Conspiradores y Traidores.
10 de septiembre, 1810. Querétaro. Casa de la Familia Domínguez.
En medio de risas y animadas conversaciones, murmullos de charlas indecorosas y miradas indiscretas, la casa de la honorable familia Domínguez abrió una vez más sus puertas para ofrecer una noche literaria. En aquella reunión se discutían las obras de Sor Juan Inés de la Cruz que, a más de cien años de su muerte, no dejaban de ser controversiales, los más arrojados debatían sobre la biblia y entre los presentes había uno que podía hacerlo sin dudar ni una palabra, Miguel Hidalgo, un humilde cura de pueblo que se ganó el odio de sus superiores cuando se atrevió a dudar de la existencia de los Reyes Magos.
-No basta con que el cuerpo no tenga ataduras, debemos ser libres también aquí- afirmó Hidalgo, señalando su cabeza.
-Aunque la iglesia ve con malos ojos a quienes piensan diferente ¿verdad? Pero no hablemos de eso. En el ejército tampoco se piensa con libertad- quien respondió fue el capitán Ignacio Allende, un hombre recio y firme.
-¿Desean algo más?- preguntó la anfitriona y dueña de la casa, la señora Josefa Ortiz de Domínguez, decenas de rumores le rodeaban, e incluso se dijo que en aquellas tertulias se revolcaba con el capitán Allende y otros decían que también con Hidalgo. A ella le daba igual, se alegraba al saber que su sola existencia le daba sabor a la vida de los demás. Ni si quiera a su esposo parecía molestarle, don Miguel Domínguez, el Corregidor de Querétaro, amaba tanto a su esposa que no se permita desconfiar de ella ni un solo instante.
Sí, en aquella casa nada extraño sucedía, no hasta que el capitán Juan Aldama revisaba la calle en busca de invitados no deseados. Detrás de las máscaras de leales y temerosos súbditos de España, se escondía algo más peligroso.
-Señores ¿alguna novedad? – preguntó doña Josefa.
-La gente ya rumora, sospechan de nuestras pequeñas reuniones- respondió Allende –deberíamos evitar vernos, al menos hasta que llegue el momento.
-¿Tendrá miedo capitán?- preguntó Hidalgo –ya todo se encuentra dispuesto. Los señores González han hecho buen acopio de armas, usted cuenta con la lealtad de sus hombres y el momento está pactado, el 29 de septiembre ya no habrá marcha atrás.
-No es miedo señor cura, lo he dicho antes, las batallas serán inevitables y es imprescindible estar bien preparados- agregó Allende sosteniendo la mirada de Hidalgo -espero que se encuentre preparado para hacer su parte.
-¿Podríamos ser descubiertos?- preguntó el corregidor sosteniendo la mano de su esposa.
-Pierda cuidado- respondió Hidalgo –esta guerra, la ganamos nosotros.
-¿Dónde está el capitán Arias?- preguntó doña Josefa.
-Algo debió impedirle asistir- respondió Allende sin mayor interés –quedan temas pendientes. ¿Qué trato le daremos a los españoles?
-El mismo que los ‘gachupines’ nos han dado- respondió Epigmenio González, dejando claros sus rencores contra todo lo que fuese español.
Protegidos por gruesos muros, los conspiradores se dispusieron a dar los toques finales a su traición contra los amos españoles.
***
Mientras tanto, en la casa del ayuntamiento de Querétaro, un joven capitán ha solicitado ver al alcalde. El sudor en su rostro y la manera en que frota sus manos son señales de que se trata de algo urgente.
-Buena noches ¿capitán? –
-Arias, soy el capitán Joaquín Arias.
-¿Qué es tan urgente que no podía esperar para mañana?- preguntó el alcalde Ochoa.
-Vengo- Arias tragó saliva –formo parte de una conspiración contra los españoles de esta colonia- temeroso de ser apresado, Arias prefirió entregarse con la esperanza de ser tratado con misericordia.
-¿De qué conspiración habla? ¿Quién la dirige? – preguntó Ochoa con naciente interés.
-Es protegida por el corregidor de Querétaro- Arias sintió miedo, Ochoa abrió sus ojos al escucharlo y apretó sus puños sobre el escritorio –la dirigen el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y el capitán Ignacio Allende.
Las denuncias contra los conspiradores se multiplicaron, pronto serían detenidos. El tiempo para los rebeldes se había terminado.



