La vez anterior planteamos que el amor era una reacción química en la vida de las personas. Que esto ocurre en cuanto existe una aglomeración de endorfinas que nos lleva a sentir emociones por otras personas. Pero esto no ocurre en los individuos solos. Es por una sustancia que segregamos a diario y no nos damos cuenta: las feromonas. Estas están presentes en el sudor humano, pero lo que se sabe, es que no tienen aroma; sino que producen una reacción en una pequeña zona en el interior de la nariz humana llamada órgano vomeronasal (OVN), localizado entre la membrana mucosa que cubre el tabique o hueso que divide las fosas nasales. En 1986, la investigadora Winnifred B. Cutler, hizo los primeros estudios y las bautizó como hormonas para llevar (en griego, feromonas). Sin embargo, sus estudios nunca fueron concluyentes. Será David L. Berliner, en la década de los noventa, que puede ubicar en dónde hacen su trabajo dicha sustancia. Estos estudios pudieron encontrar que las feromonas se producen en las glándulas apocritas que están en las axilas y alrededor de los genitales. Y por supuesto, que no tenían ningún olor específico. Las feromonas pueden ser detectadas a varios metros de distancia, entre otras tantas y que tienen una labor muy específica durante el proceso de atracción: nos indican con quién es factible que intercambiemos genes. Pues nuestra nariz funciona como un escáner genético: dándonos datos más o menos precisos de con quién combinar nuestros genes para que la especie no muera o sea más débil. Eso que llamamos atractivo o “Sex appel” son las feromonas funcionando en nuestra vida diaria. Dentro de los estudios realizados se llegó a las siguientes características:
• En un estudio en el que un grupo de hombres añadió feromonas a su loción durante ocho semanas, se apreció que los «conejillos de Indias» recibieron más abrazos y besos, además de que los intercambios sexuales con su pareja fueron más frecuentes e intensos que antes del estudio.
• Otras investigaciones han permitido observar que las mujeres con menstruaciones irregulares consiguen ciclos casi normales después de inhalar regularmente la «esencia masculina» procedente de sudor, hormonas y otros fluidos naturales del cuerpo.
• Asimismo, mantener relaciones sexuales por lo menos una vez a la semana incrementa al máximo la producción bioquímica femenina debido a los estímulos recibidos por el OVN, de modo que las mujeres con prácticas frecuentes son más fértiles, tienen una menopausia más suave e incrementan su propio nivel de feromonas.
• Los químicos segregados por los hombres sólo atraen a las mujeres, y no tienen efectos estadísticamente representativos en la población masculina, pues cuando un grupo de varones fue expuesto a estas sustancias, sin que lo supieran, no experimentaron aumento de su apetito sexual y no tuvieron impulsos mayores para masturbarse. Pero en el caso de las mujeres, los resultados fueron más interesantes aún:
• La «esencia femenina» aumenta el deseo de los hombres de tener relaciones sexuales.
• Las feromonas producidas por una mujer tienen efectos en ella misma. Su actitud es más receptiva hacia su pareja, en tanto que físicamente se vuelve más atractiva: su piel es más suave, brillan sus ojos de manera especial e irradia un especie de magnetismo que produce efectos estimulantes en otras personas, sean o no conocidas.
• He aquí un dato curioso que confirma un fenómeno largamente observado: las mujeres que entraron en contacto con la feromona de otra mujer por temporadas prolongadas (como ocurre cuando se comparte dormitorio) menstruaron al mismo tiempo.
A esto se le conoce como sincronicidad. Dentro de los últimos estudios, se ha encontrado que las feromonas son como huellas genéticas digitales: cada uno produce una muy específica y única. Captain@Crunch



