Simulaciones
Cursaba alguno de los primeros años de primaria cuando un día, de buenas a primeras, se me ocurrió que podía decidir si quería hacer o no la tarea. Tras un breve pero importante periodo de discernimiento, decidí que esa tarde prefería pasarla haciendo cualquier cosa que no fueran planas de ochos y letras eme cursivas en mi cuaderno doble raya de forma italiana; decisión que me pareció pertinente informar a mi madre para evitar así cualquier malentendido, no fuera a creer ella que se me había olvidado o que ya la había hecho.
Comuniqué mi determinación a la autora de mis días, quien se encontraba remendando uno de mis pantalones. Tras un breve pero importante periodo de discernimiento, me dijo que respetaba por completo mi elección, pero que ella a su vez había decidido que no permitiría que me levantara de la mesa de la cocina hasta que la doble raya de mi cuaderno italiano estuviera decorada con emes y ochos capaces de ganar concursos. Una vez que me percaté de que la idea de mi madre y mis planes para la tarde eran fundamentalmente incompatibles opté por hacer un berrinche. Entonces me mandaron a hacer el berrinche y la tarea a las escaleras, donde no molestara a nadie.
Y fue ahí, sentado en esas incómodas escaleras, con el acabado de piedritas de río dejando marcas en mis codos, que aprendí una importante lección: En ese momento lo verdaderamente importante no era aprender a hacer emes y ochos, tampoco terminar la tarea… en realidad todo lo que tenía que hacer era aparentar que estaba haciendo la tarea mientras hacía lo que se me diera la gana, siempre y cuando lo que se me diera la gana pudiera hacerse desde las escaleras a las que estaba confinado. Recuerdo que así pasé la tarde, haciendo como que hacía la tarea y empeñado en no terminarla. Era una cuestión de principios y practicaría caligrafía aunque estuviera incómodo, me comieran los moscos o muriera ahí mismo de aburrimiento. Cursaba alguno de los primeros años de primaria cuando un día, de buenas a primeras, mientras mi mamá veía MacGyver, yo aprendí a simular.
Y es que simulación es una palabra poderosa:
- Se usa para nombrar a una acción con la que se pretende conseguir la apariencia de otra acción distinta. Como los anuncios de acciones de gobierno en periodo de campañas electorales. Como cuando los magos hacen como que sacan una moneda de nuestra oreja, aunque siempre estuvo en sus manos; cuando decimos estar bien aunque tengamos el corazón apachurrado, cuando abrazamos a alguien que queremos tener lejos o hasta cuando lloramos las de cocodrilo.
- Se llama así a la reproducción de un fenómeno real mediante otro más sencillo y más adecuado para ser estudiado y controlar sus posibles resultados. Como cuando suena una alarma sólo para recordarnos que hay que estar atentos, o cuando se calcula el daño que haría una bomba sin tener que explotarla; los pilotos usan simulaciones para aprender a volar sin el riesgo de estrellarse.
- En derecho se le llama simulación a la alteración aparente de la causa, índole u objeto verdaderos de un contrato. Es decir, cuando a alguien le dan gato por liebre o cuando se desvían fondos estatales a empresas de pastas finas, cuando no existen ni las pastas ni las finas ni las empresas.
Lo peligroso es que, a menos que todos los involucrados sepan que se trata de una simulación, éstas se convierten en situaciones verdaderamente perversas; mentiras que le decimos al mundo para cumplir sus expectativas sin hacer realmente las planas de emes y ochos. La práctica en este arte oscuro nos ha hecho expertos en recortar pedazos de cartón con nuestra silueta para simular que estamos ahí, cuando en realidad hemos decidido estar en otro lado.
Entonces simulamos:
- Que sabemos a dónde vamos y cómo llegar aunque estemos perdidos
- Que somos excelentes en nuestro trabajo aunque la mitad del tiempo no sepamos lo que ocurre.
- Que no nos importa lo que digan de nosotros
- Que estamos ofendidos
- Que no tenemos nada malo que decir de alguien más
- Que sentimos amor porque es lo correcto
- Que nos preocupa el medio ambiente
- Que todavía nos queremos
- Que algo nos lastima, sólo por lastimar a otros
- Que no nos duele algo.
Y es que somos tan buenos simulando que ya es difícil saber si se está en una simulación o no. Podría ser que todo lo que conocemos es una enorme simulación generada por computadora y nuestros cuerpos alimentan a las máquinas. Lo malo es que hasta en La Matrix eventualmente llega el momento en el que alguien llega con chancla en mano a revisar que la doble raya del cuaderno italiano esté decorada con emes y ochos capaces de ganar concursos.
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