jueves, septiembre 3, 2026
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‘Un Capítulo en México’

En defensa de la patria

El Álamo, territorio texano mexicano.

6 de marzo, 1836.

La luz del alba iluminó el resultado de la batalla, soldados mexicanos iban y venían de un lado a otro del Álamo, el lugar que los rebeldes texanos decidieron usar como fuerte, rogándole a Dios no terminar muertos, seguramente nadie les dijo que tiempo atrás Dios dejó de interesarse por México.

Llevábamos 13 días plantando sitio a los rebeldes, creímos que al ver el tamaño de nuestro ejército terminarían por rendirse, pero estaban dispuestos a morir, o quizá no tenían razón para vivir. Durante la madrugada, el general Santa Anna, el desgraciado que nos obligó a recorrer la mitad del país a pie, ese hombre que era el demonio encarnado, decidió que era el momento de terminar con el asunto –toque a ‘degüello’- ordenó a su trompeta de órdenes y este, llenándose los pulmones, dio inicio a la batalla con un toque marcial que significaba: sin cartel, y en palabras normales, no dejar viva ni a la madre que parió a los rebeldes de Texas.

Nos movimos maquinalmente, sabíamos que se aproximaba la luz de la madrugada y que teníamos el tiempo contado para terminar la tarea. No sé quién fue el primero, pero mientras avanzábamos hacia el Álamo, alguien grito ‘¡Viva la República!’ y el resto empezamos a imitarle, a la mierda el elemento sorpresa, llevábamos demasiado tiempo buscando contra quién desquitar el coraje por la marcha y teníamos a los idiotas perfectos justo frente a nosotros. Desde los muros del Álamo escuchamos la voz de alarma -the Mexicans are coming!- los rebeldes nos dieron duro con su artillería a varios compañeros, algunos venidos desde Michoacán se quedaron en el camino y fue entonces cuando nos dimos cuenta que atravesábamos un corredor de la muerte, y al ver caer a más compañeros, nos fuimos encabronando más hasta tragarnos el miedo y dejarnos llevar por el único deseo de terminar con todo de una maldita vez.

Los primeros de los nuestros lograron saltar los muros, apenas verse dentro y aún con la oscuridad rodeándonos, disparamos contra todo lo que se moviera, quizá hasta mandamos a Dios a más de algunos de los nuestros pero vaya usted a saber -Mister Travis is dead!- escuchamos gritar a los rebeldes cuando una bala atravesó la frente de uno de los defensores, debía ser el jefe del lugar porque entonces todo fue desorden y corretear de acá para halla a todos los que debían enfrentarnos, cuando la luz de alguna antorcha nos permitía ver a quién teníamos enfrente y si tenía la suerte de ser negro, le dejábamos de lado, Santa Anna dio orden de respetar la vida de los esclavos negros, porque en México no existía la esclavitud y ahora eran libres, eso era lo que veníamos a defender, los intereses de la patria.

Los texanos trataron de escapar, saltaron los muros con la esperanza de poder escapar de la batalla, los infelices se encontraron con compañías mexicanas que al verles les recibían a tiros o eran perseguidos por jinetes que les liquidaban de un sablazo.

Dentro del Álamo se escuchó el tronar de cañonazos contra los edificios, dirigimos la artillería rebelde contra ellos mismos, inútilmente trataron de dispararnos desde las ventanas, los pedazos de escombro volaban por el cielo y escuchábamos sus últimas oraciones antes de morir despedazados por la artillería.

Media hora nos había bastado para ganarnos el infierno, los rebeldes fueron exterminados, incluso aquellos que no eran peligrosos, como un tal Bowie, que los soldados mexicanos encontraron en una habitación, agonizando en una cama, víctima de una enfermedad, y antes de poder decir ‘esta boca es mía’ los soldados le tirotearon. Pocos tuvieron la suerte de sobrevivir, tuvimos la fortuna de capturar a David Crockett, el muy valiente se encontraba escondido con las mujeres de los hombres a los que acabábamos de mandar al cielo.

Santa Anna estaba satisfecho, después de ver plácidamente la batalla desde una distancia prudente, entró para ver el resultado. La luz del alba nos dejó ver los cadáveres de hombres, mujeres, ancianos, e incluso de algunos niños que estaban regados por el suelo del Álamo. –Esto es necesario en defensa de la patria- dijo un compañero, uno de los primeros en entrar.

Creíamos que esto lo dejaba todo resuelto pero Santa Anna nos dio la orden de preparar todo, aún teníamos que ir tras una presa mayor, el general Sam Houston, el único por el que Santa Anna podría sentir un poco de respeto, Houston se encontraba dispuesto a pelear y nosotros, como si de otra hubiera, le daríamos pelea.

uncapituloenmexico@gmail.com

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