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Una Bala para Domínguez

‘Un Capítulo en México’

7 de octubre, 1914. Ciudad de México.

Gabriel Huerta esperaba dentro del auto, hacia horas que sus cigarrillos se habían terminado así que solo podía consolar su ansia de fumador mordiéndose las uñas mientras observaba la facha del Hotel Jardín. Gabriel y sus compañeros eran miembros de la Policía Secreta y tenían la misión de vigilar a Belisario Domínguez, la orden venía de muy arriba así que lo mejor era no parpadear.

Belisario Domínguez era un senador, querido por muchos en su natal Chiapas y admirado por otros en el resto del país, lo malo era que se le había ido la lengua.  En su último discurso en el senado se le ocurrió armarse de ‘huevos’ y señalar al presidente Victoriano Huerta como asesino de Francisco I. Madero y para garantizar su viaje a la tumba, le exigió al congreso ponerse en contra de Huerta. Eso no hizo mucha gracia, por eso llevábamos días vigilando al senador.

Eran casi las once de la noche cuando el hijo del senador salió del hotel -se ha ido- dijo al chofer que le acompañaba, aunque este nada pintase en ese sitio. Gabriel intercambió una mirada con José Hernández, un sujeto que se encontraba oculto en las sombras, pegado contra la pared intentando no llamar mucho la atención.

José Hernández, más conocido como ‘El Matarratas’, era el sicario favorito de Victoriano Huerta y se rumoraba que ya llevaba más de 60 asesinatos en su vida.

Un par de hombres aparecieron en la calle, se dirigieron al Hotel en busca del objetivo. Alberto Quiroz y Gilberto Márquez se entrevistaron con el recepcionista, nadie sabía quién era o no de ‘La Secreta’, lo que sí sabían era que si alguien hacía una pregunta y abría la chaqueta para dejar ver la pistola, era mejor responder. Los dos agentes se dirigieron al segundo piso y llamarón a la habitación número 16, el senador se tomó unos minutos para abrir. Los agentes se empeñaron en convencerle de que se le requería en palacio y que debía apresurarse. Belisario Domínguez no era idiota, varios diputados habían sido llamados a “palacio” y de ellos ya nada se sabía, pero Domínguez no quiso perder la gallardía, pidió unos minutos para vestirse y escribir unas letras para su hijo. Domínguez dejó la carta en recepción y siendo escoltado por los agentes abandonó el hotel.

Cuando Gabriel y ‘El Matarratas’ vieron salir a sus compañeros acercaron el automóvil para recogerlos, cinco hombres en un vehículo no es lo más cómodo, pero mejor ir acompañado por si alguien se hacía el héroe y pretendía rescatar a Domínguez.

El automóvil se alejo del hotel con rumbo de Coyoacán, nadie decía una sola palabra, todos callados y concentrados en acabar rápido la encomienda -ya se para donde vamos- dijo Domínguez -no me importa- al escucharlo, los agentes prefirieron ignorarlo, era un hombre valiente, lo sabían todos, poseía ese valor diferente al que se necesita para encañonar a un hijo de Dios y pegarle un tiro. Se detuvieron a la entrada del Panteón de Xoco -abajo- dijo ‘El Matarratas’ a lo que el senador accedió.

Entraron al panteón, la luna no les deja ver demasiado. Domínguez caminaba en medio de Gabriel y Alberto y detrás de ellos ‘El Matarratas’ revisaba su pistola, precisamente a él se le dio la orden de acabar con el senador, apenas estaba amartillando el arma cuando un disparo violó el silencio del campo santo. Domínguez se desplomó con un agujero en la base del cráneo, los agentes dieron un paso atrás, no así Gilberto, ese deseaba congratularse con Victoriano Huerta y deseaba apuntarse a su lista de “lealtades” la muerte del senador, disparándole el mismo, arrebatándole la presa el mejor sicario de Huerta.

‘El Matarratas’ lanzó una mirada fría a Márquez, por unos segundos se debatió en si debía o no dispararle a su colega, pero los vanos intentos del senador de articular palabra le hicieron recobrar la compostura. ‘El Matarratas’ se acercó al agonizante Domínguez, se agachó ligeramente hasta poder como los ojos de Domínguez que iban de un lado a otro, apuntó su arma contra el senador y dio fin a su vida de un certero disparo.

Entonces pusieron manos a la obra, desnudaron el cuerpo para arrojarlo en una fosa sin marca e incendiaron sus ropas. Los cuatro agentes, mientras regresaban al automóvil, se preguntaban sin palabras: ¿quién se haría cargo del chofer? No podrían arriesgarse a que hablará de más.

El gobierno ilegitimo de Victoriano Huerta se tambaleaba, el ‘chacal’ como le decían muchos, tenía suficientes problemas para ese entonces. Carranza y Villa le hacían la guerra en el Norte, mientras que Zapata le alborotaba el estado de Morelos. El asesinato de Belisario Domínguez fue la ultima ofensa que México pudo soportar, en cuestión de meses, el régimen de terror de Huerta llegaría a su fin.

uncapituloenmexico@gmail.com

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