jueves, septiembre 3, 2026
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Los adultos no existen

Lo sospechaba desde hace tiempo, pero conforme pasan los años más me convenzo de que la vida adulta en realidad es de esas mentiras que se han repetido más de mil veces y por eso todo mundo cree que es verdad; una mentira diseñada para que compremos cosas y para que los niños no entren en pánico al darse cuenta de que están siendo criados por personas mayores que no tienen idea de lo que están haciendo la mayor parte del tiempo.

Cuando era pequeño, alguien alcanzaba la categoría de adulto al ser capaz de realizar alguna o varias de las siguientes actividades:

  • Pagar todo con dinero que sacan de sus carteras, porque todos sabemos que de ahí viene el dinero.
  • Tomar bebidas sin azúcar, como agua mineral, cerveza o café negro.
  • Comer aceitunas y básicamente acabarse todo lo que les sirven en el plato, incluyendo las verduras y el huevo estrellado -en esas épocas no podía acercarme a un huevo estrellado sin sentir arcadas-
  • No ir a la escuela sino al trabajo, con maletín en vez de mochila.
  • Tener licencia de conducir.
  • Tener una asombrosa barba
  • Afeitarse la asombrosa barba con asombrosa espuma y una increíble navaja.
  • No llorar cuando vas al doctor y te tienen que inyectar.
  • Dormir hasta la hora que te dé la gana por estar viendo la televisión.
  • Cargar un garrafón de agua y ponerlo en el dispensador sin hacer un tiradero.
  • Saber cuánta comida chatarra es demasiada.
  • Estar casado, darse besos en la boca y tener bebés –normalmente en ese orden-
  • No ir llorando con tus papás cada vez que te enfermas o te lastimas.

Ahora que cuento con edad suficiente para que en las tiendas me digan “señor”, puedo tener una plática seria con el niño ingenuo que fui y aclararle que:

  • Pago cosas con dinero de mi cartera, sí, pero el dinero en realidad sale de una cuenta de banco que debería tener más dinero del que tiene ahora, pues se supone que ahorro para el futuro y no para comprar esta playera con estampado de caricaturas.
  • Estaba en lo correcto con lo de las bebidas sin azúcar. Una vez que le tomé el gusto a la amargura dejé de beber Zubba de forma compulsiva.
  • El huevo estrellado sigue siendo incomible.
  • Sigo yendo a la escuela. Sí, a la misma donde estudié… pero ahora me gusta y aún llevo mochila.
  • Tengo licencia de conducir y en la foto salgo con barba.
  • Bueno, no me sale lo que se diga una “asombrosa barba” pero hago el intento
  • Ok, mi barba es más fea que la de los emperadores aztecas en las láminas ilustradas de la papelería y me rasuro con rastrillo humectante porque mi piel es delicada.
  • Las agujas son intimidantes
  • He desarrollado insomnio crónico por algo llamado streaming, que es como la televisión, pero mejor.
  • Eso de cargar garrafones está sobrevalorado
  • Nunca es demasiada la comida chatarra.
  • No estoy casado y lo de los besos en la boca es bueno, pero afortunadamente no produce bebés.
  • A la fecha no he encontrado mejor sanatorio ni consuelo que la casa de mis padres.

Se supone que los adultos somos aquellos que hemos alcanzado la madurez física y emocional; afrontamos la vida de forma segura y serena, somos  seres maduros con el suficiente control de nuestra vida para tomar buenas decisiones que también afectan a la sociedad. Podemos votar, comprar alcohol y la despensa balanceada para toda la familia, vamos a juntas de colonos y opinamos sobre el color de las banquetas. Sabemos qué es el CAT y el ISR. Hemos fijado rumbo en el barco de la vida y lo navegamos con las manos bien puestas sobre el timón.

El asunto es que todos los días convivo con niños y he notado que muchos de ellos tienen más claro lo que quieren y cómo conseguirlo, suelen ser honestos con ellos mismos y no tienen miedo a decir lo que piensan o expresar sus sentimientos…  y eso es un tipo de madurez al que muchos adultos sólo aspiramos. No quiero decir que los niños tengan fijo el rumbo de sus vidas -¡qué pesadilla!- o que afronten la vida de forma segura y serena, pero no pretenden hacerlo porque no tienen que impresionar a sus hijos o a otros niños con lo sereno y seguro de sus vidas.

Conforme pasan los años más me convenzo de que la vida adulta en realidad es de esas mentiras que se han repetido más de mil veces y por eso todo mundo cree que es verdad.  Sospecho que dentro de cada persona mayor de veinticinco años hay un niño jugando a ser adulto sin saber exactamente de qué se trata el juego, pero sigue, porque a veces es divertido. Probablemente mis padres no tenían ni idea de lo que estaban haciendo cuando me criaron,  pero fingieron suficientemente bien y eso lo agradezco… porque ahora que lo escribo, a mis más de treinta años me doy cuenta de la verdad:

Los adultos no existen… son mis papás.

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