sábado, agosto 29, 2026
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‘Un Capítulo en México’

El Precio de la Codicia

1529, Imperio de Mechuacan.

Le llevaban atado como a una mala bestia. Los tiempos en que era temido, admirado y deseado quedaron atrás, la llegada de los españoles venidos de un reino muy lejano lo había cambiado todo.

Tangáxoan, el Cazonci (gobernante) de Mechuacan, se enteró de la derrota de la gente de Tenochtitlan y de cómo convirtieron en simple prisionero a quien debía ser gran señor de los mexicas, al saberlo trató de evitar la guerra, pues los españoles venidos del reino de Castilla eran bravos guerreros y contaban con el apoyo de muchas tribus. Se imaginaba que con un poco de suerte, españoles y purépechas, podrían subsistir uno al lado del otro, al menos hasta que los purépechas tuviesen la fuerza suficiente para hacer frente a los destructivos cañones y los letales arcabuces.

Había tratado de complacer a los españoles, ignorando los consejos de los ancianos de su pueblo, cumpliendo con el pago de un tributo, quizá si el Cazonci estuviese enterado de que un tal Pilar, había robado más de la mitad del tributo antes de entregarlo en México, de haberlo sabido la historia tendría un final diferente.

Tangáxoan fue llevado ante Nuño de Guzmán, un hombre cruel y poseído por una infinita codicia, Guzmán le exigió a Tangáxoan el pago del tributo y durante 180 días el Cazonci permaneció lejos de su pueblo, mandando órdenes para que su gente llevase más plata y oro. Desde Uruapan, Tzacapu, Naranxan, Cumanchen y Uuaniqueo, los señores del imperio Purépecha mandaron tributo para salvarlo pero la historia se repitió, el desgraciado de Pilar hurtó el tributo que la gente de Mechuacan envió para ayudar a su amado líder y con eso, el destino de Tangáxoan quedó sellado.

Nuño de Guzmán marchó hacia Mechuacan dispuesto a todo lo que fuese necesario para dejarles en claro a esos indios cuál era su lugar. El imperio Purépecha se vio sorprendido por el ruido de espadas, armaduras, caballos y cañones y al frente de la expedición, se encontraba el Cazonci, como una última carta para evitar la guerra.

Al llegar los españoles se enteraron de lo inevitable, nadie escucharía, ni si quiera a Tangáxoan, aquellos de en su tiempo les respetaron ahora se preparaban para ir a la guerra con o sin el Cazonci.

-que diga dónde está el oro- ordenó Guzmán a sus hombres. Al llegar a las tierras del Cazonci escucharon un rumor sobre la existencia de un ídolo gigante hecho de oro y ya podían imaginarse destrozando aquel Dios pagano para repartirlo y mandar su correspondiente parte al rey.

Durante días, Tangáxoan fue torturado exigiéndole que revelara donde escondía el oro y donde se encontraba el ejército de indios que debían enfrentar pero él no sabía nada y Guzmán terminó por aburrirse y ordenó la sentencia para aquel ‘rebelde’ a la corona de Castilla.

Por negarse a seguir las creencias de la santa madre iglesia católica, por invitar al resto de pueblos a no obedecer y por atreverse a levantarse en armas contra los españoles, Tangáxoan fue condenado a morir.

Le ataron las manos a la cola de un caballo, sus mujeres, sacerdotes y sirvientes le vieron pasar, era la imagen de la desolación –que esto sea una advertencia- decía el jinete –nadie puede desafiarnos- Tangáxoan se encontraba en silencio, no dijo ni una sola palabra mientras caminaba rumbo a su destino. Torturado y humillado, le ataron a un poste para darle garrote vil, estrangulándole hasta la muerte y para que no quedase más que el recuerdo, Nuño de Guzmán ordenó quemar los restos del último cazonci de Mechuacan, aquel que pagó un alto precio por la codicia española.

Mientras Tangáxoan moría solo a merced de los españoles, el resto de pueblos preparaban sus mazas, tensaban sus arcos y afilaban sus flechas. Dispuestos a no ser sometidos, decididos a cobrar venganza por el gran Tangáxoan.

 uncapituloenmexico@gmail.com

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