Drama vecinal en tres episodios.
Considero que una de las fallas más graves en el diseño de la realidad es que resulta prácticamente imposible que los humanos vivamos cada quien en una isla que sólo se conecte con las ínsulas de aquellos que le caen bien o con los que por lo menos comparte gustos musicales. Como resultado de tan garrafal error sólo algunos tienen el dinero suficiente para comprar una isla privada, mientras que el resto estamos condenados a tener vecinos.
En la vida cotidiana tenemos la capacidad y hasta el derecho de decidir qué ropa usamos y qué tan seguido la lavamos, si somos carnívoros o vegetarianos, dónde trabajar y con quién pasar el tiempo libre. Podemos desafiar a la misma realidad y prepararnos una quesadilla sin queso si eso nos hace felices. La cantidad de decisiones que hay que tomar cuando queremos un Subway o un Starbucks es capaz de generar vómito y mareos. Este año tenemos que elegir al nuevo presidente de México. Con todo ese poder resulta ilógico que no tengamos voz en el asunto de quién va a dormir junto a nuestra cama, separados por una delgada pared de ladrillo.
Después de varios años de experiencias, dulces y amargas, pero más las segundas que las primeras, hace mucho que he adoptado para mi relación vecinal aquella famosa frase de Bomberito Juárez que puede leerse en la chamarra del esposo de Alicia Keys en la entrega de los premios Grammy:
“Tanto en los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”
A partir de tan sabias palabras del maestro jedi oaxaqueño, que además sale en los billetes de veinte pesos, desarrollé un código de conducta que en general me había funcionado. Recuerdo que hubo un tiempo en el que me quejaba de que mi vecino de junto regaba mi pasto seco, pues lo consideraba una flagrante violación a mi derecho de tener un baldío deprimente en la entrada de mi casa. Qué tiempos aquellos. Eventualmente el vecino se rindió y enfocó sus energías a tener el pasto más verde del condado, lo cual no es difícil, pues junto al mío cualquier planta parece de concurso; sólo interactuamos cuando es absolutamente necesario y nuestra relación no puede ser mejor.
Y es que aunque no me llevo realmente mal con nadie en la colonia, hay tres episodios que explican cómo es que mis propios vecinos, al igual que los primeros tres episodios de Star Wars me robaron algo más valioso que cualquier posesión material: mi tiempo y mi fe en la humanidad.
Episodio 1: La amenaza bitcoin.
Todo comenzó con un mensaje de un número desconocido en mi celular. Tras saludar amablemente se identificó como residente de la misma cuadra en la que vivo. No supe qué botones del teléfono apretar para comunicar el a saludar de lejos y seguir caminando; así que devolví el saludo. Me preguntó si me gustaría no tener que preocuparme por mi hipoteca y le contesté que es uno de mis sueños recurrentes y que éste sólo incluye ocasionalmente a Jennifer Lawrence. Tres minutos después estaba considerando seriamente comprar bitcoin en una página con caracteres rusos.
Epsiodio 2: El ataque de los buffers.
Alguien rentó recientemente la casa de junto. No sé si es una sola persona la que vive ahí, pero me queda muy claro que usa uno de los cuartos exclusivamente para meter el sistema de sonido más grande que una cuenta en Coppel puede comprar. También puedo asegurar, sin riesgo a equivocarme, que le gustan las baladas rancheras en miércoles desde las nueve de la noche. Tocaría su puerta para solicitarle que bajara el volumen, pero eso implicaría abrir canales de interacción con el potencial de ser tan molestos como los éxitos de Joan Sebastian cantados en acústico por los imitadores de Sin Bandera.
Episodio 3: La venganza del comité.
Después de una serie de eventos desafortunados pero dignos de un episodio de La Rosa de Guadalupe, hubo cambio de miembros en el comité de colonos. Amenazaron con incrementar el mantenimiento – desde el siguiente mes cada familia tendría que ceder el 20% de sus cosechas y su peso en oro; además cada dos años entregar a uno de sus hijos para el servicio de la corona- así que me vi obligado a asistir a una asamblea. Tras cuatro horas en las que cada quien hizo lo posible por no escuchar siempre y cuando pudieran hablar también, se llegó a la conclusión de que era necesaria una encuesta. Alguien sugirió que se hiciera en electrónico para no desperdiciar papel y otra vecina se ofreció a donar todo el papel que hiciera falta para la encuesta, y así no desperdiciar.
Ayer recibí una hoja de papel por debajo de la puerta. Era una encuesta que preguntaba si estaba de acuerdo en que ese tipo de consultas se hicieran mejor por electrónico. Tal vez me convenga invertir en bitcoin; en una de esas tengo suerte y me alcanza para comprarme mi propia isla.
notengomeil@gmail.com



