noche en el estadio. Su ausencia por lesión no solo pesó en lo futbolístico, también en la percepción de un espectáculo que, desde antes de comenzar, ya había perdido uno de sus principales atractivos.

Y cuando el fútbol no entretiene, el mexicano lo transforma: canta, grita, ironiza… o abuchea. Esta vez eligió lo último, quizá también como una forma de reclamar lo que sintió que no recibió.

Lo más irónico es que, en medio de ese descontento generalizado, México firmó uno de sus mejores resultados en la era Aguirre. El rival no era menor: una selección europea con aspiraciones reales de competir en el próximo Mundial, cargada de talento en nombres como Bruno Fernandes y Vitinha. Sí, no estuvo Cristiano Ronaldo, pero reducir el nivel del rival a esa ausencia sería tan simplista como injusto.

Aun así, el resultado quedó en segundo plano. Porque este Tri tiene un problema más profundo: no conecta.

Y no lo hace porque, en el fondo, nunca ha terminado de construirse del todo. Desde aquel 2019, el proceso ha sido una cadena de decisiones a medias, de ideas inconclusas y de intentos que rara vez terminan de cuajar. Cambian los nombres, cambia el discurso, pero la sensación es la misma: un equipo que siempre está “en construcción”.

Eso sí, no todo fue gris en la reinauguración.

Hubo matices que, si se miran sin el ruido de fondo, invitan a cierto optimismo moderado. Un Raúl Jiménez que, aún de luto por el fallecimiento de su señor padre, sigue demostrando que es el mejor jugador que tiene esta selección y nos pone a pensar qué sería de él si no hubiera tenido ese feo accidente en 2020 contra David Luiz.

Por otro lado, el debut de Álvaro Fidalgo dejó una impresión positiva, aportando claridad y criterio en el mediocampo, que junto a Erick Lira parece encaminar el que será el mediocampo titular si es que Edson no está al 100 %. Fidalgo mostró su calidad para generar cosas al ataque de México, algo que escasea más de lo que debería, pero el tema Fidalgo da mucho de qué hablar por sí solo.

En defensa, la base conformada por el “Tala” Rangel, que parece ser el arquero titular para la justa mundialista, junto a Israel Reyes, Johan Vásquez, César Montes y “Gallardios” mostró solidez y orden;y estos dos aspectos no es algo que se relacione con la selección mexicana en el último tiempo.

Y también apareció una nota fresca con el debut del joven extremo Gutiérrez, quien, en medio de un contexto poco amable, dejó destellos interesantes. No cambió el partido, pero al menos insinuó algo distinto. Y en esta Selección, a veces insinuar ya es bastante. Y si seguimos con los jugadores de Chivas, qué decir de la “Hormiga”, que a pesar de fallar una clara, se le perdona porque ni modo que llamar al “Memote” o a Berterame. Además, a la “Hormiga” se le perdona esta vez porque lo queremos mucho y sería un error gravísimo que Javier Aguirre no lo convoque a la justa de verano.

Incluso con todo lo destacable que tuvo la selección, pedir paciencia en este contexto suena casi a provocación.

Porque el problema no es solo lo que México es, sino lo que se espera que sea. Se le exige como potencia, se le critica como fracaso y se le consume como espectáculo. Todo al mismo tiempo. Y cuando no cumple con esa mezcla imposible, llegan los abucheos… como si fueran la solución y no simplemente otro síntoma.

De cara al partido contra Bélgica, la historia no cambia demasiado. México volverá a enfrentarse a una selección de alto nivel, volverá a competir bajo sus propias limitaciones y, probablemente, volverá a dejar más preguntas que certezas.

La diferencia es que ahora el ruido ya está instalado.

Esta era la oportunidad de hacer verdaderos cambios; no tenían que jugar una clasificación a la Copa del Mundo, tenían cuatro años para probar y potenciar a las nuevas generaciones, pero prefieren cumplir el berrinche de un señor cuarentón con una obsesión por ser el mexicano con más Copas del Mundo. Este era el proceso para cambiar, no hasta 2030 con Rafita Márquez siendo el timonel del Tri como lo vendieron los dirigentes. Imaginen la frustración del “Káiser” de haber dejado su puesto como DT del Barça Athletic para venir a este cochinero llamado selección mexicana.

El Azteca no solo recibió a la Selección: la juzgó. Y lo hizo con esa combinación tan mexicana de exigencia desbordada y memoria selectiva. Porque, al final, parece que todos olvidan lo esencial:

Esta Selección no está fallando en convertirse en algo grande.

Está siendo exactamente lo que lleva años demostrando ser.

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