miércoles, septiembre 2, 2026
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PSICOANALISARTE El síndrome de Stendhal

Los psiquiatras —que no son partidarios de la economía ni de la eficiencia diagnóstica— han ido sumando, a cada publicación de sus manuales de diagnóstico, categorías tan inespecíficas como disparatadas. Al ritmo que van, por un lado, terminarán por patologizar la vida entera y, por otro, cada vez será menos específica la diferencia que separa a un cuadro patológico de otro. En otras palabras, ¿qué necesidad existe de que se clasifique un diagnóstico para cada conducta factible de desviarse de la norma?

Uno de dichos diagnósticos —que no es la adicción por los juegos de internet ni el trastorno de disforia premenstrual ni el síndrome de piernas inquietas— es el síndrome de Stendhal, planteado por la psiquiatra italiana Graziella Magherini. También conocido como síndrome de Florencia o estrés del viajero, es una afección, sentida a nivel físico —vértigo, palpitaciones, alucinaciones—, a causa de la exposición a obras de arte demasiado bellas o cuando las mismas están reunidas en un mismo lugar, como ocurre, precisamente, en Florencia.

No nos perderemos demasiado en los vericuetos de la epidemiología psiquiátrica. Ensayaremos, en cambio, recorrer ese otro camino en busca de las causas y la síntesis. Es cierto que una obra de arte puede producir efectos a nivel físico, pero, ¿dichos efectos, no se presentan bajo el influjo de otros estímulos? La reacción de angustia frente a las obras de arte de Florencia, ¿es propia del arte o se puede presentar bajo otras circunstancias? ¿Cuál sería la diferencia, digamos, con un ataque de pánico?

Que la obra de arte sea capaz de producir efectos «traumáticos» es una de las grandes maravillas de la experiencia artística. No obstante, desencadenamientos similares pueden producirse frente a otro tipo de experiencias. Aunque, vale la pena decirlo, esas otras experiencias involucran, generalmente, la presencial real y presente de otros seres humanos.

Ahora, ¿por qué decimos «traumáticos»? Porque dichas experiencias ocurren a consecuencia de desbordamientos emocionales —o irrupciones pulsionales, hablando en términos psicoanalíticos— que no pueden ser contenidos fácilmente por el aparato psíquico, pero, sobre todo, porque el sujeto no es el mismo antes que después de vivirlas. Piénsese en la muerte de un familiar. Tiene ese carácter traumático.

Pero piénsese también en la experiencia amorosa. Quien se haya dejado tocar —herir— por el amor, coincidirá en que no se trata de una emoción fácilmente domeñable. Y estará aún más de acuerdo en reconocer que uno no vuelve a ser el mismo después de haber amado.

Y piénsese también — ¿por qué no?— en la experiencia educativa. Tal vez con arrebatos menos vehementes, pero el maestro es aquel que puede separar a la persona de un destino —tantas veces trágico— y atarlo al mundo de la cultura. En el mismo sentido que aquella frase «quien toca un instrumento musical nunca tocará un arma», un libro puede cambiar la vida de cualquier persona, si —y sólo si— se logra transmitirle el amor por la lectura. Y para ello se requiere de un maestro.

A la obra de arte lo que la separa del resto es que ocurre sin la presencia real de otro ser humano. El artista sería aquel que deposita en un objeto inanimado su pasión y, a través de ella, mueve la pasión de los otros. Cuando vemos una pintura o leemos una novela, somos testigos de algo que fue hecho en otro lugar y en otro tiempo y, sin embargo, las emociones que se despiertan son poderosamente actuales.

Una muerte, un amor, un maestro, una obra de arte, pueden representar experiencias traumáticas. Esto, más que conducirnos a inventar nuevos trastornos como —no duden que algún día existan— el trastorno por relación amorosa intensa o el trastorno por transmisión apasionada del conocimiento, debería maravillarnos. En dichas experiencias se cristaliza lo más trascendental de nuestras vidas humanas: el choque entre nuestros —aparentemente— inmutables destinos y la poderosa fuerza del azar.

Hay quien dice que «la gente no cambia» y hay mucho de razón en ello. Si no tenemos la suerte de toparnos con alguna persona cuya pasión nos afecte —nos traumatice—, es probable que no cambiemos. Pero resulta esperanzador pensar que, en cada persona que conocemos —y el psicoanalista pretende ser una de ellas—, existe el germen del cambio. En cada encuentro azaroso existe la posibilidad de aprender, dejarnos impactar y no volver a ser los mismos.

Teléfono para atención: 4771310142

Agradeceré sus comentarios en: psi.danielcortez@gmail.com

Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

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