“Soldados, hoy van a pelear por un objeto sagrado, van a pelear por la patria. Yo prometo que en la presente jornada conquistarán un día de gloria”. General Ignacio Zaragoza Llegamos a un aniversario más de la célebre Batalla de Puebla, efectuada entre las tropas republicanas de México y el ejército francés, el que era apoyado por fuerzas de los conservadores mexicanos. Muchos consideran que el 5 de mayo de 1862 en realidad no se ganó nada, pues posterior a esa fecha Puebla finalmente cayó en manos de los galos, lo mismo que casi todo el país. Por otra parte, en los Estados Unidos de América festejan ese momento considerándolo como el día de la independencia de nuestra nación. Lo cierto es que constituye una fecha que ha trascendido al tiempo y de la que no dejará de hablarse.
Después de 300 años de ser colonia española, México nacía como nación independiente, orgullosa y al mismo tiempo con una gran fragilidad. El efímero imperio de Agustín de Iturbide había fracasado y la república se enfrentó a graves problemas desde el mismo momento de su concepción. Federalistas y centralistas peleaban por el poder para implantar la forma de gobierno que consideraban conveniente para el país. Viendo la forma en que los mexicanos se desgastaban en luchas intestinas, produciendo en muchos momentos una verdadera anarquía, diversos países encontraron la oportunidad para sacar provecho de la situación. Así, la república tuvo que enfrentar en 1829 un intento de reconquista por parte de los españoles; los estadounidenses en todo momento y por todos los medios buscaron quedarse con Texas, lo que consiguieron finalmente; contra los franceses se sostuvo la llamada “Guerra de los Pasteles”.
Más tarde, los Estados Unidos de América continuarían con su política expansionista nuevamente a costa de su vecino del sur. Después de la guerra llevada a cabo de 1846 a 1848 México se vio forzado a firmar los Tratados de Guadalupe Hidalgo, por medio de los cuales perdía más de la mitad de su territorio. La Guerra de Reforma entre liberales y conservadores acabó con el triunfo de los primeros. Sin embargo, al presidente Benito Juárez le esperaban más problemas. La endeble economía por la que atravesaba el país obligó a que se suspendieran los pagos por dos años a los acreedores, esto mediante un decreto del Congreso de la Unión de fecha 17 de julio de 1861.
Francia, Inglaterra y España formaron la Alianza Tripartita para que México cubriera sus deudas, para lo cual mandaron fuerzas conjuntas a Veracruz como amenaza para que el gobierno de Juárez se retractara de su decisión. El guanajuatense Manuel Doblado, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno juarista, entró en negociaciones con los representantes extranjeros para encontrar una solución. Se llegaron a diversos acuerdos en los Preliminares de La Soledad, Inglaterra y España los respetaron retirándose del país más tarde, mientras Francia optaba por invadir México.
Los galos contaban con el apoyo de los conservadores mexicanos que veían en esta intervención la gran oportunidad de lograr su objetivo, que México se convirtiera en una monarquía, ayudados por el emperador francés Napoleón III, quien deseaba poner límites al proyecto expansionista de Estados Unidos de América. Era tal la confianza de los europeos en someter a México que el general Charles Latrille de Lorencez comunicó al Duque de Monry: “Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que ruego a V. E. que diga a S. M. el emperador, que desde hoy, a la cabeza de 6 000 soldados, soy dueño de México”.
Al no poder detener a los franceses en las Cumbres de Acultzingo, el general Ignacio Zaragoza, comandante en jefe del Ejército de Oriente, se aprestó a defender la ciudad de Puebla al tiempo que arengaba a sus hombres: “Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra Patria. Soldados: leo en vuestra frente la victoria…”.
La batalla efectuada el 5 de mayo de 1862 fue cruenta, más al final de ésta, las huestes mexicanas obtenían la victoria. Un logro extraordinario considerando, por una parte, las graves carencias que el país tenía en esos momentos, y por otra, que en esa época, el francés se preciaba de ser el ejército más poderoso del orbe. El general Zaragoza señalaba en su informe sobre el enfrentamiento: “El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su General en Jefe se ha portado con torpeza en el ataque. Las armas nacionales… se han cubierto de gloria”.




