miércoles, septiembre 2, 2026
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‘Un Capítulo en México’

Ella. La ‘Décima musa’, así le decían algunos, otros ‘El Fénix de América’, pero ningún nombre era suficiente para describirle, ni existían medios para explicar su grandeza. Nació en medio de la podredumbre en lo que habíamos convertido al nuevo mundo, en la contrastante Nueva España, en el seno de una familia de criollos.

No pasaron muchos años para que demostrara su genio, a la tierna edad de tres años aprendió a leer y cinco años más tarde compuso una alabanza en honor del Santísimo Sacramento ¿no les impresiona? Pues que sepan, que la niña lo escribió en español y en náhuatl, tiempo después aprendió latín.

Sí que era fantástica la criatura, hermosa, con dotes para escribir y apasionada por la lectura, entre sus favoritos resaltaban las obras de Virgilio, de Horacio y de Góngora. En la Ciudad de México se corría el rumor de la niña prodigio, y para admiración de muchos e indignación de otros, llegó a la corte del virrey Antonio de Toledo, como Dama de Honor de doña Leonor Carreto, esposa del virrey.

En palacio fungía como tutora de la hija de los virreyes, escribía poemas para la virreina e incluso redactó un soneto fúnebre a la memoria del rey Felipe IV, el rey jamás le conoció pero España sí, que leyó las letras de una joven criolla. Era tal su fama que el virrey, el muy pillo, decidió ponerle a prueba. En medio de la corte, en presencia del virrey, rodeada por decenas de intelectuales, fue interrogada por hombres que intentaron confundirla, preguntaron asuntos que pocos comprendían y poco tiempo bastó para darse cuenta que primero se acabaría la cera de las velas de la sala que las respuestas de aquel prodigio de mujer.

¿Qué si algún hombre la deseó? Demasiados, y ni uno era lo suficientemente bueno para ella, no quería la vida de mujer abnegada al hogar, el matrimonio no le interesaba, ella deseaba saber, conocer, y aprender más cada día; la vida monástica era la única que ambicionaba y fue en el convento de San Jerónimo donde encontró su lugar, un refugio para dejar volar su mente.

En su habitación reunió más de 4000 mil libros, mapas e instrumentos musicales, pues aquel que es genio sabe apreciar la música. Ni si quiera los gruesos muros del convento fueron capaces de retener la luz que emanaba de ella y tampoco lo fueron para impedir que el egoísmo y los celos de otros llegasen hasta su celda.

Defendía el papel de la mujer, su derecho a la educación, fueron esas ideas las que hicieron rabiar al arzobispo y este, lleno de furia, le acusó ante el tribunal episcopal –esa monja, es un peligro para toda España y sus colonias- dijo el arzobispo -¿Cómo se atreve a retar las creencias, a querer manipular el pensamiento? El estudio, cualquiera que sea, está en manos de sacerdotes, no en las de una mujer- la pobre, sometida bajo el peso de viejas costumbres, dejó de escribir y todo aquello que resguardaba en su celda, los libros, los mapas y los instrumentos desparecieron para siempre, pero sus letras ya rondaban las cabezas de muchos: ‘El Cetro de José’, ‘El Divino Narciso’, ‘Resuelve la Cuestión’, ‘Esta Tarde, mi Bien, ‘Hombres Necios’ y tantos otros que vuelven imposible olvidarla.

Fue por esto que tanto me dolió verle aparecer en medio de la epidemia de Tifus que azotó la Ciudad de México, entregada al cuidado de los enfermos y quienes la vimos, ya podíamos adivinar qué destino le esperaba. Murió tiempo después como pago a su entrega al cuidado de aquellos desgraciados. La ‘Décima musa’, así le decían algunos, otros ‘El Fénix de América’ pero yo aún guardó en el alma el nombre con el que le conocí, aquel que trascenderá, ella fue Sor Juana Inés de la Cruz.

uncapitulomexico@gmail.com

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