La suerte de los que no se bañan.
Los mexicanos estamos acostumbrados a dar gracias a Dios cada vez que tenemos suerte, pero hace mucho tiempo, en la antigua Grecia, la suerte era en sí misma una diosa a la que llamaban Tique. Como en aquellos tiempos muchas cosas se dejaban literalmente a la buena de los dioses, no tenía nada de raro que tomar las decisiones aventando una moneda fuera tan válido como la palabra del obispo, lo cual hace que uno se pregunte si los vendedores de merengues tenían poderes especiales desde entonces.
Se tenía tanta confianza en las elecciones del azar, que en tiempo de elecciones para cargos públicos, sólo ponían en un jarrón con el número de pedazos blancos de madera correspondiente a los cargos que había que ocupar. Luego terminaban de rellenar el recipiente con piezas similares pero pintadas de negro. Agitaban la urna con mano santa y se alineaba entonces a los candidatos, quienes tenían que pasar y sacar a ciegas una tablita. Si salía blanca, se consideraba favorecido por los dioses y eso lo hacía apto para gobernar; si extraía del jarrón una madera negra, tendría que esperar a las próximas elecciones. Así, sin plantones, demandas al TRIFE ni denuncias a la FEPADE.
El sistema funcionó por un tiempo, hasta que a un tal Clístenes se le ocurrió que para decidir algo de interés público, se diera a todos una madera de cada color para que votaran blanco a favor y negro en contra. Quien recibía votos en contra literalmente se las estaba viendo negras, ya no por la suerte sino por las tablitas negativas que le tocaban.
A pesar de que el procedimiento ideado por Clístenes es posiblemente el origen de la elección democrática y funcionaba en un principio, cual niño simpático que llega a la pubertad, el sistema se deformó con los años. Ahora los candidatos a un cargo público son elegidos por algo así como un volado entre los miembros de un partido político y un juego de canicas -chombo no muero, pica tampoco- con los demás partidos. En vez de maderitas reparten boletas electorales y se cuentan en cuartos a oscuras, luego unas señoras pintan los resultados en un rotafolio y lo pegan en la ventana de una escuela. Ya que se entregan los resultados, aquellos que se las vieron negras acusan de fraude y al final hubiera sido mucho más barato comprar maderitas, pinturas y un jarrón, pues de todos modos gana aquel que amasó suficiente fortuna para ser favorecido por los dioses en el momento preciso.
Cuando Tiqué fue adoptada por los romanos, éstos le cambiaron el nombre y le pusieron Fortuna. En la mayoría de sus representaciones aparece parada en un globo de aire, con una rueda del destino en una mano y arriba de esa rueda, una enana pelona, con sólo un mechón de pelo al frente. Resulta que esa enana es otra diosa que se llama oportunidad, y es así porque si se deja pasar, después es casi imposible agarrarla de los pelos.
Lo cierto es que las matemáticas pueden medir qué tan improbables es que uno tenga, por ejemplo, la mala suerte de ser alcanzado por un rayo, o la buena suerte de entrar a un Oxxo y que te cobren en la primera caja que te formaste; la psicología detecta patrones y formas de comportamiento de la gente considerada como suertuda y hasta hay farsantes con la suerte de ser considerados físicos cuánticos, que afirman que para tener buena suerte hay que decretarlo –y encomendarse a San Charbel, comadrita- pero nadie sabe exactamente qué es, en qué consiste o cómo funciona.
Eso sí, basados en la experiencia y sabiduría popular, podemos asegurar que:
- No hay mejor suerte que buen amor y buena muerte
- Es más probable ser afortunado si se evita la higiene personal.
- Para atraerla uno puede valerse de amuletos como patas de conejo, herraduras de caballo, pirámides o tréboles de cuatro hojas.
- Si Fortuna fuera mujer, probablemente se sentiría más atraída por los feos.
- Que la única manera en que una mujer bonita puede envidiar a una fea es si esta última tiene buena suerte.
- Que si la tienes en el juego, la pierdes en el amor y viceversa.
- Que a veces tienes tanta que te acostumbras, y cuando pasa algo malo, lo primero que hacemos es maldecirla.
- Que no hay que buscarla para encontrarla
- Que si te toca, aunque te quites y si no te toca, no te toca aunque te pongas.
- Que hay algunos afortunados que tienen suerte y otros pocos suertudos que tienen fortuna suficiente para comprarla.
Hay quien asegura que es posible atraer a la buena suerte con pensamientos positivos, centrando nuestra energía en el deseo de que todo salga bien, pero en mi experiencia nunca me he sentido tan suertudo como cuando encuentro un lugar de estacionamiento cerca de la puerta en hora pico, o un billete en el bolsillo de una chamarra vieja. Tal vez la suerte consista en saber que no pasará nada extraordinario, y la casualidad se encarga, de vez en cuando, en probarnos lo contrario. Probablemente sea cosa de estar atentos para que no se nos escape la enana pelona de la oportunidad… o quién sabe, es cuestión de suerte.




